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	<title>CRIANZA archivos - Solebarruti</title>
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		<title>Oda a la intensidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jul 2023 15:54:09 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Empecé a tener amigas cuando tenía entre 8 y 9 años, antes de eso el mundo humano me resultaba intimidante. Eran amigas las que empezaba a tener porque iba a un colegio solo de mujeres al que me habían cambiado a mitad de tercer grado porque, si bien me pasaba con todos que me daban susto y ganas de desaparecer, con los varones era aún peor. Aprendí de juegos, canciones, vestimenta, modismos en un tiempo récord, de tercero a cuarto grado. Me adapté hasta parecer lo que se esperaba que fuera: una niña normal de Buenos Aires. De día hasta yo misma estaba convencida de haberlo logrado. Pero de noche emergía otra cosa. </p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/oda-a-la-intensidad/">Oda a la intensidad</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>Empecé a tener amigas cuando tenía entre 8 y 9 años, antes de eso el mundo humano me resultaba intimidante. Eran amigas las que empezaba a tener porque iba a un colegio solo de mujeres al que me habían cambiado a mitad de tercer grado porque, si bien me pasaba con todos que me daban susto y ganas de desaparecer, con los varones era aún peor. Aprendí de juegos, canciones, vestimenta, modismos en un tiempo récord, de tercero a cuarto grado. Me adapté hasta parecer lo que se esperaba que fuera: una niña normal de Buenos Aires. De día hasta yo misma estaba convencida de haberlo logrado. Pero de noche emergía otra cosa. Eran pesadillas, era insomnio, era una ansiedad que se me acumulaba entre la boca del estómago y la base del corazón mientras en mi mente se sucedían historias tristes que por algún motivo acumulaba. No era que las buscaba: se me aparecían ahí donde yo estaba. Como cuando fuimos a la playa ese verano de transición entre la timidez total y cierta soltura y al segundo día en la playa en Pinamar vi a un padre con su hijo jugando al tejo con almejas vivas. Los mismos animales que el día anterior había visto dichosas hundir sus lenguas blancorosadas contra la arena mojada y desaparecer acariciadas por las olas en la orilla, estaban ahora ahí como si fueran fichas de madera. El padre de la edad de mi padre y su hijo de mi misma edad las juntaban, las dejaban en la parte donde la arena es lisa y dura, tomaban una y la arrojaban a ver si daban contra la que estaba más lejos. En medio del juego las golpeaban dejándoles el cuerpo destrozado, el interior blando y acuoso a la vista, hecho un amasijo que estaba segura les dolería muchísimo. Las almejas, después de eso agonizaban mudas y solas hasta morirse al sol. Y yo no podía hacer nada: durante el rato larguísimo que duró ese juego quedé paralizada sintiendo el dolor de esos animales que se sumaba al de otros como los sapos apedreados que no lograba esconder, la elefanta del zoológico que -me lo dijeron muy claro- nunca nunca iba a poder salir de esa fosa en la que la que la tenían viviendo, todos los bosques cortados con máquinas enormes que sonaban gjjjjjjjjjj hasta quedar ¿hechos qué? Nunca logré que me contestaran tampoco.</p>



<p>Como decía, no sé bien cómo llegaba a saber esas cosas o a topármelas como ocurrió ese día en la playa. Si sé que el amor que sentía por los animales y la naturaleza toda era proporcional a lo atormentante que me era el mundo humano y que había algo en esa ecuación que había resultado en un especie de radar de hipervigilancia. Como si esas historias me convocaran, pero luego no pudiera hacer con ellas más que irlas anidando para verlas arder cuerpo adentro en una mezcla de furia, conmoción y angustia nocturna que trataba de corregir en soledad. No estaba bien sentir tanto. Era un montón. Era demasiado.<br>Claro que todo hubiera sido más fácil si hubiera encontrado un espacio para hacerle lugar a esas emociones, con su dificultad y su potencia. Si en lugar de señalarme en la rareza alguien a mi alrededor me hubiera ayudado a encontrarle la parte tan rica que sin dudas -lo pude ver muchísimos años más tarde- era tener esos diálogos abiertos con el mundo vivo, donde el horror siempre siempre siempre se entrama con lo sublime de esas otradedades, quizás hubiera podido dejar de combatirme y hallar más rápido cómo hacer de eso un equilibrio como el que a veces logro ahora: entre lo que duele y lo que encanta, y lo que veo y lo que anhelo, y lo que entiendo y lo que nunca voy a poder, y lo que puedo cambiar y lo que probablemente nunca. Hubo muchas palabras con las que distintas personas señalaron siempre esa parte de mí que más que incomodarme, odiaba: dramática, hipersensible, exagerada, intensa.</p>



<p>No voy a ahondar acá en los eventos traumáticos tempranos que pudieron haber disparado la hipersensibilidad, la hiperatención y lo que eso me provocaba, porque pasé una vida explorando traumas y tratando de sosegar lo insosegable para, de un tiempo a esta parte, tratar de despatologizarlo y rendirme a lo que finalmente se convirtió en una manera de ser. Dejar de combatir la sensibilidad o la intensidad a su vez mermó bastante la ansiedad y, si bien no estoy a salvo de eventos donde tengo el corazón en la boca y la respiración entrecortada, creo que en el fondo todas las personas somos un poco así: sensibles e intensas. Nuestro sistema nervioso lo es. Nuestra respiración, el corazón, la piel, lo son. Nuestros sentidos están todos ahí disponibles para ser atraídos y embelesados por los sonidos, texturas, olores y colores del mundo que de tenues, tibios y dóciles no tienen nada. Nuestras emociones gestadas en el cuerpo de la tierra están esperando que le hagamos espacio al sufrimiento y la magia que conviven en partes iguales para, tal vez así, volvernos lo que tanto hace falta: tierra blanda y fértil dispuesta para el cuidado.<br>Hay quienes tal vez aprendieron a aplacar y hasta negar esa capacidad de entramarse somáticamente con el dolor y lo fascinante del mundo porque en esta sociedad que formamos no hay lugar para el apego al que llevan esas demasías. Pero la resonancia la tenemos todas: personas humanas y no humanas que hacen a este planeta intenso del que somos parte.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="300" height="423" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito.jpg" alt="" class="wp-image-2707" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito-213x300.jpg 213w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Toda manifestación de vida es un clamor intenso. Ahí están la selva y los volcanes y el océano con sus olas y sus capas aún inexploradas. Pero también encontramos tantísimos ejemplos en las ciudades. Ahí están los vientos sacudiendo a los autos en la avenida y los relámpagos haciendo violeta el cielo, la brisa húmeda del río y los charcos en las veredas que si viéramos en un microscopio encontraríamos repletos de seres increíbles. El sol del mediodía que te quema la piel, los árboles que crecen inmensos y desafían a la fuerza bruta que los mutila con sus ramas nuevas sobre sus muñones, el llanto de todos los bebés y los pájaros, pequeños y frágiles, dibujando sus territorios con sus cantos en un semáforo. Un gato caminando por la cornisa de un edificio altísimo, otros dos peleándose en una terraza. Todo lo que nace y antes depende del sexo para existir y luego de otro cuerpo que lo gestó y ese cuerpo otro cuerpo y otro cuerpo y otro cuerpo. La semilla de diente de león que vuela buscando un lugar atrás de los colectivos. Un grupo de perros buscándose y oliéndose en una esquina, los abejorros vibrando sobre una flor de Mburucuyá junto a las vías del tren, los hongos creciendo en un tronco en medio de un corralón de materiales, los sueños que protagonizamos cuando dormimos, nuestra sangre fluyendo, nuestros huesos latiendo, nuestros intestinos alojando trillones de criaturas de las que dependemos para ser. Todo lo que existe es intenso. Un atardecer fucsia y un terremoto que no deja a nadie en pie.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta.jpg" alt="" class="wp-image-2703" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>El diccionario dice que intenso es “muy vehementemente vivo”. Y las raíces de la palabra que se trata de algo “que te tiende hacia adentro afectando fuertemente los sentidos”. Ser intensa es expresarse y sentir y dejarse sentir y estar viva. Vehementemente o sea: de manera impetuosa, decidida, ardiente. ¿Cómo pudimos hacer de eso algo peyorativo? Bueno: porque expresarse y sentir y dejarse sentir y estar viva apasionadamente no es tan productivo como todo lo que pasa si eso tiene el mínimo lugar posible. Además si anduviéramos sintiendo tanto nos implicaríamos de un modo que haría imposible el avance de la destrucción organizada. Si fuéramos de pronto un montón involucrándonos la cosa cambiaría y eso no es lo que busca un sistema que nos necesita distraídos.</p>



<p>El otro día Ailton Krenak (ese hombre intenso, con una vida intensa repleta de historias así: vibrantes, salvajes, tristes y alegres, profundamente sensible, que capaz nombre una y otra vez cada vez que escriba por acá) dijo que el mejor modo de ir contra el fin del mundo es dejándose afectar por la vida. Así lo dijo: “No hay que luchar. Imaginate que sos un pez y que ese pez ve que la corriente va para un lado diferente al que debería ir. El pez busca cambiar la corriente y no puede: se agota. Porque solo es un pez. No puede. Contra el mar no puede. No va a poder. ¿Qué debería hacer un pez? Un pez debe hacer lo que hace: estar en el mar y nadar. Puede probar nadar lo más lejos posible de esa corriente. Pero no puede cambiarla. Puede seguir siendo plenamente un pez. Si me preguntan: ¿qué se puede hacer para cambiar las cosas? les diría dejarse afectar profundamente por la vida. Ser plenamente eso: una persona afectada por la vida”.<br>“Ser semilla” -eso que me había dicho a mi cuando lo entrevisté hace unos meses- es exactamente eso: dejarse afectar por la vida.</p>



<p>Si nos reconciliamos con la sensibilidad y con la intensidad de la Tierra y nos dejamos afectar por la vida podemos empezar a hacer espacio al evento mismo de existir en este cosmos infinito en el que existimos como una don que nos sobrepasa, conmueve y desespera, como este poema de Jarod K. Anderson:<br>“El universo es una explosión continua.<br>Ahí es donde vives.<br>En una explosión.<br>No sabemos en absoluto lo que es vivir.<br>A veces los átomos sólo se embrujan.<br>Así somos nosotros.<br>Cuando una explosión explota lo suficiente, el polvo se despierta y piensa en sí mismo.<br>Y escribe sobre ello”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="451" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia.jpg" alt="" class="wp-image-2704" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia-200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Los griegos tenían una Diosa de la intensidad, o del frenesí. Empezó siendo una princesa cuyo nombre era Sémele. Una mujer joven y hermosa que tenía un solo anhelo en la vida: quería llegar al corazón del todo. Para eso se convirtió en una adoradora del altar de Zeus. Su vida era llevar ofrendas, cantar, bailar, rogar, entre vahos de mirra, incienso, vino, miel, leche y sangre, para sentir por un instante eso: la magia de la vida. Durante muchos años estuvo así: yendo de mañana al altar, volviendo a su casa deshecha y en transe de madrugada. Hasta que finalmente un día bañándose en el río después de un sacrificio logró que toda la naturaleza la mirara y con ella logró convocar la atención del Dios. Zeus se presentó en su habitación y ya no pudo negarse: convirtió en realidad su deseo. Le dio toda la luz y todo el misterio y todo el dolor en un instante. Comprimió el tiempo y el espacio y convirtió la energía en un rayo de luz que se descargó sobre su cuerpo y la desintegró. El cuerpo de Sémele quedó hecho cenizas y de las cenizas salió un fruto. Zeus se acercó y entendió enseguida que ese fruto era su hijo y que, sin el cuerpo de su madre para hacerlo, él debía gestarlo. Un tiempo después nació Dionisio. El Dios del rapto, del éxtasis, del transe fue criado por las ninfas de la lluvia entre tigres. Se hizo mayor y un día escuchó el llamado de su madre. Y comandado por esa fuerza que era su corazón encendido bajó a ultratumba y la rescató. Sémele salió del reino de Hades convertida en Tíone: de princesa a deidad.</p>



<p>La intensidad que es estar vivas en un mundo vivo a veces pide una entrega radical que nos saca de donde estamos para convertirnos en otra cosa. En una versión distinta, más interesante de nosotras mismas.</p>



<p>Soy fan de los mitos griegos desde esa misma edad en la que algo buscaba cambiar para aferrárseme definitivamente. Había un libro en la mesa de vidrio de mi casa con ilustraciones muy precisas de lo que ahí se narraba. Helio conduciendo sus caballos de sol que un día fueron robados por su hijo para terminar incendiando la tierra. La Medusa, con ojos de espanto, que se había convertido en ese monstruo que petrificaba a la gente después de haber sido violada. Prometeo que amaba tanto a los humanos que robó el fuego a los dioses para dárselo a ellos, y desde entonces quedó condenado a estar atado a una montaña a la que todos los días volaba un buitre a comer sus órganos que por las noches volvían a crecer para ser devorados otra vez, y así por toda la eternidad. No sé quien lo llevó a mi casa pero el libro estaba entre los de arte que decoraban la mesa ratona. Hay quien puede pensar que no son historias para niños. Para mi hubo algo inmensamente reparador en tenerlas. Cada una era un derroche de intensidad que mostraba que la vida no era eso que se me exigía ser para estar a la altura de la normalidad del mundo.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo.jpg" alt="" class="wp-image-2706" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Para quien logra hacerlo, sustraer la atención, negar la sensibilidad y la intensidad que es existir en un mundo que se extingue y sangra sin dejar de brindar toda su máxima hermosura en cada manifestación de vida, no es inocuo. Quien lo hace termina inevitablemente a entregando esa fuerza a otra cosa: a algo que la entibie, la adormezca, o la deje a merced de lo que la fuerza que extingue y daña necesita. Hay tanta pulsión deseante que termina subsumida al consumo de cosas o a su producción. Toda una potencia reducida a la creatividad consumista que sostiene a esta civilización de la que somos parte, la que con tanta violencia revestida de glitter se está comiendo los bosques, los mares, las montañas. Para qué: capaz que en un loop infernal solo para eso: sentir lo menos posible.</p>



<p>La psiquiatra brasileña Suely Rolnik lo dice así: “Cada vida que no se pone a la altura de lo que sucede perjudica a la vida en toda su trama relacional: el veneno que se produce se propaga como una peste por sus flujos y los intoxica, estancando su proceso continuo de manifestación. Estos son los efectos de una vida sujetada al poder perverso del inconsciente colonial capitalista. Una vida genérica, una vida mínima, una vida estéril, una mísera vida”.<br>¿Cómo despertar la sensibilidad? ¿Cómo reconciliarnos con la intensidad que hace falta para atravesar esta época con valentía y corazón? Hay un saber de lo vivo, dice Rolnik: y se aloja en el cuerpo. Ese saber tiene la textura del deseo que hay que recuperar para volver a ponernos al servicio de la potencia de creación (no de “creatividad” de creación) que compartimos con el resto de las criaturas, también las piedras y los hongos y los peces y las arañas y las almejas.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas.jpg" alt="" class="wp-image-2705" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Las almejas ya no están en esa playa de Pinamar porque parece que un tiempo después de que yo las conociera hubo alguien que firmó un permiso para que las pescaran a todas todas. Sin embargo cada vez que vuelvo a por ahí de algún modo las veo: son espíritus color niebla que aparecen cuando las olas acarician la orilla y me recuerdan la mañana donde las vi brillantes y hermosas hundiéndose en la arena, y también la mañana siguiente cuando estaban indefensas y golpeadas muriendo al sol. Y las nombro y les agradezco porque ahora además con todo eso que me hicieron sentir puedo contar su historia.</p>



<p>______________________________</p>



<p>En este texto aparecen Ailton Krenak a quien pueden leer en español desde La vida no es útil (Eterna Cadencia) y también con Ideas para postergar el fin del mundo (Prometeo). También hay un poema de Jarod K. Anderson: a él lo encuentran como CryptoNaturalist en Instagram y en Spotify donde tiene un podcast con el mismo nombre. El mito de Sémele tiene muchas versiones: en la mayoría de las que leemos hoy la historia aparece teñida por los celos de Hera, la esposa oficial de Zeus. Como ocurre con muchos mitos y sus versiones que llegaron a la contemporaneidad están construidas cercenando partes y agregando otras, para subrayar cuestiones que la sociedad debía aprender. Así por ejemplo la versión que tenemos hoy de Dionisio es la de un dios peludo, feo y algo sórdido, cuando pasó muchísimos años más interesantes siendo un bellísimo dios vegetal adorado principalmente por mujeres en éxtasis. Cuestión que la versión de Sémele que traje acá la tomé de Joshua Michael Schrei que tiene un podcast que se llama The Emerald y dos veces al mes unos grupos de estudio maravillosos de los que se puede participar a través de su espacio en Patreon. Por último traje acá a Suely Rolnik y a sus libros Esferas de la insurrección (Tinta Limón) y Antropofagia zombi (Hekht).</p>



<p>Esta es la cuarta carta que escribo desde que empecé este proyecto y me encantaría saber qué te provoca leerlas. La invitación de esta página es a encontrarnos de una manera más fluida y directa. Y, si bien no logré armar hasta ahora tantos eventos para vernos como me gustaría, escribirnos es una manera de acercarnos.</p>



<p>También quiero contarte que si estás leyendo esto antes del 10 de junio quiero contarte que todavía quedan algunos lugares para este encuentro del amor que se llama La Vida Despierta. Es online por streaming y dura tres horas con recreo en el medio. La invitación es a explorar ideas y prácticas para intentar responder estas preguntas ¿Cómo podemos protagonizar las historias de cuidado, reciprocidad e interdependencia que hacen falta? ¿Cómo liberamos nuestro imaginario para que aparezcan las formas de reparación que hoy no vemos ¿Podemos salir de la narrativa de la catástrofe y el sálvese quién pueda? ¿Es posible volver a soñar con los ríos, abrazar a los árboles, escuchar lo que las montañas tienen para decir? ¿Podemos reencontrarnos en vínculos recíprocos con la Tierra toda?</p>
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			</item>
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		<title>Las prácticas que me conectan</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/las-practicas-que-me-conectan/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=las-practicas-que-me-conectan</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[0x1999]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Jan 2023 17:25:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Este no es un texto sobre cómo ser felices. Sino sobre cómo sostenernos en estos tiempos de duelo y de colapso y de activismo. Cómo hacemos para no derrumbarnos en la angustia que da la información, la ansiedad por ver hacia dónde vamos, o la furia que que es poco lo que está cambiando. Creo que para estar en el mundo así con la sensibilidad despierta y el espíritu dedicado a tratar de hacer algo sin que la realidad nos pase por encima necesitamos prácticas que nos sostengan.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/las-practicas-que-me-conectan/">Las prácticas que me conectan</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Este no es un texto sobre cómo ser felices. Sino sobre cómo sostenernos en estos tiempos de duelo y de colapso y de activismo. Cómo hacemos para no derrumbarnos en la angustia que da la información, la ansiedad por ver hacia dónde vamos, o la furia que que es poco lo que está cambiando. Creo que para estar en el mundo así con la sensibilidad despierta y el espíritu dedicado a tratar de hacer algo sin que la realidad nos pase por encima necesitamos prácticas que nos sostengan.</p>



<p>Las prácticas que yo tengo no son grandes cosas, o sí: son las que fui encontrando y me sirven.&nbsp;</p>



<p>Hace un tiempo empecé a exportar el mundo de las plantas que abren, reconectan, amplían nuestras posiblidades de percepción. Y sanan. Porque destraban, integran, reconcilian, hacen sentir un amor por lo que está acá vivo junto a nostrxs que pocas veces vemos de ese modo. “La planta es la forma más intensa, más radical y más paradigmática de estar en el mundo (…) Bajo el sol y las nubes, mezclándose con el agua y el viento, su vida es una interminable contemplación cósmica, sin disociar objetos ni sustancias”, escribe otro de mis gurús Emanuele Coccia en La vida de las plantas. Las plantas a las que me refiero son lianas raíces, frutos, flores, hongos. Son hogar, medicina y cosmos. Son la posibilidad de adentrarnos a otra temporalidad. Invitaciones a la apertura entre nosotrxs y al mundo, a la maravilla de existir y de ser parte de algo: estar en esta tierra con la que solo nuestra cultura -la única en la que se prohiben y controlan y temen a estas relaciones; la única en la que se llama droga a un hongo que no es tóxico y lo vuelve ilegal mientras venden de manera libre ibuprofeno para que no te duela la cabeza después del Paty con coca cola- está en guerra.&nbsp;</p>



<p>Las plantas psicoactivas o más sutiles muestran de una manera hermosa que la vida es lo contrario a la utilidad, la productividad, la separación, la enajenación y las adaptaciones forzadas a todo eso. Las plantas encantan al mundo. Y negar su acceso ha sido muy funcional a este estado de las cosas. A que nuestra civilización sea lo que es. Y la industria farmacéutica lo que es. En los últimos años yo me adentré muchísimo a todo ese mundo planta y lo recomiendo un montón. Por favor háganlo siempre con cuidado, en compañía de alguien que sepa, con información y con responsabilidad. Tampoco acá somos meros individuos, nos necesitamos siempre, entre guías y acompañantes.</p>



<p>También hago terapia, yoga y medito con frecuencia. El yoga que me gusta se llama Kundalini y me llegó después de encontrar otro, Naad yoga, o yoga con la voz. Son todos espacios hermosos y necesarios para ser cuerpo.</p>



<p>Todos los días también le dedico un rato a mirar el cielo y a encontrarme con los árboles que, como ya deben saber, son los seres que me resultan más interesantes del planeta. Es una vuelta al parque, o lo que pueda: el encuentro diario con esa belleza, con ese misterio, con esa fuerza apabullantemente viva me hace respirar más calma.&nbsp;</p>



<p>Como comida de verdad. Comer no solo tiene que ver con recibir los nutrientes adecuados para estar saludables y fuertes. Comer es información. Son tejidos vivos siendo parte de los nuestros. Es un acto sacramental que hay que desacralizar.&nbsp;</p>



<p>Juego mucho con mi hija, también entre tareas del hogar como cocinar o hacer la cama: reaprender a jugar como niña, a entregarme a ese su espacio animado de seres increíbles que habita Dominica me conecta y da sentido. Y le devolvió a mi vida un animismo que le hacía falta. A nuestro alrededor todo habla, tiene ojos y espíritu, necesita cuidado y atención. Nada es un qué, un algo, todo es un quién, una persona. Eso sucede en cada juego, y, al final, en la vida toda. Aprendí a hacer una proporción entre el espanto y el amor. Sería algo como leer sobre los incendios de la selva y los humedales pero también sobre los ríos voladores que se crean en la selva con la transpiración de los árboles y se vuelven nubes y luego lluvia que chorrea 20 millones de litros de agua por día a todo el continente.</p>



<p>Busco hacer comunidad. Conectar personas entre sí es un don que tengo. Pero además necesito encontrarnos entre quienes estamos en la misma. En ese plan no sólo está mi red cercana sino que también uso las redes y hago los cursos y ahora armé este espacio en el que charlamos de un modo más directo. Es mi trabajo pero a la vez me devuelve un montón saber que acá estamos, haciéndonos nuevas preguntas y buscando a veces con incomodidad, a veces con tristeza, a veces con entusiasmo, en la incertidumbre y la oscuridad, reparar lo más que se pueda.</p>
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		<title>Pensar con las plantas y con el compost</title>
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		<dc:creator><![CDATA[0x1999]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Dec 2022 17:19:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>
<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/pensar-con-las-plantas-y-con-el-compost/">Pensar con las plantas y con el compost</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>



<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.&nbsp;</p>



<p>El lugar de las plantas al sol está en el tiempo y en el trabajo que es de entendimiento y de mucha intervención. Es un diálogo mutuo, hermoso e intenso. Activo y pensado pero a la vez instintivo y sensible. El lugar del compost en cambio es de la rendición y la magia, del caos, la fertilidad, la metamorfosis, de la desintegración. El compost es lo salvaje, lo radical floreciendo, siendo según sus cualidades innatas hasta donde lo desee.&nbsp;</p>



<p>El compost es el lugar del deseo, aunque el deseo se consuma en el lugar donde maduran las frutillas y los tomates que cuando mordemos logran que nuestro cuerpo recuerde que eso somos, esos dos lugares, y sus no lugares, esas interrelaciones, esa libertad, esa impermanencia, esa intensidad, esa reciprocidad. Que nos necesitamos despiertos y extasiados.</p>
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		<title>Parirnos</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/parirnos/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=parirnos</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[solebarruti]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Jan 2022 17:34:24 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Durante quince años, cada vez que alguien me preguntaba si quería tener otro hijo —porque así es: tenés uno y no hay quien no pregunte por el hermanito—, sentía un no tan rotundo, tan inamovible, tan claro que solo algo proporcional a esa fuerza iba a poder moverlo: algo tan poderoso como la verdad nacida del mismo lugar hondo y vital.</p>
<p>Cuando quedé embarazada de mi primer hijo —lo conté muchas veces—, tenía veinte años, estaba sola y me adentré a ese asunto con la confianza que toda esta época le imprime. Es seguro, fácil, una repetición de lo que acontece alrededor: sabés lo que vas a necesitar, y, no importa que nadie lo diga así, estás dándole a la sociedad lo que la sociedad precisa.</p>
<p>Mi madre aceptó enseguida la situación y me ayudó a encontrar rápido una profesional que me acompañara: la obstetra que me había hecho nacer a mí y a mis hermanos. Todos partos exitosos: acá estábamos los tres. Cómo decir que no.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Durante quince años, cada vez que alguien me preguntaba si quería tener otro hijo —porque así es: tenés uno y no hay quien no pregunte por el hermanito—, sentía un <em>no</em> tan rotundo, tan inamovible, tan claro que solo algo proporcional a esa fuerza iba a poder moverlo: algo tan poderoso como la verdad nacida del mismo lugar hondo y vital.</p>



<p>Cuando quedé embarazada de mi primer hijo —lo conté muchas veces—, tenía veinte años, estaba sola y me adentré a ese asunto con la confianza que toda esta época le imprime. Es seguro, fácil, una repetición de lo que acontece alrededor: sabés lo que vas a necesitar, y, no importa que nadie lo diga así, estás dándole a la sociedad lo que la sociedad precisa.</p>



<p>Mi madre aceptó enseguida la situación y me ayudó a encontrar rápido una profesional que me acompañara: la obstetra que me había hecho nacer a mí y a mis hermanos. Todos partos exitosos: acá estábamos los tres. Cómo decir que no.</p>



<p>Ketty era una señora bajita y arrugada que atendía en un consultorio de zona norte. Un lugar sin ventanas con olor a Pervinox. Me pesaba religiosamente, me tomaba la presión, me recomendó un curso de preparto al que fui bastantes veces. Ahí me enseñaron a respirar por la boca y a preparar un bolso para el día de la internación.</p>



<p>Ese día, el de la internación, llegó después de dieciséis horas de sueño; como la preparación al insomnio que vendría después. Era domingo, salí de mi habitación y en la cocina estaban mi mamá y su pareja con los restos del almuerzo, <em>malfatti</em> con salsa de tomate.</p>



<p>A las cinco de la tarde en la clínica tenía contracciones irregulares y sin dolor. Mi panza se ponía dura, eso nomás. Podía atravesarlas acostada, leyendo una revista mientras me hacían las cosas que se le hacen a toda parturienta: me pusieron vías, me colocaron un cinto para monitorear, me midieron la presión, me hicieron un tacto, otro, otro más, “a ver si ahora algo dilató”. Era molesto aunque la ansiedad por que llegara el parto lo hacía transitable. Pero de repente algo cambió. Lo que se veía normal en el monitor empezó a verse alterado, y lo que se veía en el monitor era lo que pasaba dentro del cuerpo de mi hijo: su corazón. Me subieron a una camilla, atravesé pasillos fríos, muda y aterrada. Me metieron en otra habitación más iluminada. Me pidieron que me sentara. Un hombre del que sólo conocería la voz me dijo: “Ponete así, erizada como un gatito”. Curvé la espalda. Me inyectó. Volvieron a acostarme. Me llevaron a otra habitación. “Te vamos a hacer una cesárea”, me dijeron como explicación. Extendieron a la altura de mi cuello una sábana verde. Del otro lado, mi cuerpo se apagaba hasta quedar completamente muerto. Ah, no, los brazos no: los brazos no los anestesiaron, pero los ataron para que tampoco pudiera moverlos.</p>



<p>El resto fue invisible: sonidos y olores. Los metales chocando entre sí, un chirrido como de sierrita, un olor a carne quemada, conversaciones entre los que me operaban, que yo, del otro lado y sin que nadie me hablara, escuchaba sin entender. La cosa parecía más un asado que un nacimiento. Hasta que lo vi. Por unos segundos y de lejos, por lo alto, violeta, llorando y sostenido de los pies por el brazo de un hombre que dijo: “Felicitaciones, es varón”, como si no existieran las ecografías y entonces yo, a esa altura, no lo supiera.</p>



<p>Benjamín volvió más de una hora después. Bañado, vestido, con un gorro blanco, semidormido en una cuna de acrílico transparente. Yo no sabía qué hacer, no podía hablar, el dolor de mi cuerpo despertando había empezado a subir. Mi mamá estaba al lado mío, me lo puso encima y vi sus ojos como se mira una noche cerrada en una ruta vacía: con curiosidad y pavor.</p>



<p>Después llegó el infierno. No dormir, las tetas llenándose de leche, los huesos volviendo a su lugar, la cicatriz tirante, las tetas sangrando, el llanto, la disolución de las horas, la soledad, la angustia de todo eso arremolinado dentro de un solo cuerpo, el mío.</p>



<p>Y, sin embargo, lo más brutal no era eso, sino esto: no entender cómo había terminado así, cortada en cinco capas, con una cicatriz vertical porque la cesárea hubo que hacerla rápido, y con una costura como de matambre.</p>



<p>“Si no hubiera sido así tu hijo no estaría con vos”.</p>



<p>“Hay que agradecer a los médicos”.</p>



<p>“Todo salió bien, es lo importante”.</p>



<p>Y esta que me dijo mi psicóloga: “Es como si una obra de teatro hubiera tenido muchos imprevistos, pero termina con el público aplaudiendo de pie. Puede que el artífice de esa obra no sienta que se cumplieron sus expectativas, pero el resultado final salió bien. Mirá a tu hijo: está sano, es hermoso, vos también estás sana, a veces las cosas no se dan como uno imagina y sin embargo salen mejor”.</p>



<p>Meses de terapia y creí que me lo había creído.</p>



<p>Repetía sistemáticamente a quien me preguntaba la historia que había aprendido a contar: “Mi hijo nació por una cesárea que le salvó la vida”.</p>



<p>Aunque por dentro, cada vez que me reía o lloraba fuerte o cuando menstruaba o cuando había mucha humedad o cuando la cicatriz me dolía —que era muchas veces— como una cuchillada, solo afirmaba una cosa: por eso no paso nunca más.</p>



<p>* * *</p>



<p>Pero quince años más tarde el deseo de tener otro hijo irrumpió. Mi pareja, Juan, con quien estaba hacía más de diez años, deseaba lo mismo. Entonces, mientras buscaba embarazarme estudié compulsivamente qué debía hacer para tener un nacimiento seguro y no volver a un quirófano, para alejarme lo más posible de otra cesárea como esa. Y lo logré.</p>



<p>El parto fue en mi casa y empezó cinco días antes de conocer a mi segunda hija. Una contracción que me levantó en medio de la noche. Un dolor otro, alerta, tenaz y a la vez cuidadoso me tomó y me soltó por una buena cantidad de horas. Como un aviso: así va a ser. El cuerpo hace esas cosas.</p>



<p>Volví a dormir. Me desperté. Tuve un día normal: ordené la casa, hice la comida, comí, hablé con amigas, leí. El dolor volvió. Más intenso. “Inaguantable”, me dije.</p>



<p>—Julia, vení.</p>



<p>Julia vino. Era mi doula: una mujer cálida y decidida que acompaña mujeres en sus partos y puerperios. Como una amiga que te transmite la experiencia que vos no tenés y que tu madre tampoco, ni tu abuela, porque todas sabemos parir, pero casi nadie lo hace ya así, como necesitamos hacerlo.</p>



<p>—No voy a poder.</p>



<p>—Sí vas a poder.</p>



<p>—No, no voy a poder aguantar esto, es mucho.</p>



<p>—Tu cuerpo no va a provocar nada que no puedas resistir.</p>



<p>El dolor se intensificaría con los días, con las horas, hasta no dejarme dormir. Pero también hasta calmarme de algún modo dulce y nuevo. Algo rarísimo, pero el dolor creciendo así es analgésico.</p>



<p>Vino mi partera, Marina, me tocó la panza, escuchó los latidos de la bebé, y me dijo:&nbsp;</p>



<p>—Está perfecta, pero todavía falta.</p>



<p>Al día cuatro no pude dormir más. Me senté en la pelota gigante que había comprado para hacer yoga y lloré hasta vaciarme, o hasta rendirme.</p>



<p>“Esto va a durar para siempre”, me dije adentrándome en un estado narcótico.</p>



<p>A la mañana volvió Marina y ofreció hacerme un tacto para ver cómo estaba el cuello del útero.</p>



<p>—Vas a parir —me dijo.</p>



<p>Llamé a mi pareja, que había ido a trabajar, y a Julia; Marina llamó a Belén, su compañera. A las cuatro de la tarde las contracciones se sucedían casi sin tregua y yo me convertí en otra persona: desenfrenada, extasiada, alguien que tenía todo permitido. Canté, grité, lloré, dormí, me bañé, besé, me desnudé, comí, me reí, me quedé sola, me dejé abrazar, grité más fuerte, subí escaleras, gateé, me derrumbé, bailé, así hasta ser una con ese dolor que dibujaba el recorrido que estaba haciendo mi hija por dentro, que me llevaba a ser solo cuerpo, puro cuerpo, carne viva; a adoptar las posiciones que necesitaba para acompañarla, para que nos pariéramos juntas.</p>



<p>A las tres y media de la madrugada, en cuclillas, entre los gritos del animal que estaba siendo, del fuego en que ardía mi cuerpo todo, nació Dominica. La recibió Belén, una mujer emocionada y extasiada por el privilegio de estar ahí, otra vez asistiendo a esa maravilla de la vida. Enseguida la tuve encima, y Marina me abrazó para llevarme hasta la cama donde mi hija y yo estaríamos enchastradas de sangre y fluidos y lágrimas y placer en un tiempo protegido del tiempo.</p>



<p>La habitación se mantuvo así durante semanas: una cueva envuelta en una bruma tibia hecha del olor de nuestros cuerpos, un espacio nuestro a media luz donde estuvimos solas, desnudas, mirándonos, aprehendiéndonos, disfrutándonos, mientras su padre cuidaba de que así fuera. Filtró llamados y visitas, trajo comida, proveyó lo necesario para que nuestro encuentro fuera lo que siempre debiera ser: el ingreso amoroso y alucinante y suave a un mundo que también puede ser así, pero que para eso nos necesita enteras.</p>



<p>* * *</p>



<p>Lo que pasó entre un embarazo y otro fue un trabajo enorme y un privilegio: pude saber lo que no debe saberse. Mi profesión tuvo mucho que ver; soy periodista y me aventuro entre temas que me dan curiosidad. Aunque el parto no era uno de ellos. Mi tema era la leche: estaba estudiando el explosivo crecimiento de la industria láctea a raíz de la aparición de la leche de fórmula para alimentar bebés. En ese momento me encontré con mi propio sentido común abatido. Siempre había creído que había mujeres, muchas, que no podían amamantar. Casos —que iban en aumento— donde, a pesar del deseo, la leche era insuficiente o no salía. Mi propia experiencia con la primera lactancia había sido muy difícil. Sin embargo, la investigación me mostró que no existía tal enfermedad: no había ninguna evidencia científica que pudiera respaldarla.</p>



<p>¿Qué pasa entonces que hay tantas mujeres queriendo amamantar que no pueden?</p>



<p>Esa fue la pregunta que me abrió el mundo.</p>



<p>El primer problema es qué mujer entra a la sala de partos y qué mujer sale. En qué estado. Y cómo. Y por qué.</p>



<p>Durante los meses siguientes dejé de lado los tambos y las fábricas de leche en polvo para adentrarme en ese sistema donde todo comienza o se afirma: las prácticas obstétricas. Una serie de disposiciones invasivas sobre los cuerpos, posiciones absurdas, tiempos imposibles de cumplir, intervenciones forzadas, cesáreas innecesarias, inducciones, ansiedades ajenas, separaciones traumáticas, violencia, violencia, violencia.</p>



<p>En poco tiempo entendí que el parto médico que asumimos como seguro es una invención técnica y farmacológica desarrollada para sistematizar y controlar los eventos más anárquicos y poderosos de la existencia, tal vez solo comparables con la muerte: nacer y parir.</p>



<p>Nada de lo que acontece en la mayoría de los hospitales o clínicas privadas está pensado para garantizar lo único que debiera garantizársenos a las mujeres para acompañarnos en ese derroche hormonal que abre nuestros cuerpos por dentro y permite a los bebés hacer lo que saben: abrirse camino abriéndonos los huesos hasta salir por sus propios medios de nuestra vagina; el mismo derroche de hormonas que luego garantiza la eyección de la leche, el sueño protegido y sincronizado, las temperaturas perfectas, y el goce.</p>



<p>Intimidad y cobijo. Eso necesitamos.</p>



<p>Recibimos, en vez, hipervigilancia, infantilización, cosificación, humillaciones varias, toneladas de violencia.</p>



<p>Y todo está tan normalizado que salvo en casos extremos, mientras el bebé respire y nosotras también, las mujeres salimos de la sala de partos agradecidas, envueltas por un manto de adoración, sumisión y entrega.</p>



<p>Es el crimen perfecto.</p>



<p>Porque el parto de la modernidad es un acto disciplinador. Hay un poder institucional, hegemónico, supuestamente científico, que manda: el sistema médico, y un sujeto pasivo, ignorante y frágil que obedece: nosotras. Y hay un producto casi inerte en disputa: los bebés (que así son llamados, <em>producto</em>), que ingresan al mundo para ser pesados, medidos, explorados, toqueteados, bañados, negados en su calidad de personas, porque no hablan, no miran, nada saben, todo lo lloran, qué pueden saber, qué pueden sentir.</p>



<p>Nada de lo que allí sucede tiene ni una pizca de sentido que no sea la de haber encontrado instrumental, tecnologías y drogas para que los cuerpos se adapten a lo que se necesita de ellos. Que no ocupen camas mucho tiempo, que no anden gritando e incomodando, que el médico no se tenga que agachar, que nadie se cague, ni muestre que tiene pelos en la vulva, que los bebés no molesten, que a nadie se le ocurre hacer nada así de atroz, nada tan animal, ni tan pasional, ni tan libre, incivilizado.</p>



<p>Pedagogía de la crueldad, lo llama Rita Segato: actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos para transformar lo vivo y la vitalidad en cosas.</p>



<p>El parto humano es un parto-cosa.</p>



<p>Descubrir cómo y por qué nacemos y parimos es tomar la píldora roja: modifica nuestra subjetividad hasta cambiarnos de matriz para siempre.</p>



<p>El pasaje de desnormalización suele transitarse con dolor tras una situación de violencia o varias, y desde los márgenes: adentrándonos en las grietas donde está la información real y dejándonos guiar hacia ese conocimiento por otras mujeres que sostienen, cuidan y nos habilitan a otras a entender el saber que los cuerpos guardan y lo que merecemos experimentar.</p>



<p>Los primeros grupos a los que me acerqué eran de Facebook. Espacios secretos y cerrados de mujeres compartiendo sus historias más dichosas y dolorosas en ese momento abisal que es dar a luz. Denunciando profesionales y prácticas, desarrollando estrategias de defensa y articulando una resistencia inclaudicable por el derecho a parir con respeto, integridad y fuera de peligro; una cofradía heterogénea y movediza; una guerrilla clandestina librando una lucha enorme por nuestra insumisión.</p>



<p>Empezar a leerlas fue volver a tener voz. Por primera vez y gracias a ellas —mujeres extrañas para mí y extrañas entre sí, que compartían sus historias con el solo afán de salvarse y salvarnos, de tenernos y aprender juntas— entendí que lo que había vivido y que todavía me dolía en secreto tenía nombre: cesárea innecesaria, separación forzada, violencia obstétrica.</p>



<p>No era capricho, no era apego a un plan que no había podido llevar a cabo, no era inflexibilidad: era que habían hecho con mi cuerpo lo que se les antojaba porque era domingo. Era que me habían dado drogas para acelerar las contracciones que tal vez hubieran durado días. Era que se les había ido la mano y entonces sí el corazón de mi hijo había empezado a fallar porque siempre pasa eso: te empujan al abismo y antes de estrellarte casi siempre te salvan.</p>



<p>Y nadie lo pone en duda, nadie lo cuestiona, ni siquiera muchas veces habiéndolo vivido en carne propia. Como mi madre. La médica que ella quería un montón y que hizo nacer a la fuerza a mi primer hijo le había hecho tres episiotomías monstruosas y la había amenazado con llevarla a cesárea si no paría en un determinado tiempo. Sin embargo, para mi madre, que también es médica, su práctica en esa clínica había sido fantástica y por eso me la recomendó, deseando para mí algo tan bueno como lo que ella había vivido.</p>



<p>Confirmar lo que mi cuerpo ya sabía fue así de contundente: el deseo irrumpió y me tomó toda.</p>



<p>Quería tener otro hijo y quería parir y ahí había una infinidad de mujeres mostrando que se podía. Que se podía tener un parto también después de una cesárea, de dos y de tres.</p>



<p>Quise aprenderlo todo y así lo hice: leyendo las historias de ellas y buscando en la bibliografía que iba encontrando en diferentes espacios. Esa que está en escritos marginales hechos con base en la pura experiencia y el corazón, pero también y sobre todo, en lo que publica la Organización Mundial de la Salud (OMS), Unicef, Cochrane, el sistema de salud de Inglaterra, de Colombia, de Canadá. Toda la evidencia científica que los protocolos de los hospitales y las clínicas niegan, pero que muestra con contundencia que el sistema de salud, para garantizar salud, debería disponer a cada mujer en un lugar seguro y limpio dónde se sienta cómoda y a gusto, a su tiempo, sin intervenirla, acompañándola. Que muestra que en embarazos sanos sería más barato y más conveniente garantizar el cuidado de los partos planificados domiciliarios y generar espacios específicos, como casas de parto, que seguir apostando a un sistema oneroso, experto en enfermedades, pero —o tal vez por eso— contrario a la fisiología, como los grandes hospitales. Evidencia científica que derriba una a una esas prácticas e instrumentos que destrozan espíritus a granel.</p>



<p>Fue en esos grupos, mientras iba animándome y animando a mi pareja a ese nacimiento que hoy atesoro como lo más significativo que me pasó en la vida, que descubrí a Julieta Saulo.</p>



<p>Julieta, psicóloga social, puericultora y doula, daba en cada aparición pública un salto cuántico: llevaba sin vueltas este asunto del parto y los cuidados perinatales al plano de los derechos humanos con una eficacia arrolladora. “En la sala de parto nos hacen mierda y los bebés llegan al mundo de una manera violenta: ¿qué puede salir bien? O cambiamos y constituimos esta situación en una misión feminista o no entendimos nada”, la escuché decir en una entrevista. Desde el Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO) y Las Casildas, Julieta se plantaba junto a mujeres y bebés destruidos por el sistema médico, acompañando historias de violencia tremendas. Y a la vez, vivenciaba y habilitaba otras formas posibles asistiendo como puericultora en la única maternidad pública del conurbano bonaerense dedicada a partos respetados: la Maternidad de Moreno Estela de Carlotto. Leerla, seguirla y, finalmente, conocerla fue y es profundamente reparador. Si alguien tenía que escribir un libro para reunir y popularizar esta información que nos resulta imprescindible y a la vez a la mayoría nos resultó en un comienzo inalcanzable, era ella.</p>



<p><em>Bien que te gustó</em> es un título sumamente provocador. Julieta se apropia de una de las frases que más se escuchan en maternidades cuando estamos con las piernas abiertas haciendo fuerza entre un montón de extraños y no nos está permitido ni gritar. Te gustó el sexo y este es tu castigo, y rezá por encontrar la redención prometida en este sufrimiento.</p>



<p>Este libro es una herramienta de liberación y va a hacer de esa frase una remera: para correr la voz, para volver a acuerparnos entre nosotras, para no sentirnos solas, locas y exageradas nunca más, y para advertir a otras que están a tiempo de que sus partos y, por ende, los nacimientos de sus bebés sean amorosos y placenteros.</p>



<p>Este es un libro que sana y a la vez es, como todo libro disruptivo y contrahegemónico, un arma de batalla.</p>



<p>“Para cambiar el mundo hay que cambiar la manera de nacer”, dice el obstetra francés Michel Odent. Pero quienes pudimos deconstruir lo que nos pasó, y reparar esas experiencias que debieron ser una fiesta y resultaron una tortura, sabemos que no tuvimos esa posibilidad, que nadie nos avisó. Sin información y luego, sin alguien que salte con valentía de la esfera privada a la pública con la convicción de que todo parto es político, como lo hace Julieta, eso es prácticamente imposible.</p>



<p>Este libro es, entonces, finalmente una invitación para que la transformación humana hacia una sociedad feminista, sensible y conectada sea posible; para entregarnos al saber del cuerpo, a ese animal increíble que somos y que nos guía hacia el cuidado; para permitirnos nada menos que entregarnos al enredo con esos otros cuerpos que se crearon dentro de los nuestros, y a ese amor descomunal y salvaje que nace con la potencia inmensa que solo tiene lo que está preciosa y poderosamente vivo.</p>



<p></p>



<p><em>(Este texto lo escribí para el prólogo del libro Bien que te gustó de Julieta Saulo. Pero quiero compartirlo acá porque a la vez hace parte de la historia que nunca dejo de escribir, que también estoy escribiendo ahora. Entonces es un texto ya publicado y, como todo borrador, una tierra fértil)</em></p>
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		<title>Sobre vivir en épocas de derrotas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jan 2022 17:21:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué hacer cuando la mayor parte el mundo no va hacia donde irías? ¿Cuando alrededor nada de lo que te resulta crucial, innegociable, conmovedor reverbera igual, cuando todavía somos tan poquitos en esto de cuidar y de amar a esta tierra viva? </p>
<p>Hace unos meses leí un libro que me dejó llorando a mares, una historia tan parecida a la que estamos viviendo con los humedales, con la minería, con los campos tóxicos, las extinciones, el sufrimiento absurdo. El libro es “El clamor de los bosques”, de Richard Powers. Voy a espoilear bastante así que si quieren ir por el libro (recomiendo fuerte) no sigan leyendo. Aunque también voy a usar estas líneas para pensar sobre estas otras cosas como esto de tener una ética diferente. </p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>¿Qué hacer cuando la mayor parte el mundo no va hacia donde irías? ¿Cuando alrededor nada de lo que te resulta crucial, innegociable, conmovedor reverbera igual, cuando todavía somos tan poquitos en esto de cuidar y de amar a esta tierra viva?&nbsp;</p>



<p>Hace unos meses leí un libro que me dejó llorando a mares, una historia tan parecida a la que estamos viviendo con los humedales, con la minería, con los campos tóxicos, las extinciones, el sufrimiento absurdo. El libro es “El clamor de los bosques”, de Richard Powers. Voy a espoilear bastante así que si quieren ir por el libro (recomiendo fuerte) no sigan leyendo. Aunque también voy a usar estas líneas para pensar sobre estas otras cosas como esto de tener una ética diferente.</p>



<p>El clamor de los bosques es sobre un grupo de personas cuyas vidas terminan cruzadas alrededor de la defensa de los árboles. Personas que de repente entienden, sienten, saben que los árboles no son cosas, que están vivos, que no son de nadie más que de sí mismos y que está mal que los maten, como está mal matar a cualquier persona. Se alían entonces con esa convicción clara e inobjetable que da saber y amar para defenderlos. Y pasan por muchas etapas. La transformación radical de la vida para atender ese llamado de las raíces y el cosmos, el activismo, la desesperación.&nbsp;</p>



<p>Los árboles son secuoyas: inmensos, como dioses. Algunos se suben a esos árboles y viven meses ahí arriba. Pero el sistema gana y los árboles terminan destrozados y entonces ellos pasan a la desobediencia radical. Y ahí también pierden. El libro es pura belleza y derrota.</p>



<p>Un acercamiento increíble a los árboles, esos seres que están cuando llegamos al mundo, con los que respiramos en besos de aire, y que seguirán ahí cuando muramos; y está repleto también del horror por ver de cerca a una humanidad a la que le da igual, que no lo entiende, que solo habla de dinero y progreso mientras mata. Es un libro sobre tener una ética distinta y tener que salir todos los días y sostenerse y no saber qué hacer con eso. Es un libro sobre esta época de incendios y violencia y preguntas sin respuesta, acumulándose entre la garganta y el corazón, y del deseo de compartir, de ser más, de abrazarnos.&nbsp;</p>



<p>Es un libro sobre nosotros que muchas veces nos pensamos en soledad pero nos tenemos.</p>



<p>A quienes están ahí y leen y escuchan y sienten y comparten, gracias. Nos necesitamos más que nunca.</p>
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		<item>
		<title>Vivir en la tierra viva</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/vivir-en-la-tierra-viva/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=vivir-en-la-tierra-viva</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[0x1999]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Jan 2022 17:29:25 +0000</pubDate>
				<guid isPermaLink="false">https://unacasasinparedes.com/?post_type=borradores&#038;p=2172</guid>

					<description><![CDATA[<p>Hace más de 500 millones de años lo que ahora llamamos América del sur estaba pegada con lo que llamamos África. En lo que ahora llamamos Río de Janeiro en Brasil había montañas altísimas, como los Himalayas. La tierra era entonces continentes inmensos y mares intensos. Una historia que ya tenía millones de años hacia atrás haciendo otros continentes y que tendría (y tendrá) millones más hacia adelante con nuevas fragmentaciones, colisiones, transformaciones y formaciones que terminarían en esta versión del mundo increíble que habitamos hoy: humanos como células de un cuerpo cósmico. Partecitas de una Tierra que vive toda una vida propia mientras nos cobija, nos contiene y nos aloja como hace con tantas otras formas de vida que nacieron acá y que morirán acá para ser alimento y más vida. No somos dueños de nada. Tenemos sí mucho que cuidar y que reparar. Y muchos límites que poner a los zombis que creen que el futuro está en Marte y que acá se puede hacer cosas como bombardear el mar, envenenar los suelos, derribar los bosques.</p>
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]]></description>
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<p>Hace más de 500 millones de años lo que ahora llamamos América del sur estaba pegada con lo que llamamos África. En lo que ahora llamamos Río de Janeiro en Brasil había montañas altísimas, como los Himalayas. La tierra era entonces continentes inmensos y mares intensos. Una historia que ya tenía millones de años hacia atrás haciendo otros continentes y que tendría (y tendrá) millones más hacia adelante con nuevas fragmentaciones, colisiones, transformaciones y formaciones que terminarían en esta versión del mundo increíble que habitamos hoy: humanos como células de un cuerpo cósmico. Partecitas de una Tierra que vive toda una vida propia mientras nos cobija, nos contiene y nos aloja como hace con tantas otras formas de vida que nacieron acá y que morirán acá para ser alimento y más vida. No somos dueños de nada. Tenemos sí mucho que cuidar y que reparar. Y muchos límites que poner a los zombis que creen que el futuro está en Marte y que acá se puede hacer cosas como bombardear el mar, envenenar los suelos, derribar los bosques.</p>



<p>El otro día mi hija me preguntó qué habíamos sido los humanos antes de humanos. Si habíamos sido esas rocas, si habíamos sido parte del mar y de las plantas y de otros animales. Todo fuimos y seguimos siendo, le respondí. Una parte viva de este planeta vivo de relaciones recíprocas. Somos todo lo que es y lo que fue y mientras estemos acá, siendo parte de esta partecita de la historia de esta madre que es la Tierra nos pasa lo que a ella le pasa y lo que le suceda también nos pasará.</p>
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