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	<title>EMOCIONES archivos - Solebarruti</title>
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		<title>Hongos, plantas y otras historias de amor.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Dec 2023 10:57:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Entonces, para seguir con la conversación que estábamos teniendo, se trata de permitirnos ser adultas sin dejar de maravillarnos con las sirenas, los espíritus del fuego, las palabras del mar. Abrazarnos a ellos con la convicción y responsabilidad que es habitar esta tierra en esta época. Animarnos a contar las historias que liberen a la apasionante búsqueda de verdad de su encierro en esta cárcel de razón, que tiene características tan poco razonables que nos están llevando al colapso sin que siquiera podamos sentirlo.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/hongos-plantas-y-otras-historias-de-amor/">Hongos, plantas y otras historias de amor.</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>Entonces, para seguir con la conversación que estábamos teniendo, se trata de permitirnos ser adultas sin dejar de maravillarnos con las sirenas, los espíritus del fuego, las palabras del mar. Abrazarnos a ellos con la convicción y responsabilidad que es habitar esta tierra en esta época. Animarnos a contar las historias que liberen a la apasionante búsqueda de verdad de su encierro en esta cárcel de razón, que tiene características tan poco razonables que nos están llevando al colapso sin que siquiera podamos sentirlo.<br>O sea, se trata de volver a mirarnos y volver a mirar a nuestro alrededor: de reencontrarnos con estos cuerpos que somos, con todo el dolor que guardamos, con toda su fortaleza, dependencia, y belleza; y con esos tantos otros que habitan esta tierra y están adentro nuestro y están ahí afuera, en la selva o en un claro en medio del asfalto donde un mediodía cualquiera anda naciendo otro diente de león. De mirar y preguntar. De mirarlos y preguntarles a ellos que son pájaros preciosos, que son yuyos curativos, que son hormigas organizadas, que son montañas inmensas, que son bacterias ancestrales, que son personas de las que no sabíamos nada, y volver a encender nuestra mente y corazón con sus respuestas. Dejar de lado, con valentía, esa fórmula que nos desertifica para que encajemos en la metáfora de un planeta inerte que hay que explotar hasta sus últimas fuerzas, explotándonos a nosotras mismas en el camino.<br>Para que eso sea posible, hay que quitarnos de encima a la competencia como explicación fundante de la evolución (tan conveniente a este anarcocapitalismo con toda su supervivencia del más apto que estamos viviendo) y abrazarnos por un rato a las múltiples otras formas que muestran que es el deseo (“el impulso de establecer conexiones, entremezclarnos, tejer poéticamente nuestra existencia con la de otros seres”, dice el biólogo y filósofo Andreas Weber) lo que dirige la fuerza de vida de este mundo hermoso.<br>¿Vamos?</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/hongos.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Una de mis historias de amor preferidas es la de las plantas y los hongos. Comenzó hace 500 millones de años y sigue igual de intensa y transformadora.<br>Todo el mundo era casi plenamente acuático y salado entonces. Pero las plantas estaban animándose a una migración inesperada: saldrían del mar para habitar la tierra. Tenían un problema para eso: sin raíces no podían aferrarse a esta aventura que luego serían selvas, bosques, pantanos. Fueron los hongos que, gracias a las bacterias que nos permitirían a todos respirar, ya estaban ahí hace muchísimo, recorriendo con su propio cuerpo radicular, sus hifas, el suelo, quienes las recibieron.<br>Los hongos recibieron a las plantas apegándose a sus cuerpos verdes, húmedos y deseantes de sol. E hicieron durante millones de años de las raíces que las plantas no tenían, entretejiéndolas a su vez en esa red de hifas que forman el micelio que recorre tanto así como un tercio o la mitad de la masa viva de los suelos.<br>Abrazadas a esas criaturas distintas y misteriosas entonces, fue que las plantas pudieron pasar de ser algas a convertirse en esta magia que desde las profundidades de la tierra se (y nos) nutre de la energía del cosmos. Tan fuerte fue la conexión que tuvieron, que cuando las raíces vegetales existieron no se abandonaron: en vez crearon en la simbiosis un mundo subterráneo complejo y súper imbricado. Bajo tierra las plantas llegan hasta un lugar donde se vuelven hongos que se entrelazan con otros hongos que llegan a otras plantas fusionándose en una red de inteligencia colectiva a través de la cual todos en bosques, selvas y pantanos comparten información, nutrientes, sensaciones. Desde entonces, en reciprocidad, las plantas alimentan a los hongos con los azúcares y vitaminas que hacen después de sintetizar la energía del sol.<br>¿Lo podés sentir? Hay abrazos así de profundos que pisamos cada vez que caminamos. La historia de amor de plantas y hongos es un ciclo sin fin de vida y muerte ininterrumpida. Hay hongos que son heredados de árbol a árbol a través de las semillas; son quienes permiten que las semillas germinen y prosperen. A la vez, cuando los árboles caen son los hongos los que disuelven la madera, llevándolos aún más hondo de lo que habían ido antes, y disponiendo a su vez todos los nutrientes acumulados para las nuevas vidas que quieren florecer.<br>Es un amor sin linealidad; un amor de continuidades circulares, superpuestas, infinitas que desarman hasta la idea de muerte porque no hay individualidad posible en esa entrega dichosa que se da en vida.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/hongos2.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Si en esos cuerpos en sí mismos, pero sobre todo en esos cuerpos mezclados para siempre, está contenida la verdadera historia del mundo que es también la nuestra, ante esta época aterradora donde igualmente somos tantas las personas que tenemos el anhelo de animarnos, de ayudarnos, de reconectar y de sanar, ¿cómo no habríamos de acudir a ellos para crear esas conexiones que hacen falta y encontrar las formas que buscamos de cuidar y de ser?<br>En Los hongos del fin del mundo la antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing muestra como la funga se despliega en un montón de metáforas de las que podemos reaprender. Entre ellas, la precariedad: el estado que dirige esta época. Sin un trabajo seguro, con el sinsentido que es ser para producir (¿qué? Cosas que se rompen, que son basura, que nunca significaron nada) con la idea de progreso y desarrollo (por fin) hecha trizas, sí: somos como los hongos que surgen inesperados en un bosque después de un día de lluvia y sol, pura precariedad.<br>La precariedad asumida dice Lowenhaupt Tsing es una provocación para movernos hacia ese lugar en el que pueden acontecer cosas mejores. “La precariedad es la condición de ser vulnerables a otros. Los encuentros impredecibles nos transforman; no tenemos el control, ni siquiera de nosotros mismos. Todo está en constante fluctuación, incluida nuestra propia capacidad de supervivencia. (…) Pensarnos en términos de precariedad pone de manifiesto que la indeterminación también posibilita la vida”.<br>La indeterminación abre un camino no lineal ni planificado donde es algo más parecido al azar hecho de múltiples causas lo que va haciendo aparecer el devenir y sus múltiples posibilidades. La precariedad aparece así como una apertura, una invitación a adentrarnos en una “reconfiguración temporal multiespecífica” para lo que hoy no tenemos garantizado: un futuro.<br>De esto se trata entonces también salir de este momento de desconexión: de volver a escuchar estas historias donde la pura biología con sus ejemplos más materiales nos amarran, nos enraízan, nos permiten volver a poblar nuestras historias de personajes no humanos, descubrir, contemplar, aprender, escuchar, tocar, abrazar, oler, comer.<br>De conocer para tomar y ser tomadas por hongos y plantas que ya están en nuestro cuerpo (si compartimos memoria genética con todos ellos, lo que quiere decir que con ellos fuimos y con ellos podemos volver a ser), para entregarnos a la tierra y devolvernos encantadas a toda esta experiencia fantástica que es existir.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/tortugas.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Como ves, el viaje que nos propongo no es mental (¿acaso alguna vez debió haberlo sido?) es somático. Involucra convocar otra vez a nuestra increíble capacidad corporal de sentir. Ese es el gran poder ausente: el que nos invita a sabernos carne del cuerpo del mundo. El que esta civilización adormece haciéndonos comer cualquier cosa y aprender conceptos desencarnados, quietitas en una silla, copiando lo que otros dicen, puras palabras humanas, con fechas humanas, con promesas humanas de una ciencia que avanza, de una economía que avanza, de una sociedad que avanza (¿a dónde? Al precipicio pero eso no lo dicen, nadie lo ve), memorizando de un mundo cada vez más áridamente humano, hasta el dolor de cabeza, y de espalda que sabremos acallar, porque aprendemos de camino qué pastilla tomar para desactivarnos completamente.<br>Volvamos.<br>Hay un concepto como palabra mágica que recuperar. Umwelt: quiere decir la parte del mundo que cada animal es capaz de percibir y experimentar. Cómo percibe el mundo, cómo lo vive, con qué formas, con qué posibilidades y qué límites, desde y hasta dónde. Lo creó el zoólogo alemán Jacob von Uexkull a comienzos del 1900 y lo explicaba así: “El cuerpo de un animal es una casa con un número de ventanas que da a un jardín: una ventana para la luz, una para el sonido, una ventana olfativa, una para el gusto y un gran número de ventanas táctiles. La perspectiva del jardín visto desde la casa cambia en función de cómo se haya construido cada una de las ventanas”.<br>En este momento donde tanta falta hace, Uexkull está siendo reeditado y reexplicado con ejemplos actuales. Mi revisitador preferido es Ed Young en La inmensidad del Mundo: un libro que muestra entre perros, murciélagos, nutrias, pulpos que no hay colores, no hay sonidos, no hay texturas: hay capacidades relacionales extremadamente físicas que prenden y apagan conexiones posibles que los crean haciendo este mundo de muchos mundos que se abre, como el de Alicia y sus maravillas, para quien tenga la llave, el tamaño, la pregunta indicada.<br>“El Umwelt es una fuerza que unifica y une. Nuestro Umwelt es limitado, solo que a nosotros no nos parece. Desde nuestra perspectiva lo abarca todo. No conocemos otra cosa y por eso nos resulta tan fácil caer en el error de pensar que no hay nada más que conocer. Pero se trata de una ilusión (…) Hay animales capaces de oír sonidos en lo que a nosotros nos parece un silencio total, de ver colores donde para los humanos solo hay oscuridad, y sentir vibraciones en lo que nosotros percibimos como quietud absoluta”, escribe Young.<br>Más allá de todo lo que nos perdemos desconociendo que el mundo no es (solo y afortunadamente) lo que vemos y creemos los humanos, sino que está abierto como un viaje psicodélico que es perceptible según tu capacidad de percepción, Young también dedica buena parte de su libro a contar lo que hacemos perder a esos otros cuando, ignorando tanto, llenamos la tierra de ruido, prendemos las luces anulando la noche, invadimos los Umwelt con vibraciones disonantes y perfumes de artificio. Extinguimos mundos sensibles por nuestro olvido insensible, nada más y nada menos.<br>Pero, ¿siempre fue así? ¿Nunca vimos más que lo vemos? ¿O sí? Y si fuera que sí, ¿no podríamos reencontrarnos con esas herramientas que nos ayuden a reconectar con esa capacidad primero de sentir y después de expandir nuestra capacidad sensible?</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/ritual.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Uno de los episodios más lindos de mi podcast preferido (The Emerald de Josh Schrei) se titula El caso del hombre al que le crecieron cuernos. La historia que cuenta Josh está escrita en las máscaras de Dios de Joseph Campbell. Y empieza así: “Recuerdo cuando en los viejos tiempos los chamanes bufaban como toros y hacían crecer de sus cabezas cuernos opacos y puros. Una vez los vi, vivían en nuestro pueblo. Uno de los chamanes se llamaba Connor. Cuando su hermana mayor murió se chamanizó y entonces sus cuernos crecieron y salió corriendo al bosque así, como hacen los niños cuando juegan a los toros”. ¿Qué imagina nuestra mente moderna con esa información?, se pregunta Josh. “Nuestra mente piensa en sustancias que provocan visiones delirantes, en psicosis, en que el cerebro hace tanta fuerza para creer, que cree, en mentiras. ¿Pero qué tal si ninguna de esas opciones son reales? ¿Qué tal si esas visiones lo eran?”.<br>Entonces se aventura hacia una deconstrucción cada día más urgente: la que gira en torno a la idea de las culturas “primitivas”, de los pueblos “primitivos” alojados en ese lugar tan sólido del inconsciente colectivo donde creemos que “evolucionamos” al pasar del paleolítico a este momento que avanza hacia el derrumbe.<br>La humanidad entera (el 98 por ciento de la historia de nuestra especie) hasta ayer (unos cientos de años nomás) vivía lúcidas y permanentes experiencias de ritos colectivos, de estados de trance, de celebraciones y ceremonias comunitarias que llevaban, entre otras cosas, a compartir experiencias sensoriales de ser unos con el todo. Ventanas desde donde asomarse a ver otros mundos, otras dimensiones, otras realidades. De adoptar otros Umwelt a los que se llegaba a través de herramientas culturales creadas y sostenidas con ese solo propósito: tener intuición y visiones y no olvidar. Para salirse del yo y nunca creer en esta identidad individual tan violenta que nos terminó tomando por completo.<br>Eso éramos. Eso somos. Eso siguen siendo tantos pueblos que están acá nomás reexistiendo: haciendo de su existencia resisistencia. Pero para su construcción, la religión y la ciencia moderna establecieron todo eso como patológico, peligroso, atrasado, o en el mejor de los casos irrelevante. Dice Josh: “No es accidental que a medida que esa experiencia que teníamos cambió, la relación con la naturaleza también lo haya hecho. La construcción del mundo occidental fue en dirección a la huida del mundo visionario, que daba importancia a los soñadores, que daba importancia a los estados de transe. Pero si durante el 98 por ciento de la historia de nuestra especie, habitamos ese espacio de visiones, tal vez es más inherente a lo humanoel ver esos cuernos que dudar de ellos. Tal vez ser humano se trata de saber verlos”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/casa.jpg" alt="" style="aspect-ratio:0.7496251874062968;width:500px;height:auto"/></figure>



<p></p>



<p>Creo que esta es la pregunta más importante hacia la que arrojarnos: cómo, sin renunciar a tanto conocimiento de época que es valioso y necesario, recuperamos eso que perdimos. Porque lo que perdimos es tanto que andamos como zombis mientras todo se extingue alrededor. La buena noticia es que cada vez es más evidente que contamos con ayuda para despabilarnos y apurar el tiempo perdido.<br>Cuando el abrazo entre plantas y hongos se dio crearon juntos un salto cuántico. Es lo que pasa con las simbiosis: el tiempo se abre y lo que demandaría millones de años más se precipita.<br>¿Podemos intentar algo así? Algo como conocer esas historias y animarnos a ser sostenidas de la mano, o de los pies, por alguna criatura, tal vez sean hongos, tal vez sean plantas, tal vez sea la vibración de una canción que nos enraíza para, sin miedo, transformarnos y volver a sentir esos tantos mundos dentro del mundo que están ahí esperándonos para, con amor y cuidado, enseñarnos el camino de volver a casa.</p>
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		<title>¿Qué es verdad?</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/que-es-verdad/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=que-es-verdad</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 31 Aug 2023 23:09:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En el último tiempo mi hija me hace todas preguntas así:<br />
-Los espíritus, ¿son de verdad?<br />
-¿Y las sirenas?<br />
-¿El agua está viva o es como Papá Noel, algo a lo que juegan con sus familias algunos niños?<br />
-¿Somos animales como todos los animales o animales distintos?<br />
-¿Cómo es que tierra se acuerda de cosas?<br />
-¿Dónde está lo vivo que está vivo?<br />
-¿La magia existe?<br />
-¿Podemos ser jaguares otra vez cuando lleguemos a la vida de muertos?</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>En el último tiempo mi hija me hace todas preguntas así:<br>-Los espíritus, ¿son de verdad?<br>-¿Y las sirenas?<br>-¿El agua está viva o es como Papá Noel, algo a lo que juegan con sus familias algunos niños?<br>-¿Somos animales como todos los animales o animales distintos?<br>-¿Cómo es que tierra se acuerda de cosas?<br>-¿Dónde está lo vivo que está vivo?<br>-¿La magia existe?<br>-¿Podemos ser jaguares otra vez cuando lleguemos a la vida de muertos?</p>



<p>Parecieran preguntas distintas pero todas buscan resolver la misma intriga: ¿qué es verdad, qué es mentira, cómo lo sabemos?</p>



<p>Unos meses Domi tenía cuatro años y no había dudas.<br>Los espíritus están ahí en los árboles y los pájaros y las piedras; entre el fuego, el viento, las nubes; la tierra toda es un espíritu misterioso, salvaje, intenso.<br>Todo está vivo.<br>Y seguro podamos ser jaguares, si todo fuimos y todo podemos volver a ser.<br>Mirá el aire que respiramos lleno del aire de tantos cuerpos que están acá respirando con nosotras como las hormigas, esa mosca, los hongos que crecen dibujando una línea negra atrás de la bacha de la cocina.<br>Ya somos tantas criaturas, en cada inhalación, en cada movimiento, en cada bocado.<br>Y sirenas: cómo no va a haber. Las sirenas viven en el mar que es una persona a la que saludamos cuando llegamos y cuando nos vamos de la playa.<br>¿Te acordás?</p>



<p>-Hola: ya no te tengo miedo, le dijo Domi al mar el día que por fin se animó a mojar los pies en el agua salada, a correr las olas desde la orilla.<br>Tenía casi tres años, y el verano anterior no había podido siquiera asomarse. Cuando vio al mar por primera vez fue como si viera a un animal feroz. Se quedó quieta sobre la arena seca. Lograr meterse iba a requerir meses. Hasta que la relación que por fin se dio y entonces eso le dijo: ya no te tengo miedo.<br>-Chau mar, hasta mañana, lo saludó esa misma tarde y al otro día y al otro y este año también lo hizo: cuando volvió a verlo le habló, y estoy segura de que lo va a hacer siempre si la dejan en paz siendo lo que somos.</p>



<p>Pero nada es fácil: la forma de ver, de sentir, de relacionarnos, es colectiva, se nutre de quienes alrededor nos afirman o nos niegan o, peor -lo peor de todo-: nos ponen en duda. Una gran parte de la sociedad hace eso: escucha que una niña saluda al mar y se ríe, pregunta raro, explica lo que cree que debe ser.</p>



<p>Crecer entre nosotros es salir de niña entendiendo que hay dos lugares: uno para la razón, la inteligencia, la lógica de separarse de tantos otros que quedan cosa; y un área para la fantasía a donde van a para esas formas de relacionarse que ya no son verdad.</p>



<p>-Mi abuelo me dijo que los árboles no sienten, me dijo Domi unos días atrás. Me dijo que se pueden cortar porque son madera y no sienten nada.<br>-¿Y vos qué creés?<br>-Yo creo que sí sienten pero él me dijo que eso son cuentos. ¿Son cuentos que los árboles sienten o es de verdad, mamá?<br>Así como con la comida (cuando empecé a pedir que no le ofrecieran comida que hace daño) que requirió dar muchas explicaciones, trato que quienes rodean a mi hija escuchen otras cosas que los ayude a no romperla.<br>Pero claro, no comeríamos lo que comemos si no pensáramos lo que pensamos.<br>-Decí lo que quieras pero los árboles no sienten, me respondió su abuelo.<br>Unos días antes antes había discutido con él sobre la vida del agua.<br>-El agua no está viva, le dijo a Domi que como pudo le discutió que sí, que para ella sí, y le habló de su amigo el mar pero no hubo caso.<br>-No, no podes decirle a la nena que el agua está viva. El agua en todo caso es el medio en el que se desarrollan muchos seres vivos, pero viva no está.<br>Y ahora: -Los árboles no sienten.</p>



<p>Todo está lleno de cosas así: intervenciones del desencanto, oportunidades de marchitamiento, invitaciones a la completa lejanía.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-domi.jpg" alt="" class="wp-image-2716" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-domi.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-domi-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>¿Mienten los sueños? Se pregunta Mary Oliver en su poema El Río.</p>



<p>¿Mienten los sueños? Una vez fui pez<br>y lloré por mis hermanas<br>en las enormes encrucijadas del delta.</p>



<p>Hermoso, ¿no?<br>Y está bien porque es poesía: el arte es el territorio adulto donde se permiten esas licencias.<br>Pero es mentira: no fuiste pez.<br>¿O sí?<br>La sola pregunta tomada en serio incomoda.<br>Serio quiere decir hoy lo que quería decir también en sus orígenes latinos: verdadero.<br>Serio es lo que es verdad.<br>Verdad es que sos humana y que además los peces no lloran.</p>



<p>-¿Cómo sé que es verdad?, me pregunta mi hija cada vez que alguien le dice que no y yo le digo que sí: que el problema es que esa persona su abuelo, la vecina, quien sea se olvidó lo que es y puede seguir siendo para abrazarse a lo que le enseñaron que debe ser, aunque eso lo haga triste como una yerbera teñida de naranja que está mustia, muriendo hace demasiados días en un florero. Mi hija todavía cree en ella. Lo veo en sus ojos, en ese brillo cómplice que resplandece cuando le digo: no los oigas. Pero también me da miedo que sea una cuestión de tiempo. Y esto no se lo digo pero me lo digo a mi, como un ruego susurrado: ojalá no le pase lo que nos pasó.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/musgo.jpg" alt="" class="wp-image-2721" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/musgo.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/musgo-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>“El mundo que perdimos era orgánico (…) desde el cosmos hasta la piedra más diminuta tenía vida”, escribe Carolyn Merchant en La muerte de la naturaleza. En ese libro, una rigurosa recapitulación histórica centrada entre el siglo XV y el XVII, la filósofa narra cómo para erigir este sistema con todas sus violencias hubo antes que destrozar las ideas que había sobre la Tierra, los vínculos que la humanidad que habitaba esa Europa que quería ser imperio, sostenía.<br>Hasta convertirse en una cosa para la modernidad, la Tierra era vista de muchas maneras. Madre nutricia, mujer bondadosa, creación sagrada, pero también mujer salvaje y temeraria con el poder de secar cosechas y desatar tormentas. Diosa habitada por deidades, mitos y rezos. Animal animado. Ser otro, repleto de otredades.<br>Esas ideas diversas impulsadas por el arte, la filosofía, la ciencia, la política, los cultos, la agricultura, creaban posibilidades relacionales que promovían el cuidado y el respeto y descartaban como posibles muchas formas de explotación y destrucción. Pero -larga historia corta- de la mano de las revoluciones científica e industrial, o para hacer lugar a que eso aconteciera, la metáfora de la tierra benévola desapareció.<br>La naturaleza para ser recursos pasó a verse solo como mujer impiadosa y satánica. Una bruja como las que se juzgaban en los tribunales de la Inquisición antes de ser mandadas a quemar en la hoguera. Esa imagen que daba pánico consolidó una mentalidad de época que pasó a exigir orden y control.<br>Al igual que con las revueltas sociales y los modos subversivos de ser, para dominarla, sojuzgarla, volverla dócil, a la Tierra se la sometería de todos los modos posibles. Se mandaría a arrancar sus secretos con máquinas y técnicas nuevas, se la secaría drenando sus humedales y pantanos, se talarían sus bosques dejando solo campos con algunos jardines, se perforarían las montañas para hacer minería, se torturaría a sus animales en miles de experimentos. Hasta que finalmente se lograría volverla material inerte. Algo que funcionaría de ahí en más como una máquina. El nuevo paradigma se llamó mecanicismo. Y es el que tenemos hoy.</p>



<p>Escribe Merchant: “La máquina, como modelo de la ciencia y de la sociedad ha impregnado y reconstruido la conciencia humana con tanta fuerza que hoy en día apenas cuestionamos su validez. La naturaleza, la sociedad, el cuerpo humano están compuestos por partes atomizadas intercambiables que pueden ser reparadas o reemplazadas desde el exterior. El “arreglo tecnológico” para el mal funcionamiento ecológico, los nuevos seres humanos reemplazan a los viejos para el buen funcionamiento de la industria y la burocracia, y la medicina intervencionista que reemplaza un corazón desgastado por uno nuevo”.</p>



<p>Este cambio de la mente y el espíritu de millones de personas -que, nuevamente, pasaron de ver a la Tierra como organismo vivo, a sus partes como recursos inertes- no fue un trabajo de la razón imponiéndose con argumentos en sus verdades acabadas. La muerte de la naturaleza -de nuestras capacidades animistas y orgánicas, de los diálogos vivos que teníamos con montañas mares y sirenas, de nuestra imaginación encendida y despierta- se hizo violando, quemando, encerrando, matando a quienes sostuvieran esas ideas.<br>Las formas diversas de conocer el mundo, las medicinas con plantas y conjuros, las fiestas y los ritos fueron declarados ilegales sin ser reemplazados por algo mejor. Se deslegitimó lo que hoy se sostiene como fantasía no con ciencia sino con sangre, haciendo de la tortura el método para arrancar verdades, válido en un tribunal como en un laboratorio, ante una anciana curandera, un ratón o un bosque.<br>Y en eso estaban cuando se les cruzó América en un mal viaje. Y el poder hizo lo que hace: usó esa cantidad de pueblos increíbles habitando territorios encantados para fortalecer su epistemología de binarios y jerarquías.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/hoja-escarcha.jpg" alt="" class="wp-image-2720" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/hoja-escarcha.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/hoja-escarcha-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Con la Tierra desencantada, la disciplina se hizo carne. La familia, patriarcado. La economía, capitalismo. El desarrollo, futuro. La supremacía blanca, ética y estética. La magia, superchería. Los mitos, ilusiones. Los ritos, prácticas absurdas. Nuestros sueños, descargas de la mente. La búsqueda de la verdad, una condena.<br><br>Porque: “¿Qué es entonces la verdad?”, se pregunta Friederich Nietzsche. “Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino como metal”.<br></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-yo.jpg" alt="" class="wp-image-2719" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-yo.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/arbol-yo-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Hace tres años conocí a los awa guajá: un pueblo indígena que vive en Maranhao, un Estado de Brasil desmontado en casi el 90 por ciento para hacer los razonables y serios negocios de eliminar la Amazonía para producir minería, plantar soja y extender ganado. Los awa guajá son un pueblo de reciente contacto porque los invasores del 1500 no llegaron a estas tierras. Fueron invadidos recién en el siglo XX, en los años 70, y por la dictadura.<br>Hasta hace unos 40 años, los awa guajá no conocían esta empresa devoradora que llamamos modernidad. Y desde que la padecen en toda su crueldad se defienden de ella (de nosotros) como pueden. Llegué a ellos siguiendo una foto que ya no muestro porque me dijeron que no habían dado el permiso para que circulara. Pero te la puedo contar porque de la práctica sí se sienten orgullosos: en la imagen hay una pareja, un hombre y una mujer joven, que a su vez sostiene a un bebé humano y un bebé mono. La mujer tiene una pollera y el torso desnudo y las crías maman de sus dos pechos: de un lado, el humano, del otro, el mono. No es una práctica extraña entre los pueblos de la selva. Los awa guajá mapaternan a distintas criaturas porque eso es lo que saben que es y que hay que hacer: cuidar y mezclarse. Se mezclan con los animales adoptando, cazando, aprendiendo sus voces, vistiéndose con sus plumas y volando con ellos. Los awa guajá tienen caminos abiertos en la selva que van directo hacia las nubes, lo que les permite acortar distancias y contactarse con sus parientes del cielo. Padres, abuelos, ancestros que ahora son espíritus pero a su vez también bajan a comer al bosque.<br>Cuidar de la selva para los awa guajá es cuidar de su casa y de la casa de esos cuerpos invisibles que si no tuvieran territorio no tendrían ni comida ni medicina disponible, no podrían seguir ahí, a su vez, cuidándolos a ellos, los vivos.</p>



<p>Lo que saben los awa guajá es lo que les hace hacer esto que hacen: guardianar ese territorio que si no los tuviera a ellos desaparecería, como desapareció todo lo demás que ahora está deforestado a su alrededor.</p>



<p>¿Creen de verdad los awa guajá que hay caminos que van al cielo? ¿Pueden volar? ¿Ven a sus parientes muertos comiendo ahí, entre los árboles?<br>¿Qué son estas preguntas?<br>Donde están los awa guajá, sus prácticas y sus metáforas está la vida. Alrededor, donde viven los que sostienen que todo lo que ellos dicen es mentira está el progreso de la muerte.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/frutosvioleta.jpg" alt="" class="wp-image-2718" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/frutosvioleta.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/frutosvioleta-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Somos criaturas narrativas. Estamos hechos de estrellas y de historias. Todas las humanidades lo somos. Las historias nos hacen entender, nos tranquilizan, nos despiertan, nos enraízan. O nos mutilan, nos anestesian, nos desconectan. Sobre todo si la historia es solo una que como todo monocultivo tóxico arroja el veneno de la incredulidad y el disvalor a todas las demás que podríamos contarnos.<br>Dicho de otro modo: el problema que tenemos en esta época no es solo esta historia del mundo máquina en la que creemos, sino que esa historia para emerger y subsistir necesita matar a las sirenas, las charlas con el mar, los espíritus del fuego y nuestras posibilidades de volar para acortar caminos.<br>La historia que nos cuenta hoy, esa que mi hija me pregunta si es cierta, es una que nos narra individuos aislados, con una especialidad cósmica gobernando una tierra inerte, conociendo a través de experimentos de tortura, creciendo en un desierto de concreto rodeadas de árboles mutilados, comida que no alimenta, dióxido de carbono, pantallas refulgentes de plástico y tecnologías hechas montañas trituradas, nacimientos medicalizados, siliconas, dolores que nadie expresa, gritos que nadie escucha, regueros de sangre que nadie ve.</p>



<p>¿Es verdad que el agua no está viva? ¿Es verdad que se puede conocer separando a la vida en partes? ¿Es verdad el progreso? ¿Es verdad que podemos saber solo desde la mente?<br>El mundo en el que va a vivir mi hija y todas las hijas que están naciendo y que a mi me aterra es uno de la ignorancia plena. El colapso está azuzado desde el reino de verdad gobernado por corporaciones extractivas que, en acuerdo con los gobiernos, siguen extrayendo petróleo hasta de lo profundo del mar, perforando las rocas madres con venenos para sacar gas, produciendo cosas desechables que nos aseguran que necesitamos, secando acuíferos milenarios para hacer baterías de litio que dicen solucionar todo lo anterior…</p>



<p>“Nuestra crisis no es solo climática es mucho más profunda: es metafísica, ontológica, epistemológica. Es una crisis de devenir, de ser humano, de conocer. ¿Cómo conocemos? ¿Qué condenamos a que muera mientras llevamos adelante nuestros rituales de conocimiento del mundo? Todo eso debe ser cuestionado para hacer algo distinto”, dice el filósofo nigeriano Báyò Akómóláfé.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="533" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/07/universo.jpg" alt="" class="wp-image-2717" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/universo.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/07/universo-169x300.jpg 169w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Repensar cómo pensamos. Desde donde. Para qué.<br>Con mis amigas Claudia Aboaf, Maristella Svampa, Dolores Reyes y Gabriela Cabezón Cámara tenemos un grupo que se llama Mirá. Trabajamos juntas contra las narrativas que ya dieron por muerto al mundo. Compartimos ideas, lecturas, noticias y también nos hacemos preguntas.<br>“Crece la teoría de que el universo es un ser vivo capaz de aprender y pensar”, decía una noticia que mandó el otro día Gabi al chat que compartimos.<br>-¿Vieron esto? ¿Me gusta mucho? ¿Será verdad?, preguntó.<br>“Un creciente número de científicos afirman que el universo puede ser una red neuronal gigante, una entidad viva capaz de aprender y evolucionar. Esta idea entiende el potencial de redefinir nuestra comprensión del cosmos, poniendo fin a la concepción tradicional del universo como un vasto espacio aparentemente inerte dónde energía y materia interactúan en un baile caótico gobernado por leyes físicas y cuánticas que todavía no podemos explicar totalmente”.<br>Me fascina la ciencia que avanza abrazada a términos hoy casi prohibidos en ese campo. Que se anima a romper binarios. A corporizar y espiritualizar nuestras maneras de entendernos. La ciencia que no tiene miedo de hacerse cuento.<br>Uno de los últimos libros que leí en este sentido es de la científica Suzanne Simard. Simard fue quien unos años atrás publicó uno de esos trabajos que generan polémica y maravilla en partes iguales. Dijo que los árboles no son individuos sino comunidades que se comunican entre sí, cuidan y aprenden a través del micelio: una red de hongos subterránea que funciona un poco como nuestras neuronas. Una parte del mundillo científico recibió todo eso con brazos abiertos, otra gran parte le dio un portazo. Por fuera del debate académico Simard cultivó fans y en 2021 publicó este libro que tituló: Encontrando a la madre árbol.<br>El trabajo está dedicado a que podamos comprender la importancia de los árboles más viejos que, por protocolo, se suelen extraer de los bosques gerenciados por los Estados. Cuando le preguntaron a Simard por la elección del título, y la antopomorfización que ejercía al llamarlos “madres” ella dijo que lo había hecho a propósito. “Es una apuesta política. Necesitamos recuperar la sensibilidad en la mirada. Además, decirles madres a esos árboles se acerca mucho más a su comportamiento que cualquier otro término”.<br>“Los árboles viejos nutren a los jóvenes y les proporcionan comida y agua, igual que hacemos nosotros con nuestros hijos. (…) Y aún más. Los árboles viejos crían a sus hijos”, escribe en el libro. “Los árboles madre… Cuando los árboles madre -los majestuosos centros de la comunicación, la protección y la sensibilidad del bosque- mueren, transmiten su sabiduría a sus parientes, generación tras generación, compartiendo el conocimiento de lo que acude en su ayuda y lo que los perjudica, quién es amigo o enemigo, y cómo adaptarse y sobrevivir en un paisaje en constante cambio. Los árboles hacen lo que hacen las madres”.</p>



<p>La magia existe.<br>Sucede también así.<br>Pensando al árbol como una cosa y desencantándolo o pensándolo como una madre y devolviéndole en ese acto su alma entera.<br>Refiriéndote al árbol como a un qué o a un quién.<br>Dejando que alguien te hable distinto de ese árbol.</p>



<p>Cambiamos las palabras, cambiamos las ideas, cambiamos la mirada, la cosa cambia: el mundo es otro.</p>



<p>Eso le digo a mi hija como puedo y me lo digo también a mi. Que cuando nos animarnos a la imaginación y a sus certezas, a la emoción y a sus abismos, a los encuentros imposibles de explicar, a las historias que pueden ser resembradas en este campo yermo que es la sociedad del control, la tranquilidad y la anestesia, la vida se vuelve más viva y eso es un sí que hay que sostener con valentía y arrojo. Esa valentía y ese arrojo que tienen las niñas que somos: que saben hacerse amigas del mar, de los espíritus que sonríen en las sombras, de las preguntas que abren mundos en los que caben muchos mundos.</p>



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<p>El poema de Mary Oliver se encuentra en El trabajo del sueño: un libro que editó Caleta Olivia. Todos sus poemas son de una belleza increíble, mi preferido es Gansos Salvajes. Te los súper recomiendo.</p>



<p>Deconstruir es crucial para entender lo que nos pasa y sobre todo aventurarnos con libertad a otras tantas formas posibles. Para eso La muerte de la naturaleza es fundamental. Lo escribió Carolyn Merchant en los años 80 y lo editó en 2023 Siglo XXI.</p>



<p>En el IG de&nbsp;<a href="https://www.instagram.com/sigloxxiarg/">Siglo XXI podés ver la grabación de la presentación que hicimos con Maristella Svampa y Claudia Aboaf.</a></p>



<p>El texto completo de Friedrich Nietzsche Sobre verdad y mentira en sentido extramoral&nbsp;<a href="https://www.lacavernadeplaton.com/articulosbis/verdadymentira.pdf">está acá.</a></p>



<p>Báyò Akómóláfé es genial y tiene una web en la que publica ensayos (solo está en inglés).<a href="https://www.bayoakomolafe.net/">&nbsp;https://www.bayoakomolafe.net/</a></p>



<p>Sobre los Awa Guaja podés leer esta nota que escribí a&nbsp;<a href="https://prensacomunitaria.org/2022/09/brasil-de-soledad-barruti-la-selva-contra-el-fin-del-mundo/">https://prensacomunitaria.org/2022/09/brasil-de-soledad-barruti-la-selva-contra-el-fin-del-mundo/</a></p>



<p>El artículo sobre el universo vivo que nos mandó Gabi está&nbsp;<a href="https://www.elconfidencial.com/tecnologia/novaceno/2023-06-14/teoria-ser-vivo-universo-red-neuronal_3664347/">en este link.</a></p>



<p>El libro Encontrando la madre árbol (Finding the mother tree) de Suzanne Simard lo editó Penguin Random House en Estados Unidos.</p>



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<p>Esta es la quinta carta que envío y quiero agradecerte por recibirla y leerla. Este proyecto que es esta página nació para acercarme sin la arbitrariedad de las redes sociales y sus dinámicas fugaces y está teniendo un efecto muy hermoso en todo mi trabajo. Saber que hay un espacio con un tiempo propio para compartir es muy afín a lo que espero en este momento. Además (aunque sé que estoy muy atrasada con las respuestas de los mails) es mucho más real la comunidad que siento que somos acá, que ya tuvo algunos encuentros y que va a tener varios más en lo que queda de este año. Eso me resulta fundamental: juntarnos y en lo posible de manera presencial. Con ese espíritu estoy activando esta propuesta que ojalá te convoque porque es algo en lo que estoy poniendo lo mejor que tengo:</p>



<p><strong>Todo está vivo, así se llama.</strong><br>Un taller, festival, experiencia postactivista para encender nuestros cuerpos, mentes y corazones y llevarnos hacia una vida más animada y despierta. Una oportunidad para volver a apegarnos a la tierra usando nuestros recursos disponibles: respirar, bailar, tocar, escuchar historias, cantar, deconstruir, tenernos. Vamos a abrirnos a nuevas lecturas, mitos y prácticas, a hacernos amigas de las piedras y a dialogar con tantos otros que nos esperan ahí nomás, abajo de capas de asfalto y olvido. Vamos a recordar lo que somos para tratar de vislumbrar caminos más interesantes y formas más amorosas de encarar esta época de anestesia y desecamiento. Vamos a crear nuevos rituales contra el agotamiento y el extractivismo. Vamos a apelar a toda esa magia a ver qué pasa.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/que-es-verdad/">¿Qué es verdad?</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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		<title>Oda a la intensidad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Jul 2023 15:54:09 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Empecé a tener amigas cuando tenía entre 8 y 9 años, antes de eso el mundo humano me resultaba intimidante. Eran amigas las que empezaba a tener porque iba a un colegio solo de mujeres al que me habían cambiado a mitad de tercer grado porque, si bien me pasaba con todos que me daban susto y ganas de desaparecer, con los varones era aún peor. Aprendí de juegos, canciones, vestimenta, modismos en un tiempo récord, de tercero a cuarto grado. Me adapté hasta parecer lo que se esperaba que fuera: una niña normal de Buenos Aires. De día hasta yo misma estaba convencida de haberlo logrado. Pero de noche emergía otra cosa. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Empecé a tener amigas cuando tenía entre 8 y 9 años, antes de eso el mundo humano me resultaba intimidante. Eran amigas las que empezaba a tener porque iba a un colegio solo de mujeres al que me habían cambiado a mitad de tercer grado porque, si bien me pasaba con todos que me daban susto y ganas de desaparecer, con los varones era aún peor. Aprendí de juegos, canciones, vestimenta, modismos en un tiempo récord, de tercero a cuarto grado. Me adapté hasta parecer lo que se esperaba que fuera: una niña normal de Buenos Aires. De día hasta yo misma estaba convencida de haberlo logrado. Pero de noche emergía otra cosa. Eran pesadillas, era insomnio, era una ansiedad que se me acumulaba entre la boca del estómago y la base del corazón mientras en mi mente se sucedían historias tristes que por algún motivo acumulaba. No era que las buscaba: se me aparecían ahí donde yo estaba. Como cuando fuimos a la playa ese verano de transición entre la timidez total y cierta soltura y al segundo día en la playa en Pinamar vi a un padre con su hijo jugando al tejo con almejas vivas. Los mismos animales que el día anterior había visto dichosas hundir sus lenguas blancorosadas contra la arena mojada y desaparecer acariciadas por las olas en la orilla, estaban ahora ahí como si fueran fichas de madera. El padre de la edad de mi padre y su hijo de mi misma edad las juntaban, las dejaban en la parte donde la arena es lisa y dura, tomaban una y la arrojaban a ver si daban contra la que estaba más lejos. En medio del juego las golpeaban dejándoles el cuerpo destrozado, el interior blando y acuoso a la vista, hecho un amasijo que estaba segura les dolería muchísimo. Las almejas, después de eso agonizaban mudas y solas hasta morirse al sol. Y yo no podía hacer nada: durante el rato larguísimo que duró ese juego quedé paralizada sintiendo el dolor de esos animales que se sumaba al de otros como los sapos apedreados que no lograba esconder, la elefanta del zoológico que -me lo dijeron muy claro- nunca nunca iba a poder salir de esa fosa en la que la que la tenían viviendo, todos los bosques cortados con máquinas enormes que sonaban gjjjjjjjjjj hasta quedar ¿hechos qué? Nunca logré que me contestaran tampoco.</p>



<p>Como decía, no sé bien cómo llegaba a saber esas cosas o a topármelas como ocurrió ese día en la playa. Si sé que el amor que sentía por los animales y la naturaleza toda era proporcional a lo atormentante que me era el mundo humano y que había algo en esa ecuación que había resultado en un especie de radar de hipervigilancia. Como si esas historias me convocaran, pero luego no pudiera hacer con ellas más que irlas anidando para verlas arder cuerpo adentro en una mezcla de furia, conmoción y angustia nocturna que trataba de corregir en soledad. No estaba bien sentir tanto. Era un montón. Era demasiado.<br>Claro que todo hubiera sido más fácil si hubiera encontrado un espacio para hacerle lugar a esas emociones, con su dificultad y su potencia. Si en lugar de señalarme en la rareza alguien a mi alrededor me hubiera ayudado a encontrarle la parte tan rica que sin dudas -lo pude ver muchísimos años más tarde- era tener esos diálogos abiertos con el mundo vivo, donde el horror siempre siempre siempre se entrama con lo sublime de esas otradedades, quizás hubiera podido dejar de combatirme y hallar más rápido cómo hacer de eso un equilibrio como el que a veces logro ahora: entre lo que duele y lo que encanta, y lo que veo y lo que anhelo, y lo que entiendo y lo que nunca voy a poder, y lo que puedo cambiar y lo que probablemente nunca. Hubo muchas palabras con las que distintas personas señalaron siempre esa parte de mí que más que incomodarme, odiaba: dramática, hipersensible, exagerada, intensa.</p>



<p>No voy a ahondar acá en los eventos traumáticos tempranos que pudieron haber disparado la hipersensibilidad, la hiperatención y lo que eso me provocaba, porque pasé una vida explorando traumas y tratando de sosegar lo insosegable para, de un tiempo a esta parte, tratar de despatologizarlo y rendirme a lo que finalmente se convirtió en una manera de ser. Dejar de combatir la sensibilidad o la intensidad a su vez mermó bastante la ansiedad y, si bien no estoy a salvo de eventos donde tengo el corazón en la boca y la respiración entrecortada, creo que en el fondo todas las personas somos un poco así: sensibles e intensas. Nuestro sistema nervioso lo es. Nuestra respiración, el corazón, la piel, lo son. Nuestros sentidos están todos ahí disponibles para ser atraídos y embelesados por los sonidos, texturas, olores y colores del mundo que de tenues, tibios y dóciles no tienen nada. Nuestras emociones gestadas en el cuerpo de la tierra están esperando que le hagamos espacio al sufrimiento y la magia que conviven en partes iguales para, tal vez así, volvernos lo que tanto hace falta: tierra blanda y fértil dispuesta para el cuidado.<br>Hay quienes tal vez aprendieron a aplacar y hasta negar esa capacidad de entramarse somáticamente con el dolor y lo fascinante del mundo porque en esta sociedad que formamos no hay lugar para el apego al que llevan esas demasías. Pero la resonancia la tenemos todas: personas humanas y no humanas que hacen a este planeta intenso del que somos parte.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="423" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito.jpg" alt="" class="wp-image-2707" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/pajarito-213x300.jpg 213w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Toda manifestación de vida es un clamor intenso. Ahí están la selva y los volcanes y el océano con sus olas y sus capas aún inexploradas. Pero también encontramos tantísimos ejemplos en las ciudades. Ahí están los vientos sacudiendo a los autos en la avenida y los relámpagos haciendo violeta el cielo, la brisa húmeda del río y los charcos en las veredas que si viéramos en un microscopio encontraríamos repletos de seres increíbles. El sol del mediodía que te quema la piel, los árboles que crecen inmensos y desafían a la fuerza bruta que los mutila con sus ramas nuevas sobre sus muñones, el llanto de todos los bebés y los pájaros, pequeños y frágiles, dibujando sus territorios con sus cantos en un semáforo. Un gato caminando por la cornisa de un edificio altísimo, otros dos peleándose en una terraza. Todo lo que nace y antes depende del sexo para existir y luego de otro cuerpo que lo gestó y ese cuerpo otro cuerpo y otro cuerpo y otro cuerpo. La semilla de diente de león que vuela buscando un lugar atrás de los colectivos. Un grupo de perros buscándose y oliéndose en una esquina, los abejorros vibrando sobre una flor de Mburucuyá junto a las vías del tren, los hongos creciendo en un tronco en medio de un corralón de materiales, los sueños que protagonizamos cuando dormimos, nuestra sangre fluyendo, nuestros huesos latiendo, nuestros intestinos alojando trillones de criaturas de las que dependemos para ser. Todo lo que existe es intenso. Un atardecer fucsia y un terremoto que no deja a nadie en pie.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta.jpg" alt="" class="wp-image-2703" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/florvioleta-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>El diccionario dice que intenso es “muy vehementemente vivo”. Y las raíces de la palabra que se trata de algo “que te tiende hacia adentro afectando fuertemente los sentidos”. Ser intensa es expresarse y sentir y dejarse sentir y estar viva. Vehementemente o sea: de manera impetuosa, decidida, ardiente. ¿Cómo pudimos hacer de eso algo peyorativo? Bueno: porque expresarse y sentir y dejarse sentir y estar viva apasionadamente no es tan productivo como todo lo que pasa si eso tiene el mínimo lugar posible. Además si anduviéramos sintiendo tanto nos implicaríamos de un modo que haría imposible el avance de la destrucción organizada. Si fuéramos de pronto un montón involucrándonos la cosa cambiaría y eso no es lo que busca un sistema que nos necesita distraídos.</p>



<p>El otro día Ailton Krenak (ese hombre intenso, con una vida intensa repleta de historias así: vibrantes, salvajes, tristes y alegres, profundamente sensible, que capaz nombre una y otra vez cada vez que escriba por acá) dijo que el mejor modo de ir contra el fin del mundo es dejándose afectar por la vida. Así lo dijo: “No hay que luchar. Imaginate que sos un pez y que ese pez ve que la corriente va para un lado diferente al que debería ir. El pez busca cambiar la corriente y no puede: se agota. Porque solo es un pez. No puede. Contra el mar no puede. No va a poder. ¿Qué debería hacer un pez? Un pez debe hacer lo que hace: estar en el mar y nadar. Puede probar nadar lo más lejos posible de esa corriente. Pero no puede cambiarla. Puede seguir siendo plenamente un pez. Si me preguntan: ¿qué se puede hacer para cambiar las cosas? les diría dejarse afectar profundamente por la vida. Ser plenamente eso: una persona afectada por la vida”.<br>“Ser semilla” -eso que me había dicho a mi cuando lo entrevisté hace unos meses- es exactamente eso: dejarse afectar por la vida.</p>



<p>Si nos reconciliamos con la sensibilidad y con la intensidad de la Tierra y nos dejamos afectar por la vida podemos empezar a hacer espacio al evento mismo de existir en este cosmos infinito en el que existimos como una don que nos sobrepasa, conmueve y desespera, como este poema de Jarod K. Anderson:<br>“El universo es una explosión continua.<br>Ahí es donde vives.<br>En una explosión.<br>No sabemos en absoluto lo que es vivir.<br>A veces los átomos sólo se embrujan.<br>Así somos nosotros.<br>Cuando una explosión explota lo suficiente, el polvo se despierta y piensa en sí mismo.<br>Y escribe sobre ello”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="451" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia.jpg" alt="" class="wp-image-2704" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/galaxia-200x300.jpg 200w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Los griegos tenían una Diosa de la intensidad, o del frenesí. Empezó siendo una princesa cuyo nombre era Sémele. Una mujer joven y hermosa que tenía un solo anhelo en la vida: quería llegar al corazón del todo. Para eso se convirtió en una adoradora del altar de Zeus. Su vida era llevar ofrendas, cantar, bailar, rogar, entre vahos de mirra, incienso, vino, miel, leche y sangre, para sentir por un instante eso: la magia de la vida. Durante muchos años estuvo así: yendo de mañana al altar, volviendo a su casa deshecha y en transe de madrugada. Hasta que finalmente un día bañándose en el río después de un sacrificio logró que toda la naturaleza la mirara y con ella logró convocar la atención del Dios. Zeus se presentó en su habitación y ya no pudo negarse: convirtió en realidad su deseo. Le dio toda la luz y todo el misterio y todo el dolor en un instante. Comprimió el tiempo y el espacio y convirtió la energía en un rayo de luz que se descargó sobre su cuerpo y la desintegró. El cuerpo de Sémele quedó hecho cenizas y de las cenizas salió un fruto. Zeus se acercó y entendió enseguida que ese fruto era su hijo y que, sin el cuerpo de su madre para hacerlo, él debía gestarlo. Un tiempo después nació Dionisio. El Dios del rapto, del éxtasis, del transe fue criado por las ninfas de la lluvia entre tigres. Se hizo mayor y un día escuchó el llamado de su madre. Y comandado por esa fuerza que era su corazón encendido bajó a ultratumba y la rescató. Sémele salió del reino de Hades convertida en Tíone: de princesa a deidad.</p>



<p>La intensidad que es estar vivas en un mundo vivo a veces pide una entrega radical que nos saca de donde estamos para convertirnos en otra cosa. En una versión distinta, más interesante de nosotras mismas.</p>



<p>Soy fan de los mitos griegos desde esa misma edad en la que algo buscaba cambiar para aferrárseme definitivamente. Había un libro en la mesa de vidrio de mi casa con ilustraciones muy precisas de lo que ahí se narraba. Helio conduciendo sus caballos de sol que un día fueron robados por su hijo para terminar incendiando la tierra. La Medusa, con ojos de espanto, que se había convertido en ese monstruo que petrificaba a la gente después de haber sido violada. Prometeo que amaba tanto a los humanos que robó el fuego a los dioses para dárselo a ellos, y desde entonces quedó condenado a estar atado a una montaña a la que todos los días volaba un buitre a comer sus órganos que por las noches volvían a crecer para ser devorados otra vez, y así por toda la eternidad. No sé quien lo llevó a mi casa pero el libro estaba entre los de arte que decoraban la mesa ratona. Hay quien puede pensar que no son historias para niños. Para mi hubo algo inmensamente reparador en tenerlas. Cada una era un derroche de intensidad que mostraba que la vida no era eso que se me exigía ser para estar a la altura de la normalidad del mundo.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo.jpg" alt="" class="wp-image-2706" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/manohongo-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Para quien logra hacerlo, sustraer la atención, negar la sensibilidad y la intensidad que es existir en un mundo que se extingue y sangra sin dejar de brindar toda su máxima hermosura en cada manifestación de vida, no es inocuo. Quien lo hace termina inevitablemente a entregando esa fuerza a otra cosa: a algo que la entibie, la adormezca, o la deje a merced de lo que la fuerza que extingue y daña necesita. Hay tanta pulsión deseante que termina subsumida al consumo de cosas o a su producción. Toda una potencia reducida a la creatividad consumista que sostiene a esta civilización de la que somos parte, la que con tanta violencia revestida de glitter se está comiendo los bosques, los mares, las montañas. Para qué: capaz que en un loop infernal solo para eso: sentir lo menos posible.</p>



<p>La psiquiatra brasileña Suely Rolnik lo dice así: “Cada vida que no se pone a la altura de lo que sucede perjudica a la vida en toda su trama relacional: el veneno que se produce se propaga como una peste por sus flujos y los intoxica, estancando su proceso continuo de manifestación. Estos son los efectos de una vida sujetada al poder perverso del inconsciente colonial capitalista. Una vida genérica, una vida mínima, una vida estéril, una mísera vida”.<br>¿Cómo despertar la sensibilidad? ¿Cómo reconciliarnos con la intensidad que hace falta para atravesar esta época con valentía y corazón? Hay un saber de lo vivo, dice Rolnik: y se aloja en el cuerpo. Ese saber tiene la textura del deseo que hay que recuperar para volver a ponernos al servicio de la potencia de creación (no de “creatividad” de creación) que compartimos con el resto de las criaturas, también las piedras y los hongos y los peces y las arañas y las almejas.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas.jpg" alt="" class="wp-image-2705" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/06/hojas-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p></p>



<p>Las almejas ya no están en esa playa de Pinamar porque parece que un tiempo después de que yo las conociera hubo alguien que firmó un permiso para que las pescaran a todas todas. Sin embargo cada vez que vuelvo a por ahí de algún modo las veo: son espíritus color niebla que aparecen cuando las olas acarician la orilla y me recuerdan la mañana donde las vi brillantes y hermosas hundiéndose en la arena, y también la mañana siguiente cuando estaban indefensas y golpeadas muriendo al sol. Y las nombro y les agradezco porque ahora además con todo eso que me hicieron sentir puedo contar su historia.</p>



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<p>En este texto aparecen Ailton Krenak a quien pueden leer en español desde La vida no es útil (Eterna Cadencia) y también con Ideas para postergar el fin del mundo (Prometeo). También hay un poema de Jarod K. Anderson: a él lo encuentran como CryptoNaturalist en Instagram y en Spotify donde tiene un podcast con el mismo nombre. El mito de Sémele tiene muchas versiones: en la mayoría de las que leemos hoy la historia aparece teñida por los celos de Hera, la esposa oficial de Zeus. Como ocurre con muchos mitos y sus versiones que llegaron a la contemporaneidad están construidas cercenando partes y agregando otras, para subrayar cuestiones que la sociedad debía aprender. Así por ejemplo la versión que tenemos hoy de Dionisio es la de un dios peludo, feo y algo sórdido, cuando pasó muchísimos años más interesantes siendo un bellísimo dios vegetal adorado principalmente por mujeres en éxtasis. Cuestión que la versión de Sémele que traje acá la tomé de Joshua Michael Schrei que tiene un podcast que se llama The Emerald y dos veces al mes unos grupos de estudio maravillosos de los que se puede participar a través de su espacio en Patreon. Por último traje acá a Suely Rolnik y a sus libros Esferas de la insurrección (Tinta Limón) y Antropofagia zombi (Hekht).</p>



<p>Esta es la cuarta carta que escribo desde que empecé este proyecto y me encantaría saber qué te provoca leerlas. La invitación de esta página es a encontrarnos de una manera más fluida y directa. Y, si bien no logré armar hasta ahora tantos eventos para vernos como me gustaría, escribirnos es una manera de acercarnos.</p>



<p>También quiero contarte que si estás leyendo esto antes del 10 de junio quiero contarte que todavía quedan algunos lugares para este encuentro del amor que se llama La Vida Despierta. Es online por streaming y dura tres horas con recreo en el medio. La invitación es a explorar ideas y prácticas para intentar responder estas preguntas ¿Cómo podemos protagonizar las historias de cuidado, reciprocidad e interdependencia que hacen falta? ¿Cómo liberamos nuestro imaginario para que aparezcan las formas de reparación que hoy no vemos ¿Podemos salir de la narrativa de la catástrofe y el sálvese quién pueda? ¿Es posible volver a soñar con los ríos, abrazar a los árboles, escuchar lo que las montañas tienen para decir? ¿Podemos reencontrarnos en vínculos recíprocos con la Tierra toda?</p>
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		<title>El mundo animado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Jun 2023 13:41:12 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Quiénes son tus aliados en el inframundo? Para que puedas confiar y atravesar con ojos abiertos lo que está pasando, ¿aparecen? Para tocar con el arrojo que hace falta el abismo -el propio y el de alrededor (o este abismo: que exista tal separación)- y apoyarte en la inteligencia de la tierra y en su resistencia, ¿te acompañan? Cuando el corazón se te acelera, el aire se te atolla adentro y quedás tomada por una ansiedad que no entendés cómo te entra, ¿se quedan a tu lado?<br />
Cuando digo aliados me refiero a aquellos otros con los que te encontrás y sabés que no estás sola. Que te das la mano, te abrazas, te volvés más fuerte mientras caminás con toda tu fragilidad a cuestas por esos bordes afilados e insondables de un mundo que llora, que grita, que sangra.<br />
Esos aliados pueden ser amigos, pueden ser tus hijos, una pareja, o un extraño al que agradeces por esa canción o por esa escena o por esa frase que dispara la magia: si estamos con otros en la misma se disuelve un poco el miedo.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>¿Quiénes son tus aliados en el inframundo? Para que puedas confiar y atravesar con ojos abiertos lo que está pasando, ¿aparecen? Para tocar con el arrojo que hace falta el abismo -el propio y el de alrededor (o este abismo: que exista tal separación)- y apoyarte en la inteligencia de la tierra y en su resistencia, ¿te acompañan? Cuando el corazón se te acelera, el aire se te atolla adentro y quedás tomada por una ansiedad que no entendés cómo te entra, ¿se quedan a tu lado?<br>Cuando digo aliados me refiero a aquellos otros con los que te encontrás y sabés que no estás sola. Que te das la mano, te abrazas, te volvés más fuerte mientras caminás con toda tu fragilidad a cuestas por esos bordes afilados e insondables de un mundo que llora, que grita, que sangra.<br>Esos aliados pueden ser amigos, pueden ser tus hijos, una pareja, o un extraño al que agradeces por esa canción o por esa escena o por esa frase que dispara la magia: si estamos con otros en la misma se disuelve un poco el miedo.<br>A veces entonces son humanos, o cosas creadas por humanos. Pero en este planeta enorme y diverso que habitamos puede ser un gato, los perros, o ese jilguero que debería estar volando entre los bosques y sin embargo se posó en tu ventana en medio la ciudad y con convicción, con toda esa fe de vida, canta.<br>Los aliados proponen encuentros para los que hay que estar disponible. Son criaturas que te muestran salidas posibles, te dan ideas nuevas, te enseñan a su manera. Otredades a las que hay que dejar entrar o a las que se puede acudir. Pueden ser las nubes, las hojas del otoño, las moscas de la fruta que invadieron la cocina, una piedra que no podés no levantar y llevar en el bolsillo, la planta que creció en el pedacito de tierra que se cuela por la grieta del asfalto.<br>Mis aliados para entrar al inframundo y atravesarlo con los ojos abiertos y el corazón encendido son desde hace un tiempo sobre todo las semillas de diente de león. ¿Las viste alguna vez? Parecen estrellas hechas de plumas, de seda, de rocío, de sol. No hay lugar en que no aparezcan así, brillando decididas por el aire como una mezcla hermosa, entre fantasmas y ángeles.</p>



<p>Las semillas de diente de león tienen un espíritu determinado pero secreto que las ayuda a seguir su destino. Las ves desplegándose en un campo abierto, en la montaña, en la playa, o -las que más veo por obvias razones- entre los colectivos y edificios y el humo de esta ciudad que no las marea ni las tizna. Parecen dispersas, a merced de fuerzas intensas que no podrían controlar: el viento, la lluvia, la falta de tierra de este todo asfaltado. Y sin embargo lo logran: llegan, fértiles, a donde quieren, y despliegan su abundancia ahí, en el lugar más inesperado. En canteros, en una rejilla que acumuló barro, entre escombros. Los dientes de león siempre logran hacerse el espacio, hallar el resquicio, la pizca que necesitan para vivir.<br>El diente de león es, además, la planta de los deseos. Sucede en todos lados: cuando crece, después de dar esa flor amarillo mediodía y esas hojas que son alimento y medicina, el pompón mullido repleto de semillas convoca a la gente a soplarlo. Y las personas humanas lo hacemos, y a cambio le pedimos algo -que el libro salga, que nos miremos, que Sarah se cure- y entonces las semillas se desprenden del tallo y empiezan su diáspora unida a la nuestra susurrada.<br>En el viaje, el fruto se mantiene igual pero el resto de la semilla, la parte emplumada (el vilano, así se llama) se transforma, adoptando estructuras que hasta ayer nomás se creían lo de siempre, erráticas y azarosas. Sin embargo ahora se sabe (científicamente se sabe) que el diente de león tiene la inteligencia de tomar agua del aire para desplegar sus alas y adaptarse al viento, la temperatura, la humedad que lo rodea, y ensancharse y volar y luego cerrarse y caer cuando encuentra el lugar propicio, o no: o quedarse donde está y cerrarse y no volar a ninguna parte hasta que vengan tiempos mejores.<br>Esas semillas que también podrían ser de hielo, de cristal, de agua, son la resistencia misteriosa, suave, tenaz y lúdica de una sola planta que llega hasta los confines más insólitos de este planeta increíble. Mientras en su viaje, cada una, rellena el espacio vacío y polvoriento, camuflada en sí mismas, invisible hasta que la ves y entonces -o a mi me pasa- se transforma en un vínculo, en una aliada, en ese súperpoder que da sabernos juntas compartiendo esta época. Los dientes de león son la prueba de que la vida está, es, más allá de todo.<br></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego.jpg" alt="" class="wp-image-2681" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>El primer encuentro con ellos fue así: caminando de mi casa a la casa de mi novio. Es uno de los caminos más inspiradores que tengo. Treinta cuadras en línea recta en donde me cruzo con fresnos, plátanos, tilos, y pájaros. El ruido de la calle va agotando las cuadras a medida que avanzo y suelo escuchar música o algún podcast para taparlo. Y siempre pero siempre escribo mientras todo eso.<br>Pero ese día era uno de derrota. La calle estaba llena del humo de los crematorios en los que el agronegocio convirtió a los humedales del Delta del Paraná. El calor de diciembre pegoteaba la ropa y parecía que nunca iba a terminar el verano. Mis abuelos se están muriendo. Su casa con sus frutales viejos y su pasto lleno de abrojos que esconde mi infancia entera, ¿va a ser ocupada por qué? Que los lugares dejen de existir, sin poder hacer eso que hacen, trascender la vida pequeña de los humanos, recibirnos en nuestra vida de adultos o en nuestra vida de muertos, es desesperante. Pero no hay nada que pueda hacer aunque querría hacerlo todo. Ni por los humedales, ni por esta ciudad infierno, ni mucho menos por esa casa alquilada hace 37 años en la que aprendí dónde viven las ranas, cuánto pica cuando pica un abejorro y hasta donde puedo subirme a un ciruelo sin que se le partan las ramas.<br>Iba caminando por esa calle y algo pedí, transformé esa angustia en una especie de invocación pagana y lo que sea que propuse sucedió: la calle que suele estar bastante ocupada, por un rato se vació completamente y entonces aparecieron ellas. Eran las suficientes como para verlas y saber que sí: estaban ahí, iluminadas en la bruma, blancas como algodón, guiadas por una música inaudible.<br>Fue solo eso: mirarlas volar sin un lugar seguro pero sabiendo que ese lugar llegaría, que lo alcanzarían, que ese lugar las espera. Su existencia apareció dando existencia y entidad a ese instante, a lo impermanente, a lo inmanente, a una convicción salvaje que late en medio del caos.<br>Después quise conocerlas y así llegué a algunas de las cosas que conté antes: esas que terminaron de forjar esta relación de reciprocidad, confianza y entrega.<br>Ni idea cómo y tal vez no vea mucho más que la destrucción de aquello que amo pero la vida, con sus extinciones y colapsos, va a ser, porque siempre está siendo.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna.jpg" alt="" class="wp-image-2682" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>“La vida en todas sus formas es ambigua y así continuará. Por eso es necesario conocer el mundo, interrogar a otras especies, conocer cuáles son las mejores alianzas con ellas. Referirse a los otros animales y a las plantas nunca es referirse a mundos sin historia, sin cultura y sin tecnología. Se trata de entrar en esas relaciones con una infinidad de mediaciones, igual que como entramos en relaciones con otros humanos. Al contrario de lo que creemos, el problema no es la ausencia de palabras de las otras especies sino nuestra incapacidad de percibirlas”, escribe el filósofo italiano Emanuele Coccia en O Espírito da floresta (El espíritu de la selva): el libro en el que vuelven a hablar el antropólogo Bruce Albert y el indígena y chamán yanomami Davi Kopenawa.<br>Aprender a escuchar ese idioma, el de los otros, compañeros contra el fin del mundo, requiere silenciar las voces que nos dicen que alrededor nadie que no sea esto que somos habla ni siente ni piensa. Que estás rodeada de qué, nunca de quiénes.<br>Y para eso, para develar al mundo de su desencanto, de su inercia, y habilitar esos encuentros, tal vez te sirva como a mí encontrar conceptos que den forma a las intuiciones, a los pálpitos.<br>Yo me aferro al animismo: esta forma de entenderme en una vida con otros, con sus intereses y necesidades y tiempos y formas y enseñanzas y deseo y derecho a florecer. Otros que son el agua, las piedras, los árboles, las babosas, los humanos, las palomas, el musgo y los dientes de león; personas con las que, en simetría y mixtura, somos átomos y compartimos genes y una historia de estallidos y recreación y supervivencia que hoy es todo lo que vemos, tocamos, probamos, sentimos, tan vivo que no se puede creer.<br>El animismo entiende que es solo en relación con esos otros que accedemos y amplificamos nuestro lugar en el mundo y damos continuidad a la vida. En ese sentido hace absurda la supremacía y la dueñidad y propone un vínculo de paz, de respiraciones sincronizadas que se afectan, se modifican, se metamorfosean, se comen y renacen. Para ser animista hace falta reencontrarse con los ojos de la niñez, con esa curiosidad, esas ganas de detenerse ante todos a saludar: a las hormigas, al mar, a las plantas que viven en tu casa.<br>Hacerlo y sostenerlo.<br>Escribe David Abram en Devenir animal: “Tan pronto como les concedemos a los otros su propia apertura y otredad enigmática, nuestros cuerpos que sienten se ven abordados, confrontados, masajeados y atrapados por las huestes de carismáticos poderes que compiten entre sí por nuestra atención. De pronto nos vemos rodeados por una multitud de seres seductores, algunos tímidos y otros desvergonzados. Cada uno incita la imaginación de nuestros ojos o la curiosidad de nuestros oídos y así persuaden a nuestros sentidos a participar de una nueva cordialidad con la tierra cercana. (…) Al insinuar que cada montaña, cada nube, cada lobo, o roble o panal de abejas es una variante distante de nuestro propio pulso y textura y, a la inversa, que nuestro organismo sentiente es en sí mismo una variante de esas cosas -una intensificación o fluctuación de la carne sensible del mundo- ese modo de hablar vuelve a situar al intelecto humano dentro del cosmos sensorial. Subvierte el largo aislamiento del ser pensante con respecto al mundo de la percepción sobre el cual reflexiona, y sugiere que nosotros y el entorno sensorial estamos hechos de la misma trama, que estamos, en efecto, entrelazados de manera palpable con todo lo que vemos, oímos y tocamos: que somos por completo una parte de la biosfera viva”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="320" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela.jpg" alt="" class="wp-image-2679" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela-281x300.jpg 281w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>No se nombrarían así a sí mismos pero todos los pueblos indígenas son animistas (de hecho, salvo nuestra cultura desértica de ánimas, todas lo son a su manera). Y sin dudas es compartiendo tiempo con algunos de ellos, cuando tengo esa fortuna, que voy desplegando esa percepción que aún me cuesta sostener cuando cierro la puerta de mi casa y me quedo aislada entre sus paredes.<br>A comienzos de este año fui con mi hija a un encuentro de fitomedicina indígena en una Aldea Tupí Guaraní llamada Tapirema. Queda en Brasil, en Peruíbe, el litoral sur de San Pablo, a tres horas de la ciudad. La vivencia implicaba varios días de dormir en carpa, y escuchar esa cultura que hacen los territorios y los pueblos (ese “poliglotismo humanimal”, diría Coccia) entre recorridas por la selva, comidas compartidas, y fuego. Los Tupí Guaraní entienden que la naturaleza y su fuerza creadora son lo mismo: Ñanderú, el gran espíritu que todo lo ve, todo lo sabe, y todo lo habita porque todo es. Ñanderú es invocado entre las llamas y la música, por eso cada día empieza y termina así: con un fuego encendido y una ronda en la que agradecer, compartir, pedir y entregar aquello con lo que no sabés qué hacer porque tal vez no hay nada que puedas ni debas hacer más que ofrecerlo a esa persona que es el fuego para que lo devore, lo sublime, lo disperse.<br>El ritual es intenso pero sencillo: cantan unas canciones muy dulces y emocionantes mientras pasan sus manos por sus brazos, sus piernas, su espalda, su cara, entregando en ese gesto todo a ese gran espíritu y a los espíritus que ahí se manifiestan: sus ancestros muertos que nunca los abandonan, los rayos que golpean la arena fina y firme de la playa, las plantas sagradas de la selva abundante que crece alrededor, las cientos de plantas con las que curan cada una de sus dolencias, y los pájaros y monos y felinos que los rondan y que cazan y comen y visten y adoran.<br>Todos participan: bebés, niños, adolescentes, abuelos, pero las mujeres más viejas son las que recorren la ronda con unas pipas largas llamadas cachimbo, rellenas de tabaco y otras plantas y con las que sahúman a aquel que lo necesita.<br>Fue una de ellas la que anheló llegar a esta tierra que hoy habitan unas 12 familias: Catalina. Una mujer bajita y arrugada de ojos chispeantes y severos que vivía con sus parientes en un lugar urbano, cercada por un sistema que ignora y empobrece a los pueblos indígenas, y también por una forma de evangelismo que quema sus casas de rezos y les impide desarrollar sus prácticas. Catalina lo anheló a pesar de que, visto de afuera, hubiera parecido absurdo desde hace 500 años: si los quitaron de ahí, los quisieron exterminar, los dieron por extintos, y todos los gobiernos los persiguen hacia los márgenes más lejanos posibles. Sin embargo, la confianza en un movimiento impredecible como una llama que sale inmensa de entre las cenizas no los abandonó jamás.<br>“Ñanderú siempre está pero tiene sus tiempos”, dijo una noche Catalina mientras contaba cómo había sido el sueño con esta tierra, su tierra ancestral, o cómo se dejó soñar por ella guiándose hasta acá.<br>Fue hace pocos años: lo que hoy es un vergel entonces estaba destrozado por una forma de megaminería que nunca me hubiera imaginado era tan voraz: la de comer arena y hacer vidrio. La compañía explotó el lugar hasta sus últimas posibilidades. Cuando Catalina lo soñó, los empresarios recién lo habían abandonado para hacer negocios en otro lado. “Hasta las máquinas dejaron”.<br>Con un plan concreto de ocupación y recuperación los indígenas pidieron la homologación de las tierras (el paso necesario para obtener la demarcación que en ese país les devuelve la titularidad definitiva). Y la selva hizo lo que hace cuando la dejan: resurgió. Con una fuerza lo hizo que el terreno cambió radicalmente. Del medio del lugar, donde las máquinas habían perforado hasta los huesos surgió agua y con ella una laguna cristalina que ahora está repleta de nenúfares y peces.<br>Una de las expresiones más contundentes de la inteligencia de la Tierra: ver manar de una perforación minera una laguna poderosa y colectiva como es toda acción territorial. Un acontecimiento que involucra a los vientos, al sol, al suelo, al tiempo, a los espíritus, a las historias, a los cantos, a las plantas, a los humanos y a los otros animales. La respuesta de un lugar; un lugar por el que pidieron confiando que llegaría, un lugar que hoy protegen y agraden confiándolo al mismo espíritu de ese fuego y a las almas que lo habitan.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa.jpg" alt="" class="wp-image-2683" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Por supuesto que lo difícil después es sostener la mirada despierta.<br>Nuestra carrera más feroz es contra el olvido.<br>Los rituales, las prácticas, y algunos lugares sirven para eso mismo: recordarnos.<br>Si el altar es una estructura consagrada a un culto, en mi casa hay uno para el animismo. La mesa del living: un cuadrado pesadísimo de pinotea recuperada de las vías del tren, que compré en una casa de muebles usados cuando me vine a vivir acá. Un espacio grande, de apoyo, que estuvo vacío durante un año entero hasta que mi hija empezó a ocuparlo llevando ahí sus tesoros: seres del mundo con los que se encuentra y con los que luego mantiene vínculos. Piedras de la plaza, piedras de la selva, piedras del mar. Semillas. Hojas del fresno de enfrente de casa. Plumas de paloma, de hornero, de pavo. Ramas. Animales tallados en madera que trajimos de distintas comunidades indígenas: un jaguar y una tortuga de Paraguay, un oso hormiguero de Chaco, un tucán y una víbora de misiones, una llama de Jujuy, un armadillo de México. Una corteza de árbol. Alrededor hay plantas: un palo de agua, una yuca, un culandrillo. Y desde que nos encontramos, o desde que me convocaron, siempre, pero siempre, en algún momento aparece una semilla de diente de león. Frágiles y fuertes, seguras en su aventura, audaces y enigmáticas. Vienen de a una. Pasean como una brisa. Recorren la mesa altar. Se quedan a mi lado. Y luego simplemente se van por la ventana. Lo hacen sobre todo cuando estoy ansiosa o desesperanzada. Y entonces para mí son una respuesta. Que no significa una solución; hay cosas que no la tienen, ya lo dije aunque ni falta hace. Pero las veo y creo en ellas, creo en algo que no sé ni entiendo pero me maravilla, creo en esas invitaciones con sus múltiples posibilidades, muchas aún sin palabras, que aparecen cuando empezamos a ver.<br><br>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>



<p>Este texto surge de una búsqueda imperfecta y muy íntima que llevo hace mucho tiempo. Por supuesto también está guiada por lecturas como estos dos que nombro:<br><br>Devenir Animal de David Abram (editorial Sigilo) y O espirito da floresta de Bruce Albert y Davi Kopenawa (Companhia Das Letras).<br><br>Pero por sobre todo está conducida por caminatas, observaciones, decisiones, y encuentros como el que tuve en la Aldea Tapirema. Si te da curiosidad los encontras en instagram en @aldeiatapirema. Podés escribirles para saber de próximas experiencias abiertas a la comunidad.<br><br>Si estos temas te convocan, y te gustaría explorarlos más profundamente te invito a que seas parte de La Vida Despierta, el encuentro online en el que desplegamos ideas y prácticas para una reconexión profunda, radical y sensible con el mundo vivo. Tres horas para aventurarnos en tres ejes: una deconstrucción de nuestra relación con la naturaleza, una introducción a otras ideas, historias y autores maravillosos, y finalmente una guía con diez prácticas de reconexión para una resistencia sensible y activa.<br><br>La próxima cita es el sábado 10 de junio de 15 a 18 hs hora Argentina.<br>Los cupos son limitados para que pueda haber participación.<br>Si querés más información o inscribirte por favor escribí a&nbsp;<a href="mailto:solebarruticursos@gmail.com">solebarruticursos@gmail.com</a><br><br>Te espero con mucho amor.<br><br>Gracias</p>
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		<title>El río que somos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 May 2023 17:54:35 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Mi madre vivía como yo en medio de la Ciudad de Buenos Aires. Pero sus padres, mis abuelos, cuando hacía calor la llevaban al río. Iban a la costa de Vicente Lopez, apenas cruzando a la provincia. Llevaban un pic nic, unas sillas, las toallas, se metían al agua a jugar, todos lo hacían. De esa época hay algunas fotos como la que está colgada en el portarretratos del pasillo oscuro del departamento de mi abuela: mi mamá y ella están en blanco y negro, sonrientes sobre una lona apoyada en el césped mirando hacia el agua limpia. Eran los años 60 y mi mamá tenía los mismos casi cinco años que mi hija tiene ahora cuando mira al río con sus ojos que son del mismo color que ese animal de agua: verdes, plateados, amarillos, un color todo revuelto y unas ganas que la rebalsan hasta la furia porque hace un calor del infierno pero ya sabe que no, que a este río nunca.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p>Mi madre vivía como yo en medio de la Ciudad de Buenos Aires. Pero sus padres, mis abuelos, cuando hacía calor la llevaban al río. Iban a la costa de Vicente Lopez, apenas cruzando a la provincia. Llevaban un pic nic, unas sillas, las toallas, se metían al agua a jugar, todos lo hacían. De esa época hay algunas fotos como la que está colgada en el portarretratos del pasillo oscuro del departamento de mi abuela: mi mamá y ella están en blanco y negro, sonrientes sobre una lona apoyada en el césped mirando hacia el agua limpia. Eran los años 60 y mi mamá tenía los mismos casi cinco años que mi hija tiene ahora cuando mira al río con sus ojos que son del mismo color que ese animal de agua: verdes, plateados, amarillos, un color todo revuelto y unas ganas que la rebalsan hasta la furia porque hace un calor del infierno pero ya sabe que no, que a este río nunca.<br>-¿Ni el pie?<br>-Ni el pie, si ni sabemos qué hay adentro, le respondo con esa mezcla de frustración y tristeza porque andar teniendo que enseñarle eso a una niña es desolador.<br>Es una conversación que tenemos siempre: los desconectados pudrieron el río.<br>-¿Todo?<br>-No, todo no pero esta parte sí. Por eso no podemos.<br>-¿Y alguna vez vamos a poder?<br>-Ojalá, le respondo y seguimos haciendo lo que hacemos en el río: mirarlo de cerca mientras jugamos a la sombra.<br>Aunque no nos podamos meter necesito ir ahí cada tanto. Mi hija también, me lo pide. Esa criatura salvaje hace al aire que respiramos, a los pájaros que vemos, a los árboles que se vuelven inmensos cuando los dejan crecer, a esa humedad que lo rellena todo.<br>A quienes vivimos en esta ciudad el río se nos pega en la piel todos los días lo queramos o no.</p>



<p>Yo crecí alejada del río. “Río de la caca” me dijo alguien alguna vez que se llamaba. No Río de la Plata que ya es lo suficientemente ofensivo porque su nombre sostiene su destino impuesto de paso, de tráfico, de saqueo; río de la caca. Era un chiste para una niña que así podía aprender más fácil a estarse lejos. Pero también era un modo rotundo de enseñar a verlo: con desprecio.<br>Al Río, que se le puede ganar tierra para alejarlo pero no se lo puede intubar y tapizar de asfalto como a los arroyos, en esta ciudad se le da la espalda y se aprende a ignorarlo, a no tener idea de cómo amaneció, ni cómo es, ni cuánto crece con la luna llena, ni qué cantos se le cantan, ni qué lo lastima, ni cómo se podría sanar.<br>Yo a la edad de mi hija no me metí a ese río ni lo visité tampoco: para cuando hacía calor mi mamá tenía una pelopincho que acomodaba en el balcón. Aislamiento individual contra una calamidad colectiva de la que jamás ni me hablaron.</p>



<p>Hace unos días entrevisté al líder indígena brasileño Ailton Krenak y le pregunté por el Río Doce, el sagrado río watú, alrededor del que su pueblo, el pueblo Krenak, construyó la vida y que en 2015, tras un derrame minero, quedó cubierto por 50 millones de toneladas de barro tóxico. Un río en el que ya nadie se puede bañar, ni beber; un río cuyas aguas no se ven ni pueden usarse para nada. Un río que nadie miraría y diría es un río y que sin embargo ellos no abandonaron. “Cuando el agua fue aplastada por el barro de la minería, la experiencia emocional de más de 200 mil personas que viven en la cuenca de ese río fue un tipo de muerte. Una experiencia de casi morir. Algunos, de hecho, murieron. Otros se quedaron traumados para siempre. Para mi pueblo, para los Krenak, para los pueblos ribereños que tienen una relación trascendente con ese río, con la persona que es ese río, con la entidad del río, el río no murió. Soñamos con él. El río entra en el sueño y dice “estoy vivo, estoy aquí, continúo”. El río va a volver. Solo que va a hacerlo a su tiempo y cuando nosotros cambiemos. Mientras, el río viene al sueño de las personas a recordar que no somos solo nosotros los que soñamos con él: el río sueña con nosotros”. me dijo. Y mientras lo escuchaba pensé en muchas cosas, también en mis abuelos, en mis padres, y en tantas personas que en Buenos Aires vieron lo que pasó con este río del que somos: recibieron la orden para darle la espalda.<br>Porque así fue: un día tras una ordenanza jamás debatida ni analizada, en 1975 la costanera de Capital a Provincia amaneció repleta de carteles que decían prohibido el baño. Y, salvo por algunas personas en resistencia que seguirían bañándose en esas aguas, la relación fluida que tantos tenían con el río se cortó. Después, o gracias a eso, sí: al río lo empezaron a pudrir. Sobre sus aguas descargan desde entonces residuos cloacales enormes y también deshechos industriales químicos y escombros y otros descartes de la construcción. Sus aguas demostraron estar cada vez más intoxicadas en todos los estudios que se hicieron.</p>



<p>A lo que le hacemos al río no lo miramos y de lo que pasa con río no hablamos tampoco. A mi nunca nadie me dijo nada sobre ese día que lo prohibieron. Como si no hubiera sido un acontecimiento. “Nos acostumbramos, fuimos a un club”, me dijo mi abuela cuando le pregunté. Pero algo tuvo que haber pasado.<br>En ese darse por vencidos, no darse cuenta, sentir que todo sería lo mismo, algo pasó.</p>



<p>Aunque seamos una civilización construida sobre la idea demencial de que podemos hacernos un mundo aparte, aunque nos hayan educado en el desinterés por todo lo que no sean algo a consumir, aunque no sepamos querer más que a lo humano o lo que se humaniza, si de repente hay un río al que no podés acercarte más y eso hacés, algo te pasa. Algo que retumba en lo hondo de cada uno y en la capa abisal de esta sociedad del desinterés y el conflicto y la violencia y el entretenimiento.</p>



<p>Si cortan el árbol que está frente a tu casa, algo te pasa.<br>Si respirás humo porque están quemando a los humedales, algo te pasa.<br>Si el calor resquebraja la tierra porque la tierra está en llamas, algo te pasa.<br>Si a la tierra le pasa nos pasa porque somos eso: partes de ese cuerpo inmenso, podamos expresarlo, reconocerlo o no.<br>Nuestro cuerpo lo sabe y le pasa.<br>Mucho le pasa.</p>



<p>“Somos en interser”, escribió el poeta zen Thích Nhất Hạnh.</p>



<p>Hace unos días escuché a otra poeta, la norteamericana Sophie Strand hablar de eso mismo. “Mi metáfora preferida para entendernos es la araña en su telaraña. Investigadores en cognición ampliada del MIT han mostrado que el conocimiento de una araña no está en su cerebro o su cuerpo sino que se extiende hacia su telaraña. Si dañas alguna parte de la tela, la araña actúa como si hubiera tenido un accidente cerebrovascular. Los humanos, como muchos otros animales, también somos así: tenemos la cognición ampliada. Solo somos nosotros mismos a través de los demás. Vivimos mediante una constante ingesta de otredades de una manera muy material, metabólica, así sostenemos nuestros cuerpos. Y, como ocurre con la araña, nuestras mentes no están en nuestro cerebro. La mente son los territorios que habitamos con la multiplicidad de seres que los habitan”.</p>



<p>Toda nuestra corporalidad que incluye a nuestra mente, nuestro corazón, lo fuerte y lo sensible, es y solo puede ser en relación a la tierra que hace posible la existencia. Nuestros sistemas: inmune, endócrino, nervioso, todos, se forjaron y evolucionaron entre ríos, noches oscuras, árboles, otros animales. Creer que nos liberamos de eso y que nuestra subjetividad, historia, estado de ánimo se independizó porque así lo asegura nuestra cultura, nos tiene entre entumecidos y desencajados. Sin entender qué nos pasa o por qué hacemos lo que hacemos. Pudiendo, como dijo Frederic Jameson, imaginar el fin del mundo pero nunca el fin del capitalismo. No podemos imaginar ni ver los otros mundos que sobreviven a nuestro mundo de cosas. Nuestra crisis, separados del mundo animado, es sensorial, espiritual y de imaginación.<br>El filósofo David Abram también escribió mucho sobre esto: “¿De verdad creemos que la imaginación humana puede sostenerse sola, sin que la sobresalten otras formas de sentiencia como las secuoyas, orquídeas en flor y los cantos fantasmales de las ballenas jorobadas? ¿Confiamos de veras en que la mente humana pueda mantener su coherencia en un mundo hecho exclusivamente por humanos? (…) Con los sentidos atontados y la atención separada del mundo, creamos en nuestra introspección una caverna silenciosa en la que pudiera tomar forma y nacer una nueva capa de la Tierra. Pero ya ha llegado el momento de dar a luz a ese nuevo estrato. De despertar a nuestros sentidos de su embeleso con las pantallas y de devolver ese poder al terreno más que humano”.</p>



<p>Decía que el otro día fui con mi hija al río. El agua brillaba y había dos garzas blancas caminando graciosas por la orilla. Ella miraba con sus ojos que son del mismo color que ese animal de agua: verdes, plateados, amarillos, un color todo revuelto y unas ganas que la rebalsaban hasta la furia La brisa era suave y como siempre: se está mejor ahí que en cualquier plaza forrada de goma eva y juegos de plástico. Pero el calor que llevábamos como todas, acumulados en el cuerpo, que es el calor de la tierra herida, de los árboles arrancados, de las montañas estalladas, de los cultivos envenenados, del alquitrán asfixiando la tierra a nuestro alrededor, ya se había atorado como angustia. Y ver el río hermoso y sucio y prohibido nos terminó de descorazonar. Volvimos a casa y Domi que pudo llorar también pudo dormir pero yo no. No me había peleado con nadie, no tenía “un problema de trabajo”, era eso otro de lo que no hablamos lo que me pasaba: el mundo hecho trizas que me dolía.<br>Le damos la espalda a ese río y duele. No sabés qué se hace para cambiar este rumbo horrible y duele. Las decisiones políticas son todas a favor de que el desastre avance y te provoca ansiedad a veces. Y falta de ganas otra. Yo miro a mi hija y solo pienso cómo querría que todo fuera diferente, que el mundo en que vive no fuera esta calamidad que provocamos y me desespera. Tal vez te pasa lo mismo y es difícil decirlo, y es difícil sostener hasta el dolor porque no es un problema individual ni un problema que tenga una resolución. Es un problema para estarse, como dice Donna Haraway: para permanecer en el problema. Pero cómo. Tal vez esa sea la peor de las condenas actuales: habernos escindido del mundo para quedar atrapadas en esta soledad donde también olvidamos los ritos colectivos que nos abrazan mientras nos estamos en el problema. Los Krenak sueñan con el río. Le cantan también. Lo lloran. Lloran por y con el río. Se dejan soñar por el río. Y por la selva. Y por las montañas. ¿Lloraste alguna vez por el río, por los humedales ardiendo, por los bosques que están siendo destruidos? ¿Te dejaste llorar por un río?</p>



<p>Tengo una amiga que se llama Mariana Matija con la que lloré por estas cosas, nos mandamos mensajes muy largos a veces y siempre que puede me devuelve prácticas y lecturas que no nos resuelven sino que nos dan más preguntas, de esas que son necesarias porque al menos nos permiten entendernos: saber que lo que te pasa está bien a veces es lo único que hace falta. Hace varios meses Mariana me pasó un libro titulado Ecopsicología Radical. Entonces leí unas páginas y lo dejé pero últimamente no puedo soltarlo. Su autor Andy Fisher es un psicoterapeuuta con esta idea: si no curamos nuestra relación con el mundo vivo, si no devolvemos nuestra mente y todo el resto de nuestra corporalidad a sentir con la tierra y con los truenos y con el fuego y con el río y con los otros animales, y con esas heridas y con sus resistencias, no vamos a poder estar ni cerca de un vida plena, saludable, vivible. La psiquis no puede entenderse aislada del mundo en que vivimos. Así como la naturaleza no puede entenderse como un conglomerado de objetos y procesos objetivos independientes de la subjetividad y la sensibilidad que la constituye, nosotros no podemos entendernos por fuera de esta tierra y lo que le ocurre. El problema de habernos dispuesto como una especie aparte con una especialidad cósmica, destroza nuestra intimidad, nuestra existencia y a la vez nos lleva a destrozar al planeta.<br>Nadie puede darle la espalda al río si antes no se la dio a sí mismo. La crisis ecológica deviene de “una ruptura patológica con la realidad. Por tanto, la vía para salir de nuestra crisis debe implicar, entre otras cosas, una reconciliación psicológica con la tierra viva”, dice Fisher.</p>



<p>Me gusta mucho eso: lo de la relación. La relación con la tierra y todas sus partes, y por ende con nosotras mismas, está dañada pero no deja de ser lo que siempre fue: una relación. Inevitable, necesaria, ancestral y vital.<br>La ecopsicología está hecha de experiencias y también de palabras, de poner en palabras, o de identificar las palabras que faltan. Fisher dice que ahí radica uno de los principales rasgos del problema: las palabras que necesitamos faltan porque la relación con la tierra viva es una relación de imposibilidades, de negaciones, de anhelo. Las palabras que necesitamos evocan lo que no fue y debiera haber sido, lo que necesitamos que sea, lo que añoramos y no podemos pronunciar, lo que nos duele de verdad pero confundimos con otras tantas cosas de un mundo demasiado humano.</p>



<p>Se habla de salvar al mundo, luchar contra el cambio climático, activar contra el colapso. Palabras bélicas para una relación de guerra. Cuando le pregunté a Ailton Krenak qué creía que debíamos hacer me dijo: “Todo lo posible de realizar está ya contenido en cada uno de nosotros, nosotros somos la semilla de ese cambio. No hace falta tener nada en la mente, ni hacer nada más. Basta ser semilla. Porque si no, nos vamos a atribuir una tarea más, de pensar, de organizar: no es necesario. Ser semilla. Si nos disponemos a ser semillas, la vida va a seguir”.<br><br>Ser semillas puede querer decir muchas cosas, también tomar de la mano a mi hija pequeña y llegar cerca del río, con toda esa incomodidad, y dejar que al cuerpo le provoque cosas nuevas. Caer a la tierra con la confianza de que ahí va a estar lo que necesitamos para entendernos y florecer, la nutrición y las respuestas que hoy nos faltan, la sanación y el cobijo, hasta que emerjan los caminos que hay que tomar, el cómo tomarlos y la fuerza para hacerlo.<br>En la tierra, junto a sus ríos y árboles y mariposas y hormigas y nubes, podemos encontrar el cuidado que necesitamos para restablecer con el mundo vivo (que incluye a todos los humanos) las relaciones que añoramos: simétricas, recíprocas, diversas.<br>En la tierra, junto al río a donde voy con mi hija cada vez que puedo, incluso si todavía no nos podemos bañar, podemos hacerle el tiempo para que lo que sea que está ocurriéndonos empiece a tomar forma, y recuperemos los sueños y las palabras. En la tierra, junto a ese río con el sonido originario, el que la tierra hablaba cuando nada más hablaba por acá, el del agua que somos, podemos hacer que corra otra información, urgente y clara como las olas.<br>La tierra y su río, o sus montañas, o sus plantas, o sus abejas, o sus murciélagos, que está tan lastimada como vos y como yo. Que es tan poderosa, inteligente, creativa, como también somos. Que nos espera para reencontrarnos.</p>



<p><strong>Para leer más:</strong><br>El libro que me llevó a entender que vivimos en un mundo encantado que solo espera que lo volvamos a mirar fue Devenir Animal de David Abram (editorial Sigilo). Luego leí La magia de los sentidos (editorial Kairós) y qué decirte: en esta carrera contra el olvido que siento que corremos a veces, desde entonces no hay semana que no vuelva a sus páginas. A mi amiga Mariana Matija la podes encontrar en marianamatija.com: lo que hace es hermoso.<br>El libro de Andy Fisher, Radical Ecopsycology no está en español pero si lees en inglés es muy recomendable.<br>Sophie Strand escribió uno de mis libros preferidos de este año, The Flowering Wand. Y tiene un artículo en español traducido por la revista Wimblu que encontrás googleando ¿Qué es el inframundo?</p>
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		<title>La vida despierta</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 10 Apr 2023 00:29:34 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>2022 fue el año en que me di cuenta de que estaba exhausta. Fue un despertar doloroso pero a la vez amable. Lloré ovillada sobre mí misma hasta quedarme profundamente dormida cuando por fin lo entendí y me lo dije. No podría contar en este espacio los motivos concretos de ese agotamiento porque es toda una vida la que llevo pidiéndome emocional y físicamente cada día un poco más. Pero lo podés entender porque, con nuestras diferencias, seguramente te haya pasado a vos también: ir corriendo los propios límites porque nunca es suficiente siempre hay que hacer un poco más. Así, aunque en la pantonera de los privilegios probablemente ambas estemos en un color pastel a comparación de tantas muchísimas personas que no tienen garantizado ni un lugar ni un rato ni un plato de comida, a todas el sistema nos marca desde que nacemos con una consigna impiadosa: hay que ganarse la vida, y la vida es cara.</p>
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<p>2022 fue el año en que me di cuenta de que estaba exhausta. Fue un despertar doloroso pero a la vez amable. Lloré ovillada sobre mí misma hasta quedarme profundamente dormida cuando por fin lo entendí y me lo dije. No podría contar en este espacio los motivos concretos de ese agotamiento porque es toda una vida la que llevo pidiéndome emocional y físicamente cada día un poco más. Pero lo podés entender porque, con nuestras diferencias, seguramente te haya pasado a vos también: ir corriendo los propios límites porque nunca es suficiente siempre hay que hacer un poco más. Así, aunque en la pantonera de los privilegios probablemente ambas estemos en un color pastel a comparación de tantas muchísimas personas que no tienen garantizado ni un lugar ni un rato ni un plato de comida, a todas el sistema nos marca desde que nacemos con una consigna impiadosa: hay que ganarse la vida, y la vida es cara.<br>El agotamiento puede llegar en la guardería, en el jardín de infantes o en primer grado cuando sos una niña que va de acá para allá, quedándose en lugares, quieta, esperando, aguantando, recortando papel glasé de 8 a 6 para acompañar la productividad de tus padres, o de tu madre sola.</p>



<p>Estar exhausto es literalmente estar agotado en latín: ex (afuera) + haustus (vacío). Das para afuera hasta quedar vacío de fuerzas. Agotado: sin gotas. Sin agua. Agua: lo que hace a la casi totalidad de nuestras células, la materia originaria que habitamos mientras nos hacíamos capa por capa peces, anfibios, mamíferos en ese cuerpo otro que nos dio el tiempo y el espacio para ser. Nuestra vitalidad es agua, nuestra consciencia es agua, nuestros pulmones, nuestro cerebro ¿cómo podemos vivir en una sociedad que nos deja exhaustos, que nos agota?<br>Enamorándonos del monstruo. De ese objetivo fantástico. Veneramos el cansancio que nos lleva hacia ahí, a dárselo todo. Cuanto más grande, más excéntrico, más refulgente lo que hacemos, mejor. El cansancio del que nos jactamos está metabolizado para que no se note en su espesura, en su violencia, en su crueldad. Como esos campos que se ven verde furioso aunque la tierra ya está casi muerta. Agotarse y que no se note es un súperpoder que se construye con falta de sueño, esfuerzo mental permanente, entretenimiento vacío, consumo, consumo, consumo, vínculos dañados y un cuerpo ignorado pero siempre decorado para la belleza.<br>Cuando el hechizo se sella somos lo que se espera de nosotras: territorios dispuestos a la explotación extractivista.<br>Y acá lo irónico: nos pasa un montón a quienes tratamos de luchar contra eso mismo que corporaciones, millonarios y zombis están haciéndole a la tierra. No queremos que se siga agotando este planeta, estamos a favor del decrecimiento y la regeneración y buscamos vivir sabroso pero demasiadas veces vivimos precariamente, alimentando a toda hora los dispositivos insaciables que procuran que nuestras metas tengan éxito. Trabajamos hasta girarnos en falso o fundirnos.<br>Nada bueno puede salir de ahí.</p>



<p>“Nuestros cuerpos desean que nos detengamos como la tierra desea que nos detengamos” leí esa frase todavía bajo la bruma de la ensoñación que tienen esos momentos donde todo se vuelve vibrante y sensible; ovillada después de dormir, después de llorar, y de volver a dormir. Desperté y seguí leyendo: “Estás alineada a un sistema que apenas te ve como una herramienta o una máquina”.<br>Cuando te rendís a veces pasa: te abrís y se abre el mundo con sus cielos y sus higos y sus libélulas y sus horneros y sus tantos ojos y su tanta música y sus tantos libros buenos.<br>“Descansar es resistencia” (Rest is Resistance), así se titula el manifiesto que encierra estas frase. Su autora, Tricia Hersey, es activista artista feminista negra. Su tesis es inapelable: el capitalismo nació en las plantaciones, esclavizando personas, es un sistema de destrucción masiva del que hay que salirse porque si te tiene adentro te arrasa. Te arrasa a vos como arrasa a las montañas, a los ríos, a los otros animales, a las plantas; todos obligados con venenos, con drogas, con tecnología, con intervenciones genéticas, a vaciarse de sí mismos para ser, cada año, un poco más productivos. Los cuerpos exhaustos son cuerpos dóciles, fácilmente utilizables: sucede en las granjas industriales de cerdos, en los invernaderos de frutillas, en las escuelas, en los criaderos de perritos, en las oficinas, en las fábricas, en las calles.<br>Entonces, ¿cuál es la salida? Tricia Hersey plantea algo que parece una pavada y sin embargo es plenamente disruptivo: descansar.<br>Crear un espacio diario para un descanso ontológico. Contranarrativo. Comunitario. Descansar por una misma y por las otras. Ser lugar de descanso, y que se vuelva movimiento. Ni un spa, ni un viaje al paraíso: una siesta corta, apagar el celular, ingresar en una actividad improductiva, soñar despierta, imaginar, alivianar el trabajo de otras. Aferrarse al descanso como a un tubo de oxígeno en medio de esta nube tóxica que habitamos.<br>Escribe ella: “La destrucción nos mantiene en un ciclo de trauma; el descanso perturba e interrumpe este ciclo. El descanso es un trabajo de confianza. Es un trabajo de curación. Es un trabajo de descolonización. El descanso es un ethos de reclamar tu cuerpo como propio. El descanso proporciona un portal para la curación, la imaginación y la comunicación con nuestros antepasados. La del descanso es una subcultura que deja espacio para el florecimiento de una resistencia (…) La propuesta es descansar no para ser más productivos sino para ser quienes éramos antes del terror de la supremacía blanca, el capitalismo y el patriarcado.”</p>



<p>Frenar para que la cosa frene.<br>Interrumpir la carrera hacia la nada y dedicarnos a vernos más, a sentirnos más, a cuidarnos más mientras trabajamos, comemos, queremos, miramos, somos, nos llevaría a la vez, de una manera somática, a ver, sentir y cuidar la tierra; a honrar la existencia. Tal vez lo que más hace falta en este momento: rendirse como forma de lucha.<br>Animarse a suspender el tiempo.</p>



<p>En un curso (maravilloso) que tomé en diciembre en el espacio virtual llamado Advaya el filósofo alemán Andreas Weber nos regaló una práctica simple y preciosa: pasar todos los días un rato con un otro no humano. Sentarte cerca de una araña, junto a un árbol o una piedra, y sin esperar nada saberte en simetría existencial con a ese otro ser con quien compartís esta época, este momento, esta tierra increíble.<br>Las prácticas como estas, dice el escritor y activista Gary Snyder, deben ser entendidas “como el esfuerzo sostenido, deliberado y consciente por acompasarnos con nosotros mismos y la verdadera condición del mundo existente”.</p>



<p>Pasar un rato todos los días con una piedra, un árbol, una mosca y ver qué pasa.<br>Dejar que se despierten esa admiración y ese amor y ver qué pasa.<br>Cerrar los ojos y respirar juntos y ver qué pasa.</p>



<p>Si no hay nada que ganar, el tiempo jamás se pierde. Se transforma.</p>



<p>El tiempo deja de ser lineal y podemos mirarlo de maneras nuevas. Por ejemplo como un mar inmenso que nos contiene hace millones de años en potencia o hechos carne, siendo o desprendiendo partículas, alimentándonos o como alimento, en disforia y metamorfosis, personas perfectas, suficientes, completas.</p>



<p>En ese tiempo sin fondo, revuelto y salvaje, donde todo es lo que es, a veces podemos nadar, otras revolcarnos, otras hacer la plancha y muchas veces bucear para encontrar, entre caracolas y algas, salvavidas ancestrales.<br>En este espacio abierto hoy, esta casa sin paredes a la que te agradezco hayas entrado, quiero hablar de estas cosas que son historias, que son ideas, que son prácticas que atesoro por eso mismo: porque salvan la vida. Porque te mandan a descansar y mientras estás descansando entendés por fin por ejemplo qué quiere decir que la vida no es útil.<br>Eso solo: en un mundo de utilidades y mercadotecnia, asfixiados por una civilización que dio por muerto al mundo para saquearlo y hacer de los reinos vivos y las fuerzas vivas un cúmulo de cosas, que descarta cuerpos y despoja territorios para honrar la idea de ganarse el pan con el sudor de la frente: La vida no es útil. La frase es del líder indígena brasilero Ailton Krenak.<br>Al igual que su otra frase que amo (y que tengo tatuada en la muñeca derecha) -el futuro es ancestral-, La vida no es útil es el título de un libro: una serie de ensayos hechos a la luz de la pandemia, en ese tiempo afuera del tiempo, en que descubrimos que todo podía frenar y acá seguíamos. Con calidez pero también con filo, Krenak deconstruye nada menos que el propósito de la vida. “Los blancos esclavizaron tanto a otros que terminaron por necesitar esclavizarse a sí mismos. No pueden parar a experimentar la vida como un don y al mundo como un lugar maravilloso”.<br>No termino de entender si Ailton Krenak tiene esperanza en la humanidad. Él dice que últimamente prefiere hablar con las hormigas, con el río, con las piedras. Y confiar en que la tierra sola, a su ritmo, va a saber qué hacer con esto que le hacemos. Pero Krenak también dice que ve cómo “lentamente está despertando la consciencia de saber que los pueblos originarios guardamos vivencias preciosas. Lo que resta es vivir las experiencias tanto del desastre como del silencio”.</p>



<p>El desastre y el silencio y la experiencia.<br>Dar el tiempo a eso y ver qué pasa.<br>Adoptar prácticas sencillas, sostenerlas, darle el tiempo.</p>



<p>Dice Krenak: “Puedes experimentar salir de adentro de tu auto, y tener una relación cósmica con el mundo. Mucha gente debe encontrar que solo los pajés, o aquellos que ya alcanzaron alguna forma de trascendencia, pueden tener esta experiencia, pero eso que llaman ciencia también está ahí constatando permanentemente la relación que hay entre la tierra y el sistema solar, y entre las galaxias. Convoquemos la experiencia de estar en armonía habitando el cosmos: es posible experimentar eso en nuestra vida cotidiana si no nos rendimos al terrorismo de la modernidad”.</p>



<p>Si la vida no es útil la vida puede ser otras muchas cosas. Por ejemplo la vida puede ser el gozo de una loba marina que sale del mar y se acuestan en las rocas a adorar al sol.<br>¿Viste alguna vez algo así?<br>Un mes atrás fui a trabajar a Cabo Polonio, en Uruguay, y me desperté en una casa junto a unas piedras a donde iban decenas de lobos marinos a descansar. Salían del mar, mojados, radiantes, satisfechos de comida. Buscaban su lugar entre las piedras. Antes de acostarse se frotaban contra ellas: la cara, el cuello, la panza, la piel toda abrazada a esas rocas calientes que recibían y abrazaban a los animales con el mismo deseo. Y luego se quedaban quietos, casi petrificados, de cara al sol.<br>¿Viste alguna vez algo así?: ¿animales encantados, dichosos, adorando al sol? ¿Te dejaste alguna vez ser ese animal que sos y tu cuerpo resguarda?</p>



<p>Lo de esos lobos de Cabo Polonio además es conmovedor porque hace tan solo 25 años esos mismos animales eran víctimas de cacerías sangrientas: desde los 60 todos trabajadores de paso llegaban a las costas armados con palos con los que golpeaban a los lobos hasta matarlos. La brutalidad de la matanza era para preservar lo único que se quería de ellos: la piel y la grasa. Un cuchillo o un arma de fuego dañaban el material. Las fotos de esa época, muestran en gris las costas rojas y el pánico.<br>Todo eso paró recién en 1998. Eso quiere decir que muchos de los animales con los que yo desayunaba habían padecido eso: la muerte a palazos de padres, madres, abuelos, cachorros.<br>¿Habrán dejado de dormir sus siestas al sol entonces? ¿O habrán hecho de eso, de la adoración sostenida a la estrella alrededor de la que todas giramos, su resistencia?</p>



<p>Empezar un proyecto nuevo requiere mucha energía, entusiasmo y dedicación. Hacer este espacio en el que espero nos encontremos, fue un trabajo enorme, que involucró a muchas personas. Pero, como un salvavidas para estar lejos del frenesí de las redes sociales (tal vez uno de los espacios que más nos agota física y espiritualmente), procuré hacerlo bajo este paradigma que voy de a poco descubriendo. Más que eso: lo hice a propósito de una vida más descansada y, por eso mismo, más despierta.<br>Ojalá te guste y te sirva.</p>
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		<title>Las prácticas que me conectan</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2023 17:25:00 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Este no es un texto sobre cómo ser felices. Sino sobre cómo sostenernos en estos tiempos de duelo y de colapso y de activismo. Cómo hacemos para no derrumbarnos en la angustia que da la información, la ansiedad por ver hacia dónde vamos, o la furia que que es poco lo que está cambiando. Creo que para estar en el mundo así con la sensibilidad despierta y el espíritu dedicado a tratar de hacer algo sin que la realidad nos pase por encima necesitamos prácticas que nos sostengan.</p>
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<p>Este no es un texto sobre cómo ser felices. Sino sobre cómo sostenernos en estos tiempos de duelo y de colapso y de activismo. Cómo hacemos para no derrumbarnos en la angustia que da la información, la ansiedad por ver hacia dónde vamos, o la furia que que es poco lo que está cambiando. Creo que para estar en el mundo así con la sensibilidad despierta y el espíritu dedicado a tratar de hacer algo sin que la realidad nos pase por encima necesitamos prácticas que nos sostengan.</p>



<p>Las prácticas que yo tengo no son grandes cosas, o sí: son las que fui encontrando y me sirven.&nbsp;</p>



<p>Hace un tiempo empecé a exportar el mundo de las plantas que abren, reconectan, amplían nuestras posiblidades de percepción. Y sanan. Porque destraban, integran, reconcilian, hacen sentir un amor por lo que está acá vivo junto a nostrxs que pocas veces vemos de ese modo. “La planta es la forma más intensa, más radical y más paradigmática de estar en el mundo (…) Bajo el sol y las nubes, mezclándose con el agua y el viento, su vida es una interminable contemplación cósmica, sin disociar objetos ni sustancias”, escribe otro de mis gurús Emanuele Coccia en La vida de las plantas. Las plantas a las que me refiero son lianas raíces, frutos, flores, hongos. Son hogar, medicina y cosmos. Son la posibilidad de adentrarnos a otra temporalidad. Invitaciones a la apertura entre nosotrxs y al mundo, a la maravilla de existir y de ser parte de algo: estar en esta tierra con la que solo nuestra cultura -la única en la que se prohiben y controlan y temen a estas relaciones; la única en la que se llama droga a un hongo que no es tóxico y lo vuelve ilegal mientras venden de manera libre ibuprofeno para que no te duela la cabeza después del Paty con coca cola- está en guerra.&nbsp;</p>



<p>Las plantas psicoactivas o más sutiles muestran de una manera hermosa que la vida es lo contrario a la utilidad, la productividad, la separación, la enajenación y las adaptaciones forzadas a todo eso. Las plantas encantan al mundo. Y negar su acceso ha sido muy funcional a este estado de las cosas. A que nuestra civilización sea lo que es. Y la industria farmacéutica lo que es. En los últimos años yo me adentré muchísimo a todo ese mundo planta y lo recomiendo un montón. Por favor háganlo siempre con cuidado, en compañía de alguien que sepa, con información y con responsabilidad. Tampoco acá somos meros individuos, nos necesitamos siempre, entre guías y acompañantes.</p>



<p>También hago terapia, yoga y medito con frecuencia. El yoga que me gusta se llama Kundalini y me llegó después de encontrar otro, Naad yoga, o yoga con la voz. Son todos espacios hermosos y necesarios para ser cuerpo.</p>



<p>Todos los días también le dedico un rato a mirar el cielo y a encontrarme con los árboles que, como ya deben saber, son los seres que me resultan más interesantes del planeta. Es una vuelta al parque, o lo que pueda: el encuentro diario con esa belleza, con ese misterio, con esa fuerza apabullantemente viva me hace respirar más calma.&nbsp;</p>



<p>Como comida de verdad. Comer no solo tiene que ver con recibir los nutrientes adecuados para estar saludables y fuertes. Comer es información. Son tejidos vivos siendo parte de los nuestros. Es un acto sacramental que hay que desacralizar.&nbsp;</p>



<p>Juego mucho con mi hija, también entre tareas del hogar como cocinar o hacer la cama: reaprender a jugar como niña, a entregarme a ese su espacio animado de seres increíbles que habita Dominica me conecta y da sentido. Y le devolvió a mi vida un animismo que le hacía falta. A nuestro alrededor todo habla, tiene ojos y espíritu, necesita cuidado y atención. Nada es un qué, un algo, todo es un quién, una persona. Eso sucede en cada juego, y, al final, en la vida toda. Aprendí a hacer una proporción entre el espanto y el amor. Sería algo como leer sobre los incendios de la selva y los humedales pero también sobre los ríos voladores que se crean en la selva con la transpiración de los árboles y se vuelven nubes y luego lluvia que chorrea 20 millones de litros de agua por día a todo el continente.</p>



<p>Busco hacer comunidad. Conectar personas entre sí es un don que tengo. Pero además necesito encontrarnos entre quienes estamos en la misma. En ese plan no sólo está mi red cercana sino que también uso las redes y hago los cursos y ahora armé este espacio en el que charlamos de un modo más directo. Es mi trabajo pero a la vez me devuelve un montón saber que acá estamos, haciéndonos nuevas preguntas y buscando a veces con incomodidad, a veces con tristeza, a veces con entusiasmo, en la incertidumbre y la oscuridad, reparar lo más que se pueda.</p>
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		<title>Pensar con las plantas y con el compost</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/pensar-con-las-plantas-y-con-el-compost/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=pensar-con-las-plantas-y-con-el-compost</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[0x1999]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Dec 2022 17:19:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>
<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.</p>
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<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>



<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.&nbsp;</p>



<p>El lugar de las plantas al sol está en el tiempo y en el trabajo que es de entendimiento y de mucha intervención. Es un diálogo mutuo, hermoso e intenso. Activo y pensado pero a la vez instintivo y sensible. El lugar del compost en cambio es de la rendición y la magia, del caos, la fertilidad, la metamorfosis, de la desintegración. El compost es lo salvaje, lo radical floreciendo, siendo según sus cualidades innatas hasta donde lo desee.&nbsp;</p>



<p>El compost es el lugar del deseo, aunque el deseo se consuma en el lugar donde maduran las frutillas y los tomates que cuando mordemos logran que nuestro cuerpo recuerde que eso somos, esos dos lugares, y sus no lugares, esas interrelaciones, esa libertad, esa impermanencia, esa intensidad, esa reciprocidad. Que nos necesitamos despiertos y extasiados.</p>
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		<title>Parirnos</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/parirnos/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=parirnos</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[solebarruti]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 29 Jan 2022 17:34:24 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Durante quince años, cada vez que alguien me preguntaba si quería tener otro hijo —porque así es: tenés uno y no hay quien no pregunte por el hermanito—, sentía un no tan rotundo, tan inamovible, tan claro que solo algo proporcional a esa fuerza iba a poder moverlo: algo tan poderoso como la verdad nacida del mismo lugar hondo y vital.</p>
<p>Cuando quedé embarazada de mi primer hijo —lo conté muchas veces—, tenía veinte años, estaba sola y me adentré a ese asunto con la confianza que toda esta época le imprime. Es seguro, fácil, una repetición de lo que acontece alrededor: sabés lo que vas a necesitar, y, no importa que nadie lo diga así, estás dándole a la sociedad lo que la sociedad precisa.</p>
<p>Mi madre aceptó enseguida la situación y me ayudó a encontrar rápido una profesional que me acompañara: la obstetra que me había hecho nacer a mí y a mis hermanos. Todos partos exitosos: acá estábamos los tres. Cómo decir que no.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/parirnos/">Parirnos</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>Durante quince años, cada vez que alguien me preguntaba si quería tener otro hijo —porque así es: tenés uno y no hay quien no pregunte por el hermanito—, sentía un <em>no</em> tan rotundo, tan inamovible, tan claro que solo algo proporcional a esa fuerza iba a poder moverlo: algo tan poderoso como la verdad nacida del mismo lugar hondo y vital.</p>



<p>Cuando quedé embarazada de mi primer hijo —lo conté muchas veces—, tenía veinte años, estaba sola y me adentré a ese asunto con la confianza que toda esta época le imprime. Es seguro, fácil, una repetición de lo que acontece alrededor: sabés lo que vas a necesitar, y, no importa que nadie lo diga así, estás dándole a la sociedad lo que la sociedad precisa.</p>



<p>Mi madre aceptó enseguida la situación y me ayudó a encontrar rápido una profesional que me acompañara: la obstetra que me había hecho nacer a mí y a mis hermanos. Todos partos exitosos: acá estábamos los tres. Cómo decir que no.</p>



<p>Ketty era una señora bajita y arrugada que atendía en un consultorio de zona norte. Un lugar sin ventanas con olor a Pervinox. Me pesaba religiosamente, me tomaba la presión, me recomendó un curso de preparto al que fui bastantes veces. Ahí me enseñaron a respirar por la boca y a preparar un bolso para el día de la internación.</p>



<p>Ese día, el de la internación, llegó después de dieciséis horas de sueño; como la preparación al insomnio que vendría después. Era domingo, salí de mi habitación y en la cocina estaban mi mamá y su pareja con los restos del almuerzo, <em>malfatti</em> con salsa de tomate.</p>



<p>A las cinco de la tarde en la clínica tenía contracciones irregulares y sin dolor. Mi panza se ponía dura, eso nomás. Podía atravesarlas acostada, leyendo una revista mientras me hacían las cosas que se le hacen a toda parturienta: me pusieron vías, me colocaron un cinto para monitorear, me midieron la presión, me hicieron un tacto, otro, otro más, “a ver si ahora algo dilató”. Era molesto aunque la ansiedad por que llegara el parto lo hacía transitable. Pero de repente algo cambió. Lo que se veía normal en el monitor empezó a verse alterado, y lo que se veía en el monitor era lo que pasaba dentro del cuerpo de mi hijo: su corazón. Me subieron a una camilla, atravesé pasillos fríos, muda y aterrada. Me metieron en otra habitación más iluminada. Me pidieron que me sentara. Un hombre del que sólo conocería la voz me dijo: “Ponete así, erizada como un gatito”. Curvé la espalda. Me inyectó. Volvieron a acostarme. Me llevaron a otra habitación. “Te vamos a hacer una cesárea”, me dijeron como explicación. Extendieron a la altura de mi cuello una sábana verde. Del otro lado, mi cuerpo se apagaba hasta quedar completamente muerto. Ah, no, los brazos no: los brazos no los anestesiaron, pero los ataron para que tampoco pudiera moverlos.</p>



<p>El resto fue invisible: sonidos y olores. Los metales chocando entre sí, un chirrido como de sierrita, un olor a carne quemada, conversaciones entre los que me operaban, que yo, del otro lado y sin que nadie me hablara, escuchaba sin entender. La cosa parecía más un asado que un nacimiento. Hasta que lo vi. Por unos segundos y de lejos, por lo alto, violeta, llorando y sostenido de los pies por el brazo de un hombre que dijo: “Felicitaciones, es varón”, como si no existieran las ecografías y entonces yo, a esa altura, no lo supiera.</p>



<p>Benjamín volvió más de una hora después. Bañado, vestido, con un gorro blanco, semidormido en una cuna de acrílico transparente. Yo no sabía qué hacer, no podía hablar, el dolor de mi cuerpo despertando había empezado a subir. Mi mamá estaba al lado mío, me lo puso encima y vi sus ojos como se mira una noche cerrada en una ruta vacía: con curiosidad y pavor.</p>



<p>Después llegó el infierno. No dormir, las tetas llenándose de leche, los huesos volviendo a su lugar, la cicatriz tirante, las tetas sangrando, el llanto, la disolución de las horas, la soledad, la angustia de todo eso arremolinado dentro de un solo cuerpo, el mío.</p>



<p>Y, sin embargo, lo más brutal no era eso, sino esto: no entender cómo había terminado así, cortada en cinco capas, con una cicatriz vertical porque la cesárea hubo que hacerla rápido, y con una costura como de matambre.</p>



<p>“Si no hubiera sido así tu hijo no estaría con vos”.</p>



<p>“Hay que agradecer a los médicos”.</p>



<p>“Todo salió bien, es lo importante”.</p>



<p>Y esta que me dijo mi psicóloga: “Es como si una obra de teatro hubiera tenido muchos imprevistos, pero termina con el público aplaudiendo de pie. Puede que el artífice de esa obra no sienta que se cumplieron sus expectativas, pero el resultado final salió bien. Mirá a tu hijo: está sano, es hermoso, vos también estás sana, a veces las cosas no se dan como uno imagina y sin embargo salen mejor”.</p>



<p>Meses de terapia y creí que me lo había creído.</p>



<p>Repetía sistemáticamente a quien me preguntaba la historia que había aprendido a contar: “Mi hijo nació por una cesárea que le salvó la vida”.</p>



<p>Aunque por dentro, cada vez que me reía o lloraba fuerte o cuando menstruaba o cuando había mucha humedad o cuando la cicatriz me dolía —que era muchas veces— como una cuchillada, solo afirmaba una cosa: por eso no paso nunca más.</p>



<p>* * *</p>



<p>Pero quince años más tarde el deseo de tener otro hijo irrumpió. Mi pareja, Juan, con quien estaba hacía más de diez años, deseaba lo mismo. Entonces, mientras buscaba embarazarme estudié compulsivamente qué debía hacer para tener un nacimiento seguro y no volver a un quirófano, para alejarme lo más posible de otra cesárea como esa. Y lo logré.</p>



<p>El parto fue en mi casa y empezó cinco días antes de conocer a mi segunda hija. Una contracción que me levantó en medio de la noche. Un dolor otro, alerta, tenaz y a la vez cuidadoso me tomó y me soltó por una buena cantidad de horas. Como un aviso: así va a ser. El cuerpo hace esas cosas.</p>



<p>Volví a dormir. Me desperté. Tuve un día normal: ordené la casa, hice la comida, comí, hablé con amigas, leí. El dolor volvió. Más intenso. “Inaguantable”, me dije.</p>



<p>—Julia, vení.</p>



<p>Julia vino. Era mi doula: una mujer cálida y decidida que acompaña mujeres en sus partos y puerperios. Como una amiga que te transmite la experiencia que vos no tenés y que tu madre tampoco, ni tu abuela, porque todas sabemos parir, pero casi nadie lo hace ya así, como necesitamos hacerlo.</p>



<p>—No voy a poder.</p>



<p>—Sí vas a poder.</p>



<p>—No, no voy a poder aguantar esto, es mucho.</p>



<p>—Tu cuerpo no va a provocar nada que no puedas resistir.</p>



<p>El dolor se intensificaría con los días, con las horas, hasta no dejarme dormir. Pero también hasta calmarme de algún modo dulce y nuevo. Algo rarísimo, pero el dolor creciendo así es analgésico.</p>



<p>Vino mi partera, Marina, me tocó la panza, escuchó los latidos de la bebé, y me dijo:&nbsp;</p>



<p>—Está perfecta, pero todavía falta.</p>



<p>Al día cuatro no pude dormir más. Me senté en la pelota gigante que había comprado para hacer yoga y lloré hasta vaciarme, o hasta rendirme.</p>



<p>“Esto va a durar para siempre”, me dije adentrándome en un estado narcótico.</p>



<p>A la mañana volvió Marina y ofreció hacerme un tacto para ver cómo estaba el cuello del útero.</p>



<p>—Vas a parir —me dijo.</p>



<p>Llamé a mi pareja, que había ido a trabajar, y a Julia; Marina llamó a Belén, su compañera. A las cuatro de la tarde las contracciones se sucedían casi sin tregua y yo me convertí en otra persona: desenfrenada, extasiada, alguien que tenía todo permitido. Canté, grité, lloré, dormí, me bañé, besé, me desnudé, comí, me reí, me quedé sola, me dejé abrazar, grité más fuerte, subí escaleras, gateé, me derrumbé, bailé, así hasta ser una con ese dolor que dibujaba el recorrido que estaba haciendo mi hija por dentro, que me llevaba a ser solo cuerpo, puro cuerpo, carne viva; a adoptar las posiciones que necesitaba para acompañarla, para que nos pariéramos juntas.</p>



<p>A las tres y media de la madrugada, en cuclillas, entre los gritos del animal que estaba siendo, del fuego en que ardía mi cuerpo todo, nació Dominica. La recibió Belén, una mujer emocionada y extasiada por el privilegio de estar ahí, otra vez asistiendo a esa maravilla de la vida. Enseguida la tuve encima, y Marina me abrazó para llevarme hasta la cama donde mi hija y yo estaríamos enchastradas de sangre y fluidos y lágrimas y placer en un tiempo protegido del tiempo.</p>



<p>La habitación se mantuvo así durante semanas: una cueva envuelta en una bruma tibia hecha del olor de nuestros cuerpos, un espacio nuestro a media luz donde estuvimos solas, desnudas, mirándonos, aprehendiéndonos, disfrutándonos, mientras su padre cuidaba de que así fuera. Filtró llamados y visitas, trajo comida, proveyó lo necesario para que nuestro encuentro fuera lo que siempre debiera ser: el ingreso amoroso y alucinante y suave a un mundo que también puede ser así, pero que para eso nos necesita enteras.</p>



<p>* * *</p>



<p>Lo que pasó entre un embarazo y otro fue un trabajo enorme y un privilegio: pude saber lo que no debe saberse. Mi profesión tuvo mucho que ver; soy periodista y me aventuro entre temas que me dan curiosidad. Aunque el parto no era uno de ellos. Mi tema era la leche: estaba estudiando el explosivo crecimiento de la industria láctea a raíz de la aparición de la leche de fórmula para alimentar bebés. En ese momento me encontré con mi propio sentido común abatido. Siempre había creído que había mujeres, muchas, que no podían amamantar. Casos —que iban en aumento— donde, a pesar del deseo, la leche era insuficiente o no salía. Mi propia experiencia con la primera lactancia había sido muy difícil. Sin embargo, la investigación me mostró que no existía tal enfermedad: no había ninguna evidencia científica que pudiera respaldarla.</p>



<p>¿Qué pasa entonces que hay tantas mujeres queriendo amamantar que no pueden?</p>



<p>Esa fue la pregunta que me abrió el mundo.</p>



<p>El primer problema es qué mujer entra a la sala de partos y qué mujer sale. En qué estado. Y cómo. Y por qué.</p>



<p>Durante los meses siguientes dejé de lado los tambos y las fábricas de leche en polvo para adentrarme en ese sistema donde todo comienza o se afirma: las prácticas obstétricas. Una serie de disposiciones invasivas sobre los cuerpos, posiciones absurdas, tiempos imposibles de cumplir, intervenciones forzadas, cesáreas innecesarias, inducciones, ansiedades ajenas, separaciones traumáticas, violencia, violencia, violencia.</p>



<p>En poco tiempo entendí que el parto médico que asumimos como seguro es una invención técnica y farmacológica desarrollada para sistematizar y controlar los eventos más anárquicos y poderosos de la existencia, tal vez solo comparables con la muerte: nacer y parir.</p>



<p>Nada de lo que acontece en la mayoría de los hospitales o clínicas privadas está pensado para garantizar lo único que debiera garantizársenos a las mujeres para acompañarnos en ese derroche hormonal que abre nuestros cuerpos por dentro y permite a los bebés hacer lo que saben: abrirse camino abriéndonos los huesos hasta salir por sus propios medios de nuestra vagina; el mismo derroche de hormonas que luego garantiza la eyección de la leche, el sueño protegido y sincronizado, las temperaturas perfectas, y el goce.</p>



<p>Intimidad y cobijo. Eso necesitamos.</p>



<p>Recibimos, en vez, hipervigilancia, infantilización, cosificación, humillaciones varias, toneladas de violencia.</p>



<p>Y todo está tan normalizado que salvo en casos extremos, mientras el bebé respire y nosotras también, las mujeres salimos de la sala de partos agradecidas, envueltas por un manto de adoración, sumisión y entrega.</p>



<p>Es el crimen perfecto.</p>



<p>Porque el parto de la modernidad es un acto disciplinador. Hay un poder institucional, hegemónico, supuestamente científico, que manda: el sistema médico, y un sujeto pasivo, ignorante y frágil que obedece: nosotras. Y hay un producto casi inerte en disputa: los bebés (que así son llamados, <em>producto</em>), que ingresan al mundo para ser pesados, medidos, explorados, toqueteados, bañados, negados en su calidad de personas, porque no hablan, no miran, nada saben, todo lo lloran, qué pueden saber, qué pueden sentir.</p>



<p>Nada de lo que allí sucede tiene ni una pizca de sentido que no sea la de haber encontrado instrumental, tecnologías y drogas para que los cuerpos se adapten a lo que se necesita de ellos. Que no ocupen camas mucho tiempo, que no anden gritando e incomodando, que el médico no se tenga que agachar, que nadie se cague, ni muestre que tiene pelos en la vulva, que los bebés no molesten, que a nadie se le ocurre hacer nada así de atroz, nada tan animal, ni tan pasional, ni tan libre, incivilizado.</p>



<p>Pedagogía de la crueldad, lo llama Rita Segato: actos y prácticas que enseñan, habitúan y programan a los sujetos para transformar lo vivo y la vitalidad en cosas.</p>



<p>El parto humano es un parto-cosa.</p>



<p>Descubrir cómo y por qué nacemos y parimos es tomar la píldora roja: modifica nuestra subjetividad hasta cambiarnos de matriz para siempre.</p>



<p>El pasaje de desnormalización suele transitarse con dolor tras una situación de violencia o varias, y desde los márgenes: adentrándonos en las grietas donde está la información real y dejándonos guiar hacia ese conocimiento por otras mujeres que sostienen, cuidan y nos habilitan a otras a entender el saber que los cuerpos guardan y lo que merecemos experimentar.</p>



<p>Los primeros grupos a los que me acerqué eran de Facebook. Espacios secretos y cerrados de mujeres compartiendo sus historias más dichosas y dolorosas en ese momento abisal que es dar a luz. Denunciando profesionales y prácticas, desarrollando estrategias de defensa y articulando una resistencia inclaudicable por el derecho a parir con respeto, integridad y fuera de peligro; una cofradía heterogénea y movediza; una guerrilla clandestina librando una lucha enorme por nuestra insumisión.</p>



<p>Empezar a leerlas fue volver a tener voz. Por primera vez y gracias a ellas —mujeres extrañas para mí y extrañas entre sí, que compartían sus historias con el solo afán de salvarse y salvarnos, de tenernos y aprender juntas— entendí que lo que había vivido y que todavía me dolía en secreto tenía nombre: cesárea innecesaria, separación forzada, violencia obstétrica.</p>



<p>No era capricho, no era apego a un plan que no había podido llevar a cabo, no era inflexibilidad: era que habían hecho con mi cuerpo lo que se les antojaba porque era domingo. Era que me habían dado drogas para acelerar las contracciones que tal vez hubieran durado días. Era que se les había ido la mano y entonces sí el corazón de mi hijo había empezado a fallar porque siempre pasa eso: te empujan al abismo y antes de estrellarte casi siempre te salvan.</p>



<p>Y nadie lo pone en duda, nadie lo cuestiona, ni siquiera muchas veces habiéndolo vivido en carne propia. Como mi madre. La médica que ella quería un montón y que hizo nacer a la fuerza a mi primer hijo le había hecho tres episiotomías monstruosas y la había amenazado con llevarla a cesárea si no paría en un determinado tiempo. Sin embargo, para mi madre, que también es médica, su práctica en esa clínica había sido fantástica y por eso me la recomendó, deseando para mí algo tan bueno como lo que ella había vivido.</p>



<p>Confirmar lo que mi cuerpo ya sabía fue así de contundente: el deseo irrumpió y me tomó toda.</p>



<p>Quería tener otro hijo y quería parir y ahí había una infinidad de mujeres mostrando que se podía. Que se podía tener un parto también después de una cesárea, de dos y de tres.</p>



<p>Quise aprenderlo todo y así lo hice: leyendo las historias de ellas y buscando en la bibliografía que iba encontrando en diferentes espacios. Esa que está en escritos marginales hechos con base en la pura experiencia y el corazón, pero también y sobre todo, en lo que publica la Organización Mundial de la Salud (OMS), Unicef, Cochrane, el sistema de salud de Inglaterra, de Colombia, de Canadá. Toda la evidencia científica que los protocolos de los hospitales y las clínicas niegan, pero que muestra con contundencia que el sistema de salud, para garantizar salud, debería disponer a cada mujer en un lugar seguro y limpio dónde se sienta cómoda y a gusto, a su tiempo, sin intervenirla, acompañándola. Que muestra que en embarazos sanos sería más barato y más conveniente garantizar el cuidado de los partos planificados domiciliarios y generar espacios específicos, como casas de parto, que seguir apostando a un sistema oneroso, experto en enfermedades, pero —o tal vez por eso— contrario a la fisiología, como los grandes hospitales. Evidencia científica que derriba una a una esas prácticas e instrumentos que destrozan espíritus a granel.</p>



<p>Fue en esos grupos, mientras iba animándome y animando a mi pareja a ese nacimiento que hoy atesoro como lo más significativo que me pasó en la vida, que descubrí a Julieta Saulo.</p>



<p>Julieta, psicóloga social, puericultora y doula, daba en cada aparición pública un salto cuántico: llevaba sin vueltas este asunto del parto y los cuidados perinatales al plano de los derechos humanos con una eficacia arrolladora. “En la sala de parto nos hacen mierda y los bebés llegan al mundo de una manera violenta: ¿qué puede salir bien? O cambiamos y constituimos esta situación en una misión feminista o no entendimos nada”, la escuché decir en una entrevista. Desde el Observatorio de Violencia Obstétrica (OVO) y Las Casildas, Julieta se plantaba junto a mujeres y bebés destruidos por el sistema médico, acompañando historias de violencia tremendas. Y a la vez, vivenciaba y habilitaba otras formas posibles asistiendo como puericultora en la única maternidad pública del conurbano bonaerense dedicada a partos respetados: la Maternidad de Moreno Estela de Carlotto. Leerla, seguirla y, finalmente, conocerla fue y es profundamente reparador. Si alguien tenía que escribir un libro para reunir y popularizar esta información que nos resulta imprescindible y a la vez a la mayoría nos resultó en un comienzo inalcanzable, era ella.</p>



<p><em>Bien que te gustó</em> es un título sumamente provocador. Julieta se apropia de una de las frases que más se escuchan en maternidades cuando estamos con las piernas abiertas haciendo fuerza entre un montón de extraños y no nos está permitido ni gritar. Te gustó el sexo y este es tu castigo, y rezá por encontrar la redención prometida en este sufrimiento.</p>



<p>Este libro es una herramienta de liberación y va a hacer de esa frase una remera: para correr la voz, para volver a acuerparnos entre nosotras, para no sentirnos solas, locas y exageradas nunca más, y para advertir a otras que están a tiempo de que sus partos y, por ende, los nacimientos de sus bebés sean amorosos y placenteros.</p>



<p>Este es un libro que sana y a la vez es, como todo libro disruptivo y contrahegemónico, un arma de batalla.</p>



<p>“Para cambiar el mundo hay que cambiar la manera de nacer”, dice el obstetra francés Michel Odent. Pero quienes pudimos deconstruir lo que nos pasó, y reparar esas experiencias que debieron ser una fiesta y resultaron una tortura, sabemos que no tuvimos esa posibilidad, que nadie nos avisó. Sin información y luego, sin alguien que salte con valentía de la esfera privada a la pública con la convicción de que todo parto es político, como lo hace Julieta, eso es prácticamente imposible.</p>



<p>Este libro es, entonces, finalmente una invitación para que la transformación humana hacia una sociedad feminista, sensible y conectada sea posible; para entregarnos al saber del cuerpo, a ese animal increíble que somos y que nos guía hacia el cuidado; para permitirnos nada menos que entregarnos al enredo con esos otros cuerpos que se crearon dentro de los nuestros, y a ese amor descomunal y salvaje que nace con la potencia inmensa que solo tiene lo que está preciosa y poderosamente vivo.</p>



<p></p>



<p><em>(Este texto lo escribí para el prólogo del libro Bien que te gustó de Julieta Saulo. Pero quiero compartirlo acá porque a la vez hace parte de la historia que nunca dejo de escribir, que también estoy escribiendo ahora. Entonces es un texto ya publicado y, como todo borrador, una tierra fértil)</em></p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/parirnos/">Parirnos</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Sobre vivir en épocas de derrotas</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/sobre-vivir-en-epocas-de-derrotas/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=sobre-vivir-en-epocas-de-derrotas</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jan 2022 17:21:56 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Qué hacer cuando la mayor parte el mundo no va hacia donde irías? ¿Cuando alrededor nada de lo que te resulta crucial, innegociable, conmovedor reverbera igual, cuando todavía somos tan poquitos en esto de cuidar y de amar a esta tierra viva? </p>
<p>Hace unos meses leí un libro que me dejó llorando a mares, una historia tan parecida a la que estamos viviendo con los humedales, con la minería, con los campos tóxicos, las extinciones, el sufrimiento absurdo. El libro es “El clamor de los bosques”, de Richard Powers. Voy a espoilear bastante así que si quieren ir por el libro (recomiendo fuerte) no sigan leyendo. Aunque también voy a usar estas líneas para pensar sobre estas otras cosas como esto de tener una ética diferente. </p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/sobre-vivir-en-epocas-de-derrotas/">Sobre vivir en épocas de derrotas</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>¿Qué hacer cuando la mayor parte el mundo no va hacia donde irías? ¿Cuando alrededor nada de lo que te resulta crucial, innegociable, conmovedor reverbera igual, cuando todavía somos tan poquitos en esto de cuidar y de amar a esta tierra viva?&nbsp;</p>



<p>Hace unos meses leí un libro que me dejó llorando a mares, una historia tan parecida a la que estamos viviendo con los humedales, con la minería, con los campos tóxicos, las extinciones, el sufrimiento absurdo. El libro es “El clamor de los bosques”, de Richard Powers. Voy a espoilear bastante así que si quieren ir por el libro (recomiendo fuerte) no sigan leyendo. Aunque también voy a usar estas líneas para pensar sobre estas otras cosas como esto de tener una ética diferente.</p>



<p>El clamor de los bosques es sobre un grupo de personas cuyas vidas terminan cruzadas alrededor de la defensa de los árboles. Personas que de repente entienden, sienten, saben que los árboles no son cosas, que están vivos, que no son de nadie más que de sí mismos y que está mal que los maten, como está mal matar a cualquier persona. Se alían entonces con esa convicción clara e inobjetable que da saber y amar para defenderlos. Y pasan por muchas etapas. La transformación radical de la vida para atender ese llamado de las raíces y el cosmos, el activismo, la desesperación.&nbsp;</p>



<p>Los árboles son secuoyas: inmensos, como dioses. Algunos se suben a esos árboles y viven meses ahí arriba. Pero el sistema gana y los árboles terminan destrozados y entonces ellos pasan a la desobediencia radical. Y ahí también pierden. El libro es pura belleza y derrota.</p>



<p>Un acercamiento increíble a los árboles, esos seres que están cuando llegamos al mundo, con los que respiramos en besos de aire, y que seguirán ahí cuando muramos; y está repleto también del horror por ver de cerca a una humanidad a la que le da igual, que no lo entiende, que solo habla de dinero y progreso mientras mata. Es un libro sobre tener una ética distinta y tener que salir todos los días y sostenerse y no saber qué hacer con eso. Es un libro sobre esta época de incendios y violencia y preguntas sin respuesta, acumulándose entre la garganta y el corazón, y del deseo de compartir, de ser más, de abrazarnos.&nbsp;</p>



<p>Es un libro sobre nosotros que muchas veces nos pensamos en soledad pero nos tenemos.</p>



<p>A quienes están ahí y leen y escuchan y sienten y comparten, gracias. Nos necesitamos más que nunca.</p>
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