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	<title>RECOMENDACIONES archivos - Solebarruti</title>
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		<title>Hongos, plantas y otras historias de amor.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 01 Dec 2023 10:57:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Entonces, para seguir con la conversación que estábamos teniendo, se trata de permitirnos ser adultas sin dejar de maravillarnos con las sirenas, los espíritus del fuego, las palabras del mar. Abrazarnos a ellos con la convicción y responsabilidad que es habitar esta tierra en esta época. Animarnos a contar las historias que liberen a la apasionante búsqueda de verdad de su encierro en esta cárcel de razón, que tiene características tan poco razonables que nos están llevando al colapso sin que siquiera podamos sentirlo.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/hongos-plantas-y-otras-historias-de-amor/">Hongos, plantas y otras historias de amor.</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
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<p>Entonces, para seguir con la conversación que estábamos teniendo, se trata de permitirnos ser adultas sin dejar de maravillarnos con las sirenas, los espíritus del fuego, las palabras del mar. Abrazarnos a ellos con la convicción y responsabilidad que es habitar esta tierra en esta época. Animarnos a contar las historias que liberen a la apasionante búsqueda de verdad de su encierro en esta cárcel de razón, que tiene características tan poco razonables que nos están llevando al colapso sin que siquiera podamos sentirlo.<br>O sea, se trata de volver a mirarnos y volver a mirar a nuestro alrededor: de reencontrarnos con estos cuerpos que somos, con todo el dolor que guardamos, con toda su fortaleza, dependencia, y belleza; y con esos tantos otros que habitan esta tierra y están adentro nuestro y están ahí afuera, en la selva o en un claro en medio del asfalto donde un mediodía cualquiera anda naciendo otro diente de león. De mirar y preguntar. De mirarlos y preguntarles a ellos que son pájaros preciosos, que son yuyos curativos, que son hormigas organizadas, que son montañas inmensas, que son bacterias ancestrales, que son personas de las que no sabíamos nada, y volver a encender nuestra mente y corazón con sus respuestas. Dejar de lado, con valentía, esa fórmula que nos desertifica para que encajemos en la metáfora de un planeta inerte que hay que explotar hasta sus últimas fuerzas, explotándonos a nosotras mismas en el camino.<br>Para que eso sea posible, hay que quitarnos de encima a la competencia como explicación fundante de la evolución (tan conveniente a este anarcocapitalismo con toda su supervivencia del más apto que estamos viviendo) y abrazarnos por un rato a las múltiples otras formas que muestran que es el deseo (“el impulso de establecer conexiones, entremezclarnos, tejer poéticamente nuestra existencia con la de otros seres”, dice el biólogo y filósofo Andreas Weber) lo que dirige la fuerza de vida de este mundo hermoso.<br>¿Vamos?</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/hongos.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Una de mis historias de amor preferidas es la de las plantas y los hongos. Comenzó hace 500 millones de años y sigue igual de intensa y transformadora.<br>Todo el mundo era casi plenamente acuático y salado entonces. Pero las plantas estaban animándose a una migración inesperada: saldrían del mar para habitar la tierra. Tenían un problema para eso: sin raíces no podían aferrarse a esta aventura que luego serían selvas, bosques, pantanos. Fueron los hongos que, gracias a las bacterias que nos permitirían a todos respirar, ya estaban ahí hace muchísimo, recorriendo con su propio cuerpo radicular, sus hifas, el suelo, quienes las recibieron.<br>Los hongos recibieron a las plantas apegándose a sus cuerpos verdes, húmedos y deseantes de sol. E hicieron durante millones de años de las raíces que las plantas no tenían, entretejiéndolas a su vez en esa red de hifas que forman el micelio que recorre tanto así como un tercio o la mitad de la masa viva de los suelos.<br>Abrazadas a esas criaturas distintas y misteriosas entonces, fue que las plantas pudieron pasar de ser algas a convertirse en esta magia que desde las profundidades de la tierra se (y nos) nutre de la energía del cosmos. Tan fuerte fue la conexión que tuvieron, que cuando las raíces vegetales existieron no se abandonaron: en vez crearon en la simbiosis un mundo subterráneo complejo y súper imbricado. Bajo tierra las plantas llegan hasta un lugar donde se vuelven hongos que se entrelazan con otros hongos que llegan a otras plantas fusionándose en una red de inteligencia colectiva a través de la cual todos en bosques, selvas y pantanos comparten información, nutrientes, sensaciones. Desde entonces, en reciprocidad, las plantas alimentan a los hongos con los azúcares y vitaminas que hacen después de sintetizar la energía del sol.<br>¿Lo podés sentir? Hay abrazos así de profundos que pisamos cada vez que caminamos. La historia de amor de plantas y hongos es un ciclo sin fin de vida y muerte ininterrumpida. Hay hongos que son heredados de árbol a árbol a través de las semillas; son quienes permiten que las semillas germinen y prosperen. A la vez, cuando los árboles caen son los hongos los que disuelven la madera, llevándolos aún más hondo de lo que habían ido antes, y disponiendo a su vez todos los nutrientes acumulados para las nuevas vidas que quieren florecer.<br>Es un amor sin linealidad; un amor de continuidades circulares, superpuestas, infinitas que desarman hasta la idea de muerte porque no hay individualidad posible en esa entrega dichosa que se da en vida.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/hongos2.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Si en esos cuerpos en sí mismos, pero sobre todo en esos cuerpos mezclados para siempre, está contenida la verdadera historia del mundo que es también la nuestra, ante esta época aterradora donde igualmente somos tantas las personas que tenemos el anhelo de animarnos, de ayudarnos, de reconectar y de sanar, ¿cómo no habríamos de acudir a ellos para crear esas conexiones que hacen falta y encontrar las formas que buscamos de cuidar y de ser?<br>En Los hongos del fin del mundo la antropóloga Anna Lowenhaupt Tsing muestra como la funga se despliega en un montón de metáforas de las que podemos reaprender. Entre ellas, la precariedad: el estado que dirige esta época. Sin un trabajo seguro, con el sinsentido que es ser para producir (¿qué? Cosas que se rompen, que son basura, que nunca significaron nada) con la idea de progreso y desarrollo (por fin) hecha trizas, sí: somos como los hongos que surgen inesperados en un bosque después de un día de lluvia y sol, pura precariedad.<br>La precariedad asumida dice Lowenhaupt Tsing es una provocación para movernos hacia ese lugar en el que pueden acontecer cosas mejores. “La precariedad es la condición de ser vulnerables a otros. Los encuentros impredecibles nos transforman; no tenemos el control, ni siquiera de nosotros mismos. Todo está en constante fluctuación, incluida nuestra propia capacidad de supervivencia. (…) Pensarnos en términos de precariedad pone de manifiesto que la indeterminación también posibilita la vida”.<br>La indeterminación abre un camino no lineal ni planificado donde es algo más parecido al azar hecho de múltiples causas lo que va haciendo aparecer el devenir y sus múltiples posibilidades. La precariedad aparece así como una apertura, una invitación a adentrarnos en una “reconfiguración temporal multiespecífica” para lo que hoy no tenemos garantizado: un futuro.<br>De esto se trata entonces también salir de este momento de desconexión: de volver a escuchar estas historias donde la pura biología con sus ejemplos más materiales nos amarran, nos enraízan, nos permiten volver a poblar nuestras historias de personajes no humanos, descubrir, contemplar, aprender, escuchar, tocar, abrazar, oler, comer.<br>De conocer para tomar y ser tomadas por hongos y plantas que ya están en nuestro cuerpo (si compartimos memoria genética con todos ellos, lo que quiere decir que con ellos fuimos y con ellos podemos volver a ser), para entregarnos a la tierra y devolvernos encantadas a toda esta experiencia fantástica que es existir.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/tortugas.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Como ves, el viaje que nos propongo no es mental (¿acaso alguna vez debió haberlo sido?) es somático. Involucra convocar otra vez a nuestra increíble capacidad corporal de sentir. Ese es el gran poder ausente: el que nos invita a sabernos carne del cuerpo del mundo. El que esta civilización adormece haciéndonos comer cualquier cosa y aprender conceptos desencarnados, quietitas en una silla, copiando lo que otros dicen, puras palabras humanas, con fechas humanas, con promesas humanas de una ciencia que avanza, de una economía que avanza, de una sociedad que avanza (¿a dónde? Al precipicio pero eso no lo dicen, nadie lo ve), memorizando de un mundo cada vez más áridamente humano, hasta el dolor de cabeza, y de espalda que sabremos acallar, porque aprendemos de camino qué pastilla tomar para desactivarnos completamente.<br>Volvamos.<br>Hay un concepto como palabra mágica que recuperar. Umwelt: quiere decir la parte del mundo que cada animal es capaz de percibir y experimentar. Cómo percibe el mundo, cómo lo vive, con qué formas, con qué posibilidades y qué límites, desde y hasta dónde. Lo creó el zoólogo alemán Jacob von Uexkull a comienzos del 1900 y lo explicaba así: “El cuerpo de un animal es una casa con un número de ventanas que da a un jardín: una ventana para la luz, una para el sonido, una ventana olfativa, una para el gusto y un gran número de ventanas táctiles. La perspectiva del jardín visto desde la casa cambia en función de cómo se haya construido cada una de las ventanas”.<br>En este momento donde tanta falta hace, Uexkull está siendo reeditado y reexplicado con ejemplos actuales. Mi revisitador preferido es Ed Young en La inmensidad del Mundo: un libro que muestra entre perros, murciélagos, nutrias, pulpos que no hay colores, no hay sonidos, no hay texturas: hay capacidades relacionales extremadamente físicas que prenden y apagan conexiones posibles que los crean haciendo este mundo de muchos mundos que se abre, como el de Alicia y sus maravillas, para quien tenga la llave, el tamaño, la pregunta indicada.<br>“El Umwelt es una fuerza que unifica y une. Nuestro Umwelt es limitado, solo que a nosotros no nos parece. Desde nuestra perspectiva lo abarca todo. No conocemos otra cosa y por eso nos resulta tan fácil caer en el error de pensar que no hay nada más que conocer. Pero se trata de una ilusión (…) Hay animales capaces de oír sonidos en lo que a nosotros nos parece un silencio total, de ver colores donde para los humanos solo hay oscuridad, y sentir vibraciones en lo que nosotros percibimos como quietud absoluta”, escribe Young.<br>Más allá de todo lo que nos perdemos desconociendo que el mundo no es (solo y afortunadamente) lo que vemos y creemos los humanos, sino que está abierto como un viaje psicodélico que es perceptible según tu capacidad de percepción, Young también dedica buena parte de su libro a contar lo que hacemos perder a esos otros cuando, ignorando tanto, llenamos la tierra de ruido, prendemos las luces anulando la noche, invadimos los Umwelt con vibraciones disonantes y perfumes de artificio. Extinguimos mundos sensibles por nuestro olvido insensible, nada más y nada menos.<br>Pero, ¿siempre fue así? ¿Nunca vimos más que lo vemos? ¿O sí? Y si fuera que sí, ¿no podríamos reencontrarnos con esas herramientas que nos ayuden a reconectar con esa capacidad primero de sentir y después de expandir nuestra capacidad sensible?</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/ritual.jpg" alt=""/></figure>



<p></p>



<p>Uno de los episodios más lindos de mi podcast preferido (The Emerald de Josh Schrei) se titula El caso del hombre al que le crecieron cuernos. La historia que cuenta Josh está escrita en las máscaras de Dios de Joseph Campbell. Y empieza así: “Recuerdo cuando en los viejos tiempos los chamanes bufaban como toros y hacían crecer de sus cabezas cuernos opacos y puros. Una vez los vi, vivían en nuestro pueblo. Uno de los chamanes se llamaba Connor. Cuando su hermana mayor murió se chamanizó y entonces sus cuernos crecieron y salió corriendo al bosque así, como hacen los niños cuando juegan a los toros”. ¿Qué imagina nuestra mente moderna con esa información?, se pregunta Josh. “Nuestra mente piensa en sustancias que provocan visiones delirantes, en psicosis, en que el cerebro hace tanta fuerza para creer, que cree, en mentiras. ¿Pero qué tal si ninguna de esas opciones son reales? ¿Qué tal si esas visiones lo eran?”.<br>Entonces se aventura hacia una deconstrucción cada día más urgente: la que gira en torno a la idea de las culturas “primitivas”, de los pueblos “primitivos” alojados en ese lugar tan sólido del inconsciente colectivo donde creemos que “evolucionamos” al pasar del paleolítico a este momento que avanza hacia el derrumbe.<br>La humanidad entera (el 98 por ciento de la historia de nuestra especie) hasta ayer (unos cientos de años nomás) vivía lúcidas y permanentes experiencias de ritos colectivos, de estados de trance, de celebraciones y ceremonias comunitarias que llevaban, entre otras cosas, a compartir experiencias sensoriales de ser unos con el todo. Ventanas desde donde asomarse a ver otros mundos, otras dimensiones, otras realidades. De adoptar otros Umwelt a los que se llegaba a través de herramientas culturales creadas y sostenidas con ese solo propósito: tener intuición y visiones y no olvidar. Para salirse del yo y nunca creer en esta identidad individual tan violenta que nos terminó tomando por completo.<br>Eso éramos. Eso somos. Eso siguen siendo tantos pueblos que están acá nomás reexistiendo: haciendo de su existencia resisistencia. Pero para su construcción, la religión y la ciencia moderna establecieron todo eso como patológico, peligroso, atrasado, o en el mejor de los casos irrelevante. Dice Josh: “No es accidental que a medida que esa experiencia que teníamos cambió, la relación con la naturaleza también lo haya hecho. La construcción del mundo occidental fue en dirección a la huida del mundo visionario, que daba importancia a los soñadores, que daba importancia a los estados de transe. Pero si durante el 98 por ciento de la historia de nuestra especie, habitamos ese espacio de visiones, tal vez es más inherente a lo humanoel ver esos cuernos que dudar de ellos. Tal vez ser humano se trata de saber verlos”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-large is-resized"><img decoding="async" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/08/casa.jpg" alt="" style="aspect-ratio:0.7496251874062968;width:500px;height:auto"/></figure>



<p></p>



<p>Creo que esta es la pregunta más importante hacia la que arrojarnos: cómo, sin renunciar a tanto conocimiento de época que es valioso y necesario, recuperamos eso que perdimos. Porque lo que perdimos es tanto que andamos como zombis mientras todo se extingue alrededor. La buena noticia es que cada vez es más evidente que contamos con ayuda para despabilarnos y apurar el tiempo perdido.<br>Cuando el abrazo entre plantas y hongos se dio crearon juntos un salto cuántico. Es lo que pasa con las simbiosis: el tiempo se abre y lo que demandaría millones de años más se precipita.<br>¿Podemos intentar algo así? Algo como conocer esas historias y animarnos a ser sostenidas de la mano, o de los pies, por alguna criatura, tal vez sean hongos, tal vez sean plantas, tal vez sea la vibración de una canción que nos enraíza para, sin miedo, transformarnos y volver a sentir esos tantos mundos dentro del mundo que están ahí esperándonos para, con amor y cuidado, enseñarnos el camino de volver a casa.</p>
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		<title>El mundo animado</title>
		<link>https://solebarruti.com/borradores/el-mundo-animado/?utm_source=rss&#038;utm_medium=rss&#038;utm_campaign=el-mundo-animado</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[carolina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Jun 2023 13:41:12 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>¿Quiénes son tus aliados en el inframundo? Para que puedas confiar y atravesar con ojos abiertos lo que está pasando, ¿aparecen? Para tocar con el arrojo que hace falta el abismo -el propio y el de alrededor (o este abismo: que exista tal separación)- y apoyarte en la inteligencia de la tierra y en su resistencia, ¿te acompañan? Cuando el corazón se te acelera, el aire se te atolla adentro y quedás tomada por una ansiedad que no entendés cómo te entra, ¿se quedan a tu lado?<br />
Cuando digo aliados me refiero a aquellos otros con los que te encontrás y sabés que no estás sola. Que te das la mano, te abrazas, te volvés más fuerte mientras caminás con toda tu fragilidad a cuestas por esos bordes afilados e insondables de un mundo que llora, que grita, que sangra.<br />
Esos aliados pueden ser amigos, pueden ser tus hijos, una pareja, o un extraño al que agradeces por esa canción o por esa escena o por esa frase que dispara la magia: si estamos con otros en la misma se disuelve un poco el miedo.</p>
<p>La entrada <a href="https://solebarruti.com/borradores/el-mundo-animado/">El mundo animado</a> se publicó primero en <a href="https://solebarruti.com">Solebarruti</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>¿Quiénes son tus aliados en el inframundo? Para que puedas confiar y atravesar con ojos abiertos lo que está pasando, ¿aparecen? Para tocar con el arrojo que hace falta el abismo -el propio y el de alrededor (o este abismo: que exista tal separación)- y apoyarte en la inteligencia de la tierra y en su resistencia, ¿te acompañan? Cuando el corazón se te acelera, el aire se te atolla adentro y quedás tomada por una ansiedad que no entendés cómo te entra, ¿se quedan a tu lado?<br>Cuando digo aliados me refiero a aquellos otros con los que te encontrás y sabés que no estás sola. Que te das la mano, te abrazas, te volvés más fuerte mientras caminás con toda tu fragilidad a cuestas por esos bordes afilados e insondables de un mundo que llora, que grita, que sangra.<br>Esos aliados pueden ser amigos, pueden ser tus hijos, una pareja, o un extraño al que agradeces por esa canción o por esa escena o por esa frase que dispara la magia: si estamos con otros en la misma se disuelve un poco el miedo.<br>A veces entonces son humanos, o cosas creadas por humanos. Pero en este planeta enorme y diverso que habitamos puede ser un gato, los perros, o ese jilguero que debería estar volando entre los bosques y sin embargo se posó en tu ventana en medio la ciudad y con convicción, con toda esa fe de vida, canta.<br>Los aliados proponen encuentros para los que hay que estar disponible. Son criaturas que te muestran salidas posibles, te dan ideas nuevas, te enseñan a su manera. Otredades a las que hay que dejar entrar o a las que se puede acudir. Pueden ser las nubes, las hojas del otoño, las moscas de la fruta que invadieron la cocina, una piedra que no podés no levantar y llevar en el bolsillo, la planta que creció en el pedacito de tierra que se cuela por la grieta del asfalto.<br>Mis aliados para entrar al inframundo y atravesarlo con los ojos abiertos y el corazón encendido son desde hace un tiempo sobre todo las semillas de diente de león. ¿Las viste alguna vez? Parecen estrellas hechas de plumas, de seda, de rocío, de sol. No hay lugar en que no aparezcan así, brillando decididas por el aire como una mezcla hermosa, entre fantasmas y ángeles.</p>



<p>Las semillas de diente de león tienen un espíritu determinado pero secreto que las ayuda a seguir su destino. Las ves desplegándose en un campo abierto, en la montaña, en la playa, o -las que más veo por obvias razones- entre los colectivos y edificios y el humo de esta ciudad que no las marea ni las tizna. Parecen dispersas, a merced de fuerzas intensas que no podrían controlar: el viento, la lluvia, la falta de tierra de este todo asfaltado. Y sin embargo lo logran: llegan, fértiles, a donde quieren, y despliegan su abundancia ahí, en el lugar más inesperado. En canteros, en una rejilla que acumuló barro, entre escombros. Los dientes de león siempre logran hacerse el espacio, hallar el resquicio, la pizca que necesitan para vivir.<br>El diente de león es, además, la planta de los deseos. Sucede en todos lados: cuando crece, después de dar esa flor amarillo mediodía y esas hojas que son alimento y medicina, el pompón mullido repleto de semillas convoca a la gente a soplarlo. Y las personas humanas lo hacemos, y a cambio le pedimos algo -que el libro salga, que nos miremos, que Sarah se cure- y entonces las semillas se desprenden del tallo y empiezan su diáspora unida a la nuestra susurrada.<br>En el viaje, el fruto se mantiene igual pero el resto de la semilla, la parte emplumada (el vilano, así se llama) se transforma, adoptando estructuras que hasta ayer nomás se creían lo de siempre, erráticas y azarosas. Sin embargo ahora se sabe (científicamente se sabe) que el diente de león tiene la inteligencia de tomar agua del aire para desplegar sus alas y adaptarse al viento, la temperatura, la humedad que lo rodea, y ensancharse y volar y luego cerrarse y caer cuando encuentra el lugar propicio, o no: o quedarse donde está y cerrarse y no volar a ninguna parte hasta que vengan tiempos mejores.<br>Esas semillas que también podrían ser de hielo, de cristal, de agua, son la resistencia misteriosa, suave, tenaz y lúdica de una sola planta que llega hasta los confines más insólitos de este planeta increíble. Mientras en su viaje, cada una, rellena el espacio vacío y polvoriento, camuflada en sí mismas, invisible hasta que la ves y entonces -o a mi me pasa- se transforma en un vínculo, en una aliada, en ese súperpoder que da sabernos juntas compartiendo esta época. Los dientes de león son la prueba de que la vida está, es, más allá de todo.<br></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego.jpg" alt="" class="wp-image-2681" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/fuego-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>El primer encuentro con ellos fue así: caminando de mi casa a la casa de mi novio. Es uno de los caminos más inspiradores que tengo. Treinta cuadras en línea recta en donde me cruzo con fresnos, plátanos, tilos, y pájaros. El ruido de la calle va agotando las cuadras a medida que avanzo y suelo escuchar música o algún podcast para taparlo. Y siempre pero siempre escribo mientras todo eso.<br>Pero ese día era uno de derrota. La calle estaba llena del humo de los crematorios en los que el agronegocio convirtió a los humedales del Delta del Paraná. El calor de diciembre pegoteaba la ropa y parecía que nunca iba a terminar el verano. Mis abuelos se están muriendo. Su casa con sus frutales viejos y su pasto lleno de abrojos que esconde mi infancia entera, ¿va a ser ocupada por qué? Que los lugares dejen de existir, sin poder hacer eso que hacen, trascender la vida pequeña de los humanos, recibirnos en nuestra vida de adultos o en nuestra vida de muertos, es desesperante. Pero no hay nada que pueda hacer aunque querría hacerlo todo. Ni por los humedales, ni por esta ciudad infierno, ni mucho menos por esa casa alquilada hace 37 años en la que aprendí dónde viven las ranas, cuánto pica cuando pica un abejorro y hasta donde puedo subirme a un ciruelo sin que se le partan las ramas.<br>Iba caminando por esa calle y algo pedí, transformé esa angustia en una especie de invocación pagana y lo que sea que propuse sucedió: la calle que suele estar bastante ocupada, por un rato se vació completamente y entonces aparecieron ellas. Eran las suficientes como para verlas y saber que sí: estaban ahí, iluminadas en la bruma, blancas como algodón, guiadas por una música inaudible.<br>Fue solo eso: mirarlas volar sin un lugar seguro pero sabiendo que ese lugar llegaría, que lo alcanzarían, que ese lugar las espera. Su existencia apareció dando existencia y entidad a ese instante, a lo impermanente, a lo inmanente, a una convicción salvaje que late en medio del caos.<br>Después quise conocerlas y así llegué a algunas de las cosas que conté antes: esas que terminaron de forjar esta relación de reciprocidad, confianza y entrega.<br>Ni idea cómo y tal vez no vea mucho más que la destrucción de aquello que amo pero la vida, con sus extinciones y colapsos, va a ser, porque siempre está siendo.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna.jpg" alt="" class="wp-image-2682" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/laguna-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>“La vida en todas sus formas es ambigua y así continuará. Por eso es necesario conocer el mundo, interrogar a otras especies, conocer cuáles son las mejores alianzas con ellas. Referirse a los otros animales y a las plantas nunca es referirse a mundos sin historia, sin cultura y sin tecnología. Se trata de entrar en esas relaciones con una infinidad de mediaciones, igual que como entramos en relaciones con otros humanos. Al contrario de lo que creemos, el problema no es la ausencia de palabras de las otras especies sino nuestra incapacidad de percibirlas”, escribe el filósofo italiano Emanuele Coccia en O Espírito da floresta (El espíritu de la selva): el libro en el que vuelven a hablar el antropólogo Bruce Albert y el indígena y chamán yanomami Davi Kopenawa.<br>Aprender a escuchar ese idioma, el de los otros, compañeros contra el fin del mundo, requiere silenciar las voces que nos dicen que alrededor nadie que no sea esto que somos habla ni siente ni piensa. Que estás rodeada de qué, nunca de quiénes.<br>Y para eso, para develar al mundo de su desencanto, de su inercia, y habilitar esos encuentros, tal vez te sirva como a mí encontrar conceptos que den forma a las intuiciones, a los pálpitos.<br>Yo me aferro al animismo: esta forma de entenderme en una vida con otros, con sus intereses y necesidades y tiempos y formas y enseñanzas y deseo y derecho a florecer. Otros que son el agua, las piedras, los árboles, las babosas, los humanos, las palomas, el musgo y los dientes de león; personas con las que, en simetría y mixtura, somos átomos y compartimos genes y una historia de estallidos y recreación y supervivencia que hoy es todo lo que vemos, tocamos, probamos, sentimos, tan vivo que no se puede creer.<br>El animismo entiende que es solo en relación con esos otros que accedemos y amplificamos nuestro lugar en el mundo y damos continuidad a la vida. En ese sentido hace absurda la supremacía y la dueñidad y propone un vínculo de paz, de respiraciones sincronizadas que se afectan, se modifican, se metamorfosean, se comen y renacen. Para ser animista hace falta reencontrarse con los ojos de la niñez, con esa curiosidad, esas ganas de detenerse ante todos a saludar: a las hormigas, al mar, a las plantas que viven en tu casa.<br>Hacerlo y sostenerlo.<br>Escribe David Abram en Devenir animal: “Tan pronto como les concedemos a los otros su propia apertura y otredad enigmática, nuestros cuerpos que sienten se ven abordados, confrontados, masajeados y atrapados por las huestes de carismáticos poderes que compiten entre sí por nuestra atención. De pronto nos vemos rodeados por una multitud de seres seductores, algunos tímidos y otros desvergonzados. Cada uno incita la imaginación de nuestros ojos o la curiosidad de nuestros oídos y así persuaden a nuestros sentidos a participar de una nueva cordialidad con la tierra cercana. (…) Al insinuar que cada montaña, cada nube, cada lobo, o roble o panal de abejas es una variante distante de nuestro propio pulso y textura y, a la inversa, que nuestro organismo sentiente es en sí mismo una variante de esas cosas -una intensificación o fluctuación de la carne sensible del mundo- ese modo de hablar vuelve a situar al intelecto humano dentro del cosmos sensorial. Subvierte el largo aislamiento del ser pensante con respecto al mundo de la percepción sobre el cual reflexiona, y sugiere que nosotros y el entorno sensorial estamos hechos de la misma trama, que estamos, en efecto, entrelazados de manera palpable con todo lo que vemos, oímos y tocamos: que somos por completo una parte de la biosfera viva”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img decoding="async" width="300" height="320" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela.jpg" alt="" class="wp-image-2679" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/abuela-281x300.jpg 281w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>No se nombrarían así a sí mismos pero todos los pueblos indígenas son animistas (de hecho, salvo nuestra cultura desértica de ánimas, todas lo son a su manera). Y sin dudas es compartiendo tiempo con algunos de ellos, cuando tengo esa fortuna, que voy desplegando esa percepción que aún me cuesta sostener cuando cierro la puerta de mi casa y me quedo aislada entre sus paredes.<br>A comienzos de este año fui con mi hija a un encuentro de fitomedicina indígena en una Aldea Tupí Guaraní llamada Tapirema. Queda en Brasil, en Peruíbe, el litoral sur de San Pablo, a tres horas de la ciudad. La vivencia implicaba varios días de dormir en carpa, y escuchar esa cultura que hacen los territorios y los pueblos (ese “poliglotismo humanimal”, diría Coccia) entre recorridas por la selva, comidas compartidas, y fuego. Los Tupí Guaraní entienden que la naturaleza y su fuerza creadora son lo mismo: Ñanderú, el gran espíritu que todo lo ve, todo lo sabe, y todo lo habita porque todo es. Ñanderú es invocado entre las llamas y la música, por eso cada día empieza y termina así: con un fuego encendido y una ronda en la que agradecer, compartir, pedir y entregar aquello con lo que no sabés qué hacer porque tal vez no hay nada que puedas ni debas hacer más que ofrecerlo a esa persona que es el fuego para que lo devore, lo sublime, lo disperse.<br>El ritual es intenso pero sencillo: cantan unas canciones muy dulces y emocionantes mientras pasan sus manos por sus brazos, sus piernas, su espalda, su cara, entregando en ese gesto todo a ese gran espíritu y a los espíritus que ahí se manifiestan: sus ancestros muertos que nunca los abandonan, los rayos que golpean la arena fina y firme de la playa, las plantas sagradas de la selva abundante que crece alrededor, las cientos de plantas con las que curan cada una de sus dolencias, y los pájaros y monos y felinos que los rondan y que cazan y comen y visten y adoran.<br>Todos participan: bebés, niños, adolescentes, abuelos, pero las mujeres más viejas son las que recorren la ronda con unas pipas largas llamadas cachimbo, rellenas de tabaco y otras plantas y con las que sahúman a aquel que lo necesita.<br>Fue una de ellas la que anheló llegar a esta tierra que hoy habitan unas 12 familias: Catalina. Una mujer bajita y arrugada de ojos chispeantes y severos que vivía con sus parientes en un lugar urbano, cercada por un sistema que ignora y empobrece a los pueblos indígenas, y también por una forma de evangelismo que quema sus casas de rezos y les impide desarrollar sus prácticas. Catalina lo anheló a pesar de que, visto de afuera, hubiera parecido absurdo desde hace 500 años: si los quitaron de ahí, los quisieron exterminar, los dieron por extintos, y todos los gobiernos los persiguen hacia los márgenes más lejanos posibles. Sin embargo, la confianza en un movimiento impredecible como una llama que sale inmensa de entre las cenizas no los abandonó jamás.<br>“Ñanderú siempre está pero tiene sus tiempos”, dijo una noche Catalina mientras contaba cómo había sido el sueño con esta tierra, su tierra ancestral, o cómo se dejó soñar por ella guiándose hasta acá.<br>Fue hace pocos años: lo que hoy es un vergel entonces estaba destrozado por una forma de megaminería que nunca me hubiera imaginado era tan voraz: la de comer arena y hacer vidrio. La compañía explotó el lugar hasta sus últimas posibilidades. Cuando Catalina lo soñó, los empresarios recién lo habían abandonado para hacer negocios en otro lado. “Hasta las máquinas dejaron”.<br>Con un plan concreto de ocupación y recuperación los indígenas pidieron la homologación de las tierras (el paso necesario para obtener la demarcación que en ese país les devuelve la titularidad definitiva). Y la selva hizo lo que hace cuando la dejan: resurgió. Con una fuerza lo hizo que el terreno cambió radicalmente. Del medio del lugar, donde las máquinas habían perforado hasta los huesos surgió agua y con ella una laguna cristalina que ahora está repleta de nenúfares y peces.<br>Una de las expresiones más contundentes de la inteligencia de la Tierra: ver manar de una perforación minera una laguna poderosa y colectiva como es toda acción territorial. Un acontecimiento que involucra a los vientos, al sol, al suelo, al tiempo, a los espíritus, a las historias, a los cantos, a las plantas, a los humanos y a los otros animales. La respuesta de un lugar; un lugar por el que pidieron confiando que llegaría, un lugar que hoy protegen y agraden confiándolo al mismo espíritu de ese fuego y a las almas que lo habitan.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="400" src="https://unacasasinparedes.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa.jpg" alt="" class="wp-image-2683" srcset="https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa.jpg 300w, https://solebarruti.com/wp-content/uploads/2023/05/mesa-225x300.jpg 225w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>Por supuesto que lo difícil después es sostener la mirada despierta.<br>Nuestra carrera más feroz es contra el olvido.<br>Los rituales, las prácticas, y algunos lugares sirven para eso mismo: recordarnos.<br>Si el altar es una estructura consagrada a un culto, en mi casa hay uno para el animismo. La mesa del living: un cuadrado pesadísimo de pinotea recuperada de las vías del tren, que compré en una casa de muebles usados cuando me vine a vivir acá. Un espacio grande, de apoyo, que estuvo vacío durante un año entero hasta que mi hija empezó a ocuparlo llevando ahí sus tesoros: seres del mundo con los que se encuentra y con los que luego mantiene vínculos. Piedras de la plaza, piedras de la selva, piedras del mar. Semillas. Hojas del fresno de enfrente de casa. Plumas de paloma, de hornero, de pavo. Ramas. Animales tallados en madera que trajimos de distintas comunidades indígenas: un jaguar y una tortuga de Paraguay, un oso hormiguero de Chaco, un tucán y una víbora de misiones, una llama de Jujuy, un armadillo de México. Una corteza de árbol. Alrededor hay plantas: un palo de agua, una yuca, un culandrillo. Y desde que nos encontramos, o desde que me convocaron, siempre, pero siempre, en algún momento aparece una semilla de diente de león. Frágiles y fuertes, seguras en su aventura, audaces y enigmáticas. Vienen de a una. Pasean como una brisa. Recorren la mesa altar. Se quedan a mi lado. Y luego simplemente se van por la ventana. Lo hacen sobre todo cuando estoy ansiosa o desesperanzada. Y entonces para mí son una respuesta. Que no significa una solución; hay cosas que no la tienen, ya lo dije aunque ni falta hace. Pero las veo y creo en ellas, creo en algo que no sé ni entiendo pero me maravilla, creo en esas invitaciones con sus múltiples posibilidades, muchas aún sin palabras, que aparecen cuando empezamos a ver.<br><br>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>



<p>Este texto surge de una búsqueda imperfecta y muy íntima que llevo hace mucho tiempo. Por supuesto también está guiada por lecturas como estos dos que nombro:<br><br>Devenir Animal de David Abram (editorial Sigilo) y O espirito da floresta de Bruce Albert y Davi Kopenawa (Companhia Das Letras).<br><br>Pero por sobre todo está conducida por caminatas, observaciones, decisiones, y encuentros como el que tuve en la Aldea Tapirema. Si te da curiosidad los encontras en instagram en @aldeiatapirema. Podés escribirles para saber de próximas experiencias abiertas a la comunidad.<br><br>Si estos temas te convocan, y te gustaría explorarlos más profundamente te invito a que seas parte de La Vida Despierta, el encuentro online en el que desplegamos ideas y prácticas para una reconexión profunda, radical y sensible con el mundo vivo. Tres horas para aventurarnos en tres ejes: una deconstrucción de nuestra relación con la naturaleza, una introducción a otras ideas, historias y autores maravillosos, y finalmente una guía con diez prácticas de reconexión para una resistencia sensible y activa.<br><br>La próxima cita es el sábado 10 de junio de 15 a 18 hs hora Argentina.<br>Los cupos son limitados para que pueda haber participación.<br>Si querés más información o inscribirte por favor escribí a&nbsp;<a href="mailto:solebarruticursos@gmail.com">solebarruticursos@gmail.com</a><br><br>Te espero con mucho amor.<br><br>Gracias</p>
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		<title>Pensar con las plantas y con el compost</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Dec 2022 17:19:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>
<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.</p>
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<p>En casa hay una huerta distribuida en cuatro cajones y un compost que es un cajón repartido en dos. Eso quiere decir que hay un montón de reinos visibles e invisibles en colaboración que son plantas y frutas y pájaros, lagartijas, caracoles, arañas, mariposas, hormigas, escarabajos, bacterias, hongos…</p>



<p>Cada cajón sembrado es un lugar luminoso de abundancia nutrido por el compost, que a su vez es un lugar oscuro lleno de nacimientos y muertes. Los dos lugares son más de convivencia y ayuda mutua que de competencia. En los dos lugares nunca nada se queda quieto. Hay potencia, hay belleza, hay tanta creatividad e inteligencia abriéndose paso en medio de una terraza en medio de una ciudad en medio de la tierra tapizada de cemento y asfalto en medio de tanta chatura y petróleo. Es la vida mostrando que está más allá de todo eso que le (nos) hacemos.&nbsp;</p>



<p>El lugar de las plantas al sol está en el tiempo y en el trabajo que es de entendimiento y de mucha intervención. Es un diálogo mutuo, hermoso e intenso. Activo y pensado pero a la vez instintivo y sensible. El lugar del compost en cambio es de la rendición y la magia, del caos, la fertilidad, la metamorfosis, de la desintegración. El compost es lo salvaje, lo radical floreciendo, siendo según sus cualidades innatas hasta donde lo desee.&nbsp;</p>



<p>El compost es el lugar del deseo, aunque el deseo se consuma en el lugar donde maduran las frutillas y los tomates que cuando mordemos logran que nuestro cuerpo recuerde que eso somos, esos dos lugares, y sus no lugares, esas interrelaciones, esa libertad, esa impermanencia, esa intensidad, esa reciprocidad. Que nos necesitamos despiertos y extasiados.</p>
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